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				<journal-title>ASCLEPIO. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Asclepio</abbrev-journal-title>
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			 <article-id pub-id-type="publisher-id">asclepio.2015.27</article-id>
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				<subject>ESTUDIOS / RESEARCH STUDIES</subject>
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				 <article-title>Ciencia y público en la ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX<xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref></article-title>
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					<trans-title>Science and the public in Mexico city in the nineteenth century</trans-title>
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				<alt-title alt-title-type="running-head">Ciencia y público en la ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX</alt-title>
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			  <aff id="U1">Instituto de Geograf&#x00ED;a-UNAM</aff>
			  
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				<year>2015</year>
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				<year>2015</year>
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			<issue>2</issue>
			
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				<title>RESUMEN</title>
				<p>Entre 1821 y 1860 la Ciudad de M&#x00E9;xico fue escenario de una gran diversidad de actividades de talante cient&#x00ED;fico en las que particip&#x00F3; un p&#x00FA;blico heterog&#x00E9;neo que no estuvo restringido a las &#x00E9;lites intelectuales y que estableci&#x00F3; las bases de una cultura proclive a todo tipo de ciencias. En este trabajo se examinar&#x00E1;n sus rasgos a trav&#x00E9;s de la exposici&#x00F3;n de las diversas actividades cient&#x00ED;ficas de entretenimiento racional y espect&#x00E1;culos cultos que se ofrecieron en el &#x00E1;mbito urbano y que tuvieron como complemento los contenidos de las ciencias difundidos en las numerosas revistas literarias de la primera mitad de la centuria. De esta manera, tanto hombres como mujeres con ciertos recursos econ&#x00F3;micos, tiempo libre, instrucci&#x00F3;n m&#x00E1;s all&#x00E1; de las primeras letras y h&#x00E1;bitos de lectura, tuvieron la oportunidad de acceder a los contenidos y los valores de la ciencia de su tiempo, que ellos mismos extender&#x00ED;an a un p&#x00FA;blico m&#x00E1;s amplio.</p>
			</abstract>
			
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>ABSTRACT</title>
				<p>In the first half of the Nineteenth Century a large diversity of scientific activities were performed in Mexico City, establishing the foundation of a scientific culture. This paper will analyze its features, revealing the numerous activities of rational entertainment and learned performances that were complemented by the scientific contents of many literary magazines published during that time. As a result, the contents and values of Nineteenth Century science were appropriated by men and women of the middle and upper classes, who extended them into the larger public.</p>
			</trans-abstract>
			
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				<title>PALABRAS CLAVE</title> 
				<kwd>Ciencia</kwd>	
				<kwd>P&#x00FA;blico</kwd>
				<kwd>Ciudad de M&#x00E9;xico</kwd>
				<kwd>Prensa</kwd>
				<kwd>Siglo XIX</kwd>
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				<title>KEYWORDS</title>
				<kwd>Science</kwd>	
				<kwd>Public</kwd>
				<kwd>Mexico City</kwd>
				<kwd>Press</kwd>
				<kwd>Nineteenth Century</kwd>
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		<sec id="S1">
			<title>INTRODUCCI&#x00D3;N</title>
			
			
			<p>Las aproximaciones culturales a la historia de la ciencia han enfatizado que «todo hecho cient&#x00ED;fico, toda teor&#x00ED;a o toda pr&#x00E1;ctica relacionada con el conocimiento de la naturaleza es un hecho cultural. Tal y como tambi&#x00E9;n es social», y el caso mexicano no es la excepci&#x00F3;n (Pimentel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">2010</xref>, p. 418). La perspectiva cultural hace visible «el papel utilitario y pr&#x00E1;ctico jugado por la ciencia moderna y la ayuda que supon&#x00ED;a» para las &#x00E9;lites culturales y pol&#x00ED;ticas de los nuevos Estados americanos (Peset, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1987</xref>, p. 100). Estos grupos formaban parte activa de los p&#x00FA;blicos de la ciencia y se desempe&#x00F1;aron como promotores de su difusi&#x00F3;n hacia el conjunto de la sociedad a lo largo del siglo XIX, de manera que el estudio de las relaciones entre la ciencia y el p&#x00FA;blico resulta indispensable para analizar el proceso de apropiaci&#x00F3;n social de las representaciones y valores de la ciencia, as&#x00ED; como las diversas formas de sociabilidad de contenido cient&#x00ED;fico que se expresaron en la Ciudad de M&#x00E9;xico durante el per&#x00ED;odo.</p>
			
			<p>Para abordar este tema puede tomarse como punto de partida el concepto habermasiano de esfera p&#x00FA;blica, especialmente en lo que concierne a la emergencia de nuevas formas de sociabilidad que se manifestaron en los salones, caf&#x00E9;s, sociedades literarias, espect&#x00E1;culos cultos y otros lugares de reuni&#x00F3;n de los centros urbanos como la ciudad de M&#x00E9;xico. En estos espacios, caracterizados por su esp&#x00ED;ritu homogeneizante, se pretend&#x00ED;a pasar por alto las distinciones derivadas del estatus social y la riqueza, ofreciendo a sus participantes la oportunidad de intercambiar ideas a trav&#x00E9;s del uso de la raz&#x00F3;n. Una de las manifestaciones m&#x00E1;s claras de la aparici&#x00F3;n de la esfera p&#x00FA;blica fue la proliferaci&#x00F3;n de peri&#x00F3;dicos y manuscritos a partir del siglo XVIII, en donde se expresaba la «opini&#x00F3;n p&#x00FA;blica», entendida como la voz de la sociedad civil. En estos medios y como producto de las interacciones suscitadas en aquellos espacios surgi&#x00F3; el discurso cr&#x00ED;tico, que se ocup&#x00F3; tanto de la discusi&#x00F3;n de las pol&#x00ED;ticas gubernamentales, como del establecimiento de criterios para juzgar las obras art&#x00ED;sticas y literarias, no menos que las novedades cient&#x00ED;ficas.  </p>
			
			<p>Aunque la esfera p&#x00FA;blica habermasiana ha sido objeto de reconvenciones y ajustes muy pertinentes, tambi&#x00E9;n es cierto que en el &#x00E1;mbito historiogr&#x00E1;fico ha estimulado investigaciones novedosas en las &#x00FA;ltimas d&#x00E9;cadas, que han incluido el tema cient&#x00ED;fico (Scott, <xref ref-type="bibr" rid="CIT34">1980</xref>; L&#x00F3;pez-Oc&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">1998</xref>; Broman, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">1998</xref>; Lynn, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2001</xref>; y Bensaude-Vincent, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2009</xref>). Esto en virtud de que la ciencia fue un elemento crucial en la cultura dieciochesca y decimon&#x00F3;nica, que contribuy&#x00F3; a configurar algunas de las formas de sociabilidad de la &#x00E9;poca y fue a trav&#x00E9;s de sus relaciones con el p&#x00FA;blico que se deline&#x00F3; su autoridad discursiva respecto al conocimiento de la naturaleza.   </p>
			
			<p>La introducci&#x00F3;n de las categor&#x00ED;as habermasianas al espacio latinoamericano no ha estado exenta de cr&#x00ED;ticas y precisiones, que no abordaremos en este momento, sin dejar por ello de tomarlas en consideraci&#x00F3;n. En especial, nos parecen oportunas las propuestas de Fran&#x00E7;ois-Xavier Guerra y Annick Lemp&#x00E9;ri&#x00E8;re, quienes prefieren hablar de «la pluralidad de espacios p&#x00FA;blicos» en donde se verificaron «las modalidades m&#x00E1;s intelectuales y et&#x00E9;reas de la comunicaci&#x00F3;n y del intercambio de opiniones», a partir de las «relaciones personales, del vecindario, del parentesco y de la pertenencia a las mismas instituciones» (Guerra y Lemp&#x00E9;ri&#x00E8;re, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1998</xref>, pp. 10-11). Pues en relaci&#x00F3;n con la ciencia y sus diversos p&#x00FA;blicos, nos interesa manifestar tanto la pluralidad de los espacios cient&#x00ED;ficos y los discursos que de ah&#x00ED; emanaron, como la existencia de una &#x00E9;lite que los hizo suyos, con el objeto de hacer expl&#x00ED;citos los valores y representaciones de la ciencia que luego hicieron parte de la opini&#x00F3;n p&#x00FA;blica. </p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S2">
			<title>LA REP&#x00DA;BLICA DE LAS LETRAS Y EL P&#x00DA;BLICO MEXICANO </title>
			
			
			<p>A lo largo del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX la ciudad de M&#x00E9;xico vivi&#x00F3; un auge cultural en el que particip&#x00F3; un activo grupo de individuos educados en las diversas aulas de instrucci&#x00F3;n superior de la Universidad, el Seminario Conciliar, el Seminario de Miner&#x00ED;a, la Academia de San Carlos y el Jard&#x00ED;n Bot&#x00E1;nico, principalmente. Se trataba de una colectividad similar a las que conformaban la Rep&#x00FA;blica de las Letras de Par&#x00ED;s, Madrid, Boston, Lima o N&#x00E1;poles, entendida entonces como la «colecci&#x00F3;n de los hombres sabios y eruditos» reunidos en torno a proyectos culturales. En &#x00E9;sta se procuraba el «gobierno de muchos», frente al de uno solo como suced&#x00ED;a en la vida pol&#x00ED;tica internacional (Real Academia Espa&#x00F1;ola, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1734</xref>, Vol. V, p. 586).  </p>
			
			<p>La Rep&#x00FA;blica de las Letras se caracteriz&#x00F3; por acoger a aquellos hombres que practicaban las materias del «&#x00E1;rbol del conocimiento» y que se daban a conocer mediante impresos o manuscritos donde abordaban sus reflexiones, descubrimientos y pol&#x00E9;micas en torno a un tema. La denominaci&#x00F3;n de letrado «englobaba a cuantos ten&#x00ED;an alg&#x00FA;n contacto con ellas, ya fueran autores o no», tanto escritores como lectores que ocuparon en gran n&#x00FA;mero este espacio culto (&#x00C1;lvarez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2006</xref>, p. 19). Era el espacio de la «verdadera» democracia basada en el idealismo, de la misma manera que la esfera p&#x00FA;blica que antes definimos, pero subrayando ahora «la reconstituci&#x00F3;n de una nueva jerarqu&#x00ED;a [que ya] no descansaba en el nacimiento o la pertenencia a cuerpos o estamentos privilegiados sino en el capital cultural» (Guerra y Lemp&#x00E9;ri&#x00E8;re, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1998</xref>, p. 17). Dicho espacio intelectual era concebido como una red no formalizada de personas interesadas en distintas ramas del saber que se caracterizaban «por compartir p&#x00FA;blicamente el conocimiento y los contactos, y era a todas luces p&#x00FA;blica» (Munck, <xref ref-type="bibr" rid="CIT23">2001</xref>, p. 281). Operativamente, la red se sustentaba en diversas reuniones, donde se reflexionaba sobre t&#x00F3;picos de inter&#x00E9;s com&#x00FA;n, que luego se divulgaban a un p&#x00FA;blico m&#x00E1;s amplio a trav&#x00E9;s de revistas y conferencias, a las que nos referiremos m&#x00E1;s adelante.   </p>
			
			<p>Aunque la Rep&#x00FA;blica de las Letras se proclamaba como un espacio abierto, desde sus or&#x00ED;genes tuvo una serie de restricciones para la pertenencia, a los que se ha referido Hilda S&#x00E1;bato en relaci&#x00F3;n con las &#x00E9;lites argentinas. A su juicio, este &#x00E1;mbito letrado tuvo como filtro de ingreso la «selecci&#x00F3;n de m&#x00E9;ritos» a trav&#x00E9;s de la demostraci&#x00F3;n de las aptitudes de cada individuo, como la «buena pluma», el talento oratorio, los conocimientos eruditos, la conversaci&#x00F3;n culta y las capacidades ret&#x00F3;ricas, caracter&#x00ED;sticas de una cultura letrada (S&#x00E1;bato, <xref ref-type="bibr" rid="CIT32">2007</xref>, p. 56).   </p>
			
			<p>En lo que concierne a su extracci&#x00F3;n social, estos republicanos pertenec&#x00ED;an a los estratos medio y alto. Sin olvidar en este punto a los funcionarios medios del servicio p&#x00FA;blico, pues en las sociedades donde se retras&#x00F3; el desarrollo econ&#x00F3;mico basado en la industrializaci&#x00F3;n y el comercio a gran escala, la inserci&#x00F3;n en la burocracia constituy&#x00F3; un mecanismo de movilidad social y la oportunidad para integrarse a los medios intelectuales (Hobsbawm, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">2003</xref>, p. 198). De esta manera, algunos miembros de la mediana y alta burocracia y de las profesiones liberales formaron parte de las &#x00E9;lites urbanas cultas.  </p>
			
			<p>En contraste con las &#x00E9;lites culturales, el gran p&#x00FA;blico estuvo conformado por hombres y mujeres de diversas edades; provenientes del &#x00E1;mbito urbano, semiurbano y rural; de clases media y alta; con diversos grados de alfabetizaci&#x00F3;n y de instrucci&#x00F3;n; anhelantes del progreso econ&#x00F3;mico y social con miras al futuro; y con diversas orientaciones pol&#x00ED;ticas. En suma, este p&#x00FA;blico contaba con los recursos econ&#x00F3;micos y el tiempo disponible para asistir con cierta asiduidad a los diversos actos y espect&#x00E1;culos cient&#x00ED;ficos que se hicieron p&#x00FA;blicos en la ciudad de M&#x00E9;xico desde el Siglo de las Luces y fueron los lectores de las revistas que abordaremos posteriormente.  </p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S3">
			<title>LOS ESPACIOS INSTITUCIONALES DE LA CIENCIA EN LA CIUDAD DE M&#x00C9;XICO </title>
			
			
			<p>La conformaci&#x00F3;n del c&#x00ED;rculo de letrados en M&#x00E9;xico procede del per&#x00ED;odo colonial y alcanz&#x00F3; su punto culminante en el per&#x00ED;odo ilustrado, coincidiendo con la transformaci&#x00F3;n urbana derivada de las reformas borb&#x00F3;nicas del &#x00FA;ltimo tercio del siglo XVIII. &#x00C9;stas se sustentaron en un extenso aparato institucional, en el que destacaron los establecimientos cient&#x00ED;ficos de patrocinio real y su vinculaci&#x00F3;n substantiva con diversas entidades metropolitanas.   </p>
			
			<p>Las nuevas instituciones mantuvieron un car&#x00E1;cter laico y funcionaron como moderna alternativa de la instrucci&#x00F3;n que se impart&#x00ED;a en la Real y Pontificia Universidad de M&#x00E9;xico. Al tiempo que promovieron los intereses sociales y econ&#x00F3;micos de la Corona, en su seno se propagaron las novedades cient&#x00ED;ficas de su tiempo y se crearon las condiciones materiales para la modernizaci&#x00F3;n de la pr&#x00E1;ctica cient&#x00ED;fica novohispana. Nos referimos a la Real C&#x00E1;tedra de Cirug&#x00ED;a (1768), el Real Hospital de San Andr&#x00E9;s (1770), el Real Seminario de Miner&#x00ED;a (1779), la Real Academia de las Nobles Artes de San Carlos (1784), el Real Jard&#x00ED;n Bot&#x00E1;nico y la Real C&#x00E1;tedra de Bot&#x00E1;nica (1787) y el Gabinete de Historia Natural (1790-1802).  </p>
			
			<p>Pero m&#x00E1;s all&#x00E1; de la consecuci&#x00F3;n de sus objetivos acad&#x00E9;micos, todos los establecimientos impulsaron nuevas formas de sociabilidad a trav&#x00E9;s de la organizaci&#x00F3;n de actividades p&#x00FA;blicas de contenidos cient&#x00ED;ficos, que dieron pie a su apropiaci&#x00F3;n dentro de la cultura dieciochesca. De esta manera estimularon la pr&#x00E1;ctica del «entretenimiento racional» que estaba en boga en las capitales europeas, (Yanni, <xref ref-type="bibr" rid="CIT39">2005</xref>, p. 24), que se desarrollaba en los confines de sus espacios arquitect&#x00F3;nicos y proyectaba en el entorno urbano los valores de la ciencia, al mismo tiempo que establec&#x00ED;a un fuerte v&#x00ED;nculo entre sus contenidos epist&#x00E9;micos y la vida cultural, como ha explicado Antonio Lafuente respecto a las instituciones cient&#x00ED;ficas madrile&#x00F1;as durante la Ilustraci&#x00F3;n (Lafuente, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1998</xref>). El caso novohispano mantuvo algunos paralelismos con el espa&#x00F1;ol, como se expondr&#x00E1; enseguida.   </p>
			
			<p>El Jard&#x00ED;n Bot&#x00E1;nico de M&#x00E9;xico expres&#x00F3; el prop&#x00F3;sito de «aficionar al cultivo [de esta ciencia] no s&#x00F3;lo a los profesores de Medicina, Cirug&#x00ED;a y Farmacia, sino tambi&#x00E9;n a todos los curiosos» (Cervantes, 1831, p. 158). Y despu&#x00E9;s de una ceremonia inaugural que provoc&#x00F3; cierta pol&#x00E9;mica, el Jard&#x00ED;n se convirti&#x00F3; en un sitio de entretenimiento racional, igual que en un espacio de investigaci&#x00F3;n y ense&#x00F1;anza, a cuyos actos p&#x00FA;blicos no dejaron de asistir las mismas &#x00E9;lites que acogieron el Gabinete de Historia Natural durante su breve vida.<xref ref-type="fn" rid="NOTE02">2</xref> El Real Seminario de Miner&#x00ED;a, por su parte, transmut&#x00F3; ocasionalmente en teatro cient&#x00ED;fico a trav&#x00E9;s de los actos p&#x00FA;blicos que involucraban el despliegue de instrumentos y m&#x00E1;quinas para la ejecuci&#x00F3;n de experimentos mec&#x00E1;nicos o qu&#x00ED;micos ante los ojos expectantes de la sociedad novohispana. Tambi&#x00E9;n hubo actos p&#x00FA;blicos en el Real Colegio de Cirug&#x00ED;a, aunque &#x00E9;stos recibieron un trato m&#x00E1;s discreto por su misma connotaci&#x00F3;n. Sin que por ello escasearan los curiosos, pues hab&#x00ED;a oportunidad de presenciar anatom&#x00ED;as bajo el sobrio r&#x00E9;gimen de la ciencia quir&#x00FA;rgica y en el parco ambiente del aula.  </p>
			
			<p>Todas estas actividades sirvieron para socializar los valores y representaciones de la ciencia, igual que para difundir su poder para manipular y ordenar los objetos naturales. Esto era particularmente evidente en el Real Jard&#x00ED;n Bot&#x00E1;nico y el Gabinete de Historia Natural donde la naturaleza manten&#x00ED;a un orden racional y estaba sujeta a tal grado de sumisi&#x00F3;n que se pod&#x00ED;an observar en un mismo sitio espec&#x00ED;menes de territorios remotos y desconocidos (V&#x00E9;ase Zamudio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT40">2011</xref>, pp. 39-41). En el Seminario de Miner&#x00ED;a, por su parte, se hizo p&#x00FA;blica la artificializaci&#x00F3;n de la naturaleza en el laboratorio y se pusieron a circular el m&#x00E9;todo experimental y sus protocolos como imperativos para verificar hip&#x00F3;tesis y extender el cr&#x00E9;dito de validez del conocimiento.  </p>
			
			<p>La importancia que tuvieron estas instituciones, igual que los valores que representaban, fue instrumental en su pervivencia en la &#x00E9;poca independiente. No hubo gobernante que pasara por alto el inter&#x00E9;s de la ciencia para el desarrollo del pa&#x00ED;s, ni alguno que quisiera prescindir de sus establecimientos. Y de la misma manera se mantuvo el aprecio de la &#x00E9;lite capitalina y los viajeros que visitaron la urbe luego de la ruptura revolucionaria.   </p>
			
			<p>Esto qued&#x00F3; de manifiesto durante la presidencia de Guadalupe Victoria (1824-1829), cuando se promulg&#x00F3; la primera Constituci&#x00F3;n del M&#x00E9;xico independiente (1824), en cuyo art&#x00ED;culo 50 de la Secci&#x00F3;n Quinta, <italic>De las facultades del Congreso General</italic>, se estableci&#x00F3; que el Poder Legislativo ten&#x00ED;a la prerrogativa de promover la ilustraci&#x00F3;n: asegurando por tiempo limitado derechos exclusivos a los autores por sus respectivas obras, estableciendo colegios de marina, artiller&#x00ED;a e ingenieros; erigiendo uno o m&#x00E1;s establecimientos en que se [ense&#x00F1;aran] las ciencias naturales y exactas, pol&#x00ED;ticas y morales, nobles artes y lenguas («Constituci&#x00F3;n Federal de los Estados Unidos Mexicanos», <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2005</xref>, p. 174).  </p>
			
			<p>Este art&#x00ED;culo constitucional reconoci&#x00F3; la necesidad de fomentar los estudios cient&#x00ED;ficos desde el Poder Legislativo Federal a semejanza del impulso que la ciencia espa&#x00F1;ola empez&#x00F3; a recibir desde las Cortes de 1810. Esto sirvi&#x00F3; como sustento de los proyectos culturales y educativos de los primeros gobiernos independientes.   </p>
			
			<p>Entre las iniciativas pol&#x00ED;ticas para erigir nuevas instituciones cient&#x00ED;ficas resaltamos que el 18 de marzo de 1825 el secretario de Relaciones Interiores y Exteriores, Lucas Alam&#x00E1;n (1792-1853), dirigi&#x00F3; una carta al rector de la Universidad, expres&#x00E1;ndole que el presidente Victoria hab&#x00ED;a resuelto inaugurar el Museo Nacional en algunos salones del edificio de dicha corporaci&#x00F3;n. &#x00C9;ste estuvo constituido por las secciones de Historia natural, Antig&#x00FC;edades e Historia, en concordancia con las ideas de Ortiz de Ayala. El primer conservador del Museo fue el Dr. Isidro Ignacio Icaza (¿?-1834), quien el 15 de junio de 1825 dio a conocer la misi&#x00F3;n de la nueva instituci&#x00F3;n de albergar, exhibir y custodiar las antig&#x00FC;edades prehisp&#x00E1;nicas, los espec&#x00ED;menes naturalistas representativos de M&#x00E9;xico, los objetos de valor de tiempos coloniales y todas aquellas muestras de la inventiva moderna de los mexicanos (Vega y Ortega, <xref ref-type="bibr" rid="CIT38">2014</xref>, p. 103).   </p>
			
			<p>El proyecto presum&#x00ED;a el cometido del Museo como soporte de la instrucci&#x00F3;n p&#x00FA;blica y su encargo de difundir los valores morales de la ciudadan&#x00ED;a en g&#x00E9;nesis, expresando al mismo tiempo la voluntad del nuevo r&#x00E9;gimen de hacer p&#x00FA;blicos los tesoros que antes hab&#x00ED;an permanecido en los recintos palaciegos virreinales. Esto &#x00FA;ltimo no fue pasado por alto por el p&#x00FA;blico a quien estaba destinado y muy temprano el Museo fue objeto de gran cantidad de donaciones provenientes de diversos puntos de la Rep&#x00FA;blica, como prueba del inter&#x00E9;s en la construcci&#x00F3;n de un espacio laico para la exhibici&#x00F3;n de los sagrados monumentos y tesoros patrios (Vega y Ortega, <xref ref-type="bibr" rid="CIT37">2010</xref>, p. 5). Una exhibici&#x00F3;n, que fue acogida con tal entusiasmo por el p&#x00FA;blico capitalino, que sus asiduas visitas al Museo llegaron a perturbar a los universitarios<xref ref-type="fn" rid="NOTE03">3</xref>.  </p>
			
			<p>Un segundo proyecto cient&#x00ED;fico de menor alcance p&#x00FA;blico, pero de mayor enjundia cultural, se puso en marcha en 1826 como se expres&#x00F3; en el peri&#x00F3;dico <italic>&#x00C1;guila Mexicana</italic>, cuando se anunci&#x00F3; la inauguraci&#x00F3;n del Instituto Nacional de Ciencias, Literatura y Artes, un establecimiento &#x00FA;nico en el pa&#x00ED;s, que de alguna manera recog&#x00ED;a la propuesta de Ortiz de Ayala que antes referimos. La ceremonia tuvo lugar en el Aula Mayor de la Universidad, que hizo gala de suntuosos adornos e iluminaci&#x00F3;n para acoger a sus distinguidos miembros y honorables invitados. Los objetivos, expresados en el discurso inaugural de Andr&#x00E9;s Quintana Roo, resid&#x00ED;an «no en ense&#x00F1;ar o profesar una ciencia o arte en particular, sino [en] cuidar del adelantamiento y perfecci&#x00F3;n de todas» (R&#x00ED;os, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">1994</xref>, p. 5). El Instituto operar&#x00ED;a como un &#x00F3;rgano director, consultor y censor de la cultura y la instrucci&#x00F3;n para todo el pa&#x00ED;s, mediante la participaci&#x00F3;n de 50 socios de n&#x00FA;mero, 39 correspondientes a 16 estados, 23 del extranjero y 82 honorarios. Se trataba de una iniciativa que manifestaba la disposici&#x00F3;n del gobierno para hacerse interlocutor de los letrados, que no desaparecer&#x00ED;a en los a&#x00F1;os sucesivos, aunque este proyecto no prosper&#x00F3;, como ocurrir&#x00ED;a con tantos otros durante el aciago diecinueve mexicano.  </p>
			
			<p>Respecto a las iniciativas cient&#x00ED;ficas exitosas, en la siguiente d&#x00E9;cada destac&#x00F3; la creaci&#x00F3;n del Instituto Nacional de Geograf&#x00ED;a y Estad&#x00ED;stica, fundado el 18 de abril de 1833 como una entidad dependiente de la Secretar&#x00ED;a de Relaciones Exteriores e Interiores, donde se tomaron las primeras disposiciones para construir la Carta de la Rep&#x00FA;blica y levantar la Estad&#x00ED;stica Nacional. La monumental tarea convoc&#x00F3; a los letrados de ese tiempo, quienes hicieron del Instituto la primera entidad que organiz&#x00F3; la investigaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica, mientras operaba como el &#x00FA;nico cuerpo para el desarrollo y la pr&#x00E1;ctica de las ciencias a nivel nacional (Azuela, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">2003</xref>, p. 159). Y en el mismo a&#x00F1;o se abri&#x00F3; la Escuela de Medicina que substituy&#x00F3; a la Facultad de Medicina de la Universidad, cuya novedad radicaba en la integraci&#x00F3;n de la Cirug&#x00ED;a en la misma profesi&#x00F3;n, modernizando radicalmente su ense&#x00F1;anza. Casi simult&#x00E1;neamente, se formaron las primeras academias m&#x00E9;dicas capitalinas, a las que nos referiremos m&#x00E1;s adelante.  </p>
			
			<p>En lo que concierne a sus relaciones con el p&#x00FA;blico, las instituciones educativas que hemos venido mencionando continuaron con la tradici&#x00F3;n de efectuar ex&#x00E1;menes de los estudiantes y disertaciones de catedr&#x00E1;ticos en los que se admit&#x00ED;a la presencia de un auditorio dilecto. &#x00C9;stos se llevaron a cabo en las d&#x00E9;cadas de 1820 a 1850 en la Universidad, el Colegio de Miner&#x00ED;a, la Escuela de Medicina, el Jard&#x00ED;n Bot&#x00E1;nico y el Colegio de San Ildefonso. Y proporcionaron la oportunidad para las mujeres mexicanas, que no ten&#x00ED;an acceso como estudiantes, y los j&#x00F3;venes varones que aspiraban a convertirse en profesionistas, presenciaran la realizaci&#x00F3;n de experimentos y demostraciones con instrumental cient&#x00ED;fico, como las que referimos en relaci&#x00F3;n con el per&#x00ED;odo ilustrado.   </p>
			
			<p>Se trataba de acontecimientos sociales de gran lustre en los que se combinaban los contenidos cient&#x00ED;ficos con la expresi&#x00F3;n art&#x00ED;stica, ya que los discursos de los catedr&#x00E1;ticos y las demostraciones de los alumnos se completaban con intermedios musicales, como puede advertirse en la ceremonia de fin de cursos de la Escuela de Medicina (1846), cuando el catedr&#x00E1;tico de Qu&#x00ED;mica, Leopoldo R&#x00ED;o de la Loza (1807-1876), present&#x00F3; a las se&#x00F1;oritas Mar&#x00ED;a de Jes&#x00FA;s Zepeda y Guadalupe Berrueta, ambas de «la mejor sociedad», quienes complacieran al p&#x00FA;blico cantando algunas arias de la &#x00F3;pera de moda, <italic>Ernani</italic><xref ref-type="fn" rid="NOTE04">4</xref>. (Archivo Hist&#x00F3;rico de la Facultad de Medicina, en adelante AHFM, 1846, leg. 113, exp. 4, f. 48).  </p>
			
			<p>De los muchos discursos pronunciados en aquellos actos, uno de ellos sirve para retratar la metamorfosis de las instituciones de instrucci&#x00F3;n superior en sedes de sociabilidad cient&#x00ED;fica. &#x00C9;ste correspondi&#x00F3; a Joaqu&#x00ED;n Vel&#x00E1;zquez de Le&#x00F3;n (1817-1882) y fue publicado en el <italic>Anuario del Colegio Nacional de Miner&#x00ED;a</italic>, &#x00F3;rgano impreso de la escuela. El reconocido catedr&#x00E1;tico inici&#x00F3; su disertaci&#x00F3;n pregunt&#x00E1;ndose: </p>
			
			
						<p>¿[si estaban] al alcance de [del Colegio] los grandes progresos que en los &#x00FA;ltimos a&#x00F1;os hab&#x00ED;an hecho las ciencias fundamentales y las auxiliares, de que era inconcuso deb&#x00ED;a estar instruido el [ingeniero] minero para no perder el tiempo y gruesos capitales en la ejecuci&#x00F3;n de obras erradas y de proyectos in&#x00FA;tiles que causaban a veces la ruina de las familias y atrasaban la industria principal de nuestro pa&#x00ED;s? (Vel&#x00E1;zquez de Le&#x00F3;n, 1849, p. 73).</p>  
			
			
			<p>Los asistentes no deb&#x00ED;an poner en duda la utilidad del estudio de la Geolog&#x00ED;a y la Zoolog&#x00ED;a entre los ingenieros por cuanto que rocas y animales, «seres inorg&#x00E1;nicos y org&#x00E1;nicos estaban mezclados en las entra&#x00F1;as de la tierra, precisamente en el camino que con tanta dificultad emprend&#x00ED;a atravesar el minero en sus investigaciones subterr&#x00E1;neas». El ge&#x00F3;logo expres&#x00F3; que: </p>
			
			
						<p>el conocimiento de los animales serv&#x00ED;a para determinar y clasificar los diferentes terrenos que se iban atravesando a medida que m&#x00E1;s penetraba el minero en el interior de la tierra y que del conocimiento y clasificaci&#x00F3;n de estos terrenos depend&#x00ED;a en innumerables casos el acierto y la econom&#x00ED;a de los trabajos de las minas, al poder fijar en qu&#x00E9; formaciones podr&#x00ED;an encontrarse los criaderos de las materias met&#x00E1;licas o no met&#x00E1;licas que se quer&#x00ED;an explotar, las aguas que depositadas en el interior de la tierra se quer&#x00ED;an utilizar en la superficie y multitud de incidentes y conocimientos que, aprendidos con aprovechamiento, tanto distingu&#x00ED;an al te&#x00F3;rico-pr&#x00E1;ctico versado en estas ciencias del puramente emp&#x00ED;rico (Vel&#x00E1;zquez de Le&#x00F3;n, 1849, p. 74).</p> 
			
			
			 <p>Como puede verse, las conferencias doctas sirvieron para legitimar la pr&#x00E1;ctica cient&#x00ED;fica y propagar sus valores, al tiempo que difund&#x00ED;an la certeza de que la promoci&#x00F3;n de las ciencias coadyuvar&#x00ED;a al progreso del pa&#x00ED;s, una opini&#x00F3;n que compart&#x00ED;an las &#x00E9;lites cultas con los gobernantes y que era indispensable extender hacia el gran p&#x00FA;blico de la ciudad de M&#x00E9;xico. En todo caso, las instituciones educativas que hemos mencionado parecen desplegarse fuera de las fronteras de su objetivo disciplinar en la atenci&#x00F3;n de un p&#x00FA;blico m&#x00E1;s vasto y un prop&#x00F3;sito divulgativo que sin duda exced&#x00ED;a sus objetivos pedag&#x00F3;gicos. Adem&#x00E1;s, la mera presencia de sus establecimientos en el &#x00E1;mbito urbano dio fe de la importancia que se conced&#x00ED;a a las ciencias y, a&#x00F1;os m&#x00E1;s tarde, los propios edificios que las albergaban se convertir&#x00ED;an en hitos de connotaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica en el espacio citadino. Un hecho que refiere nuevamente a la ciencia y sus p&#x00FA;blicos.  </p>
			
			<p>Como puede apreciarse, durante la primera mitad del siglo XIX la capital nacional cont&#x00F3; con una infraestructura cient&#x00ED;fica de car&#x00E1;cter p&#x00FA;blico de igual vocaci&#x00F3;n aunque de menor calibre, que las grandes capitales del mundo. De cualquier modo, las instituciones cient&#x00ED;ficas gubernamentales tuvieron una relaci&#x00F3;n suficientemente asidua con el p&#x00FA;blico para sostener los pilares de una cultura proclive a las ciencias que tuvo otras expresiones, como referiremos enseguida.  </p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S4">
			<title>LAS CIENCIAS EN LAS ASOCIACIONES CULTAS, LOS CAF&#x00C9;S Y LAS TERTULIAS DE LA CIUDAD DE M&#x00C9;XICO </title>
			
			
			<p>Aunque las instituciones cient&#x00ED;ficas que apuntamos presidieron la publicidad de las ciencias, hubo otros espacios de sociabilidad como las asociaciones letradas, donde &#x00E9;stas se promovieron. De acuerdo con Habermas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1981</xref>; citado en Nathans <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1990</xref>, p. 624), estas asociaciones civiles representaban el ejemplo concreto de integraci&#x00F3;n entre la inteligencia burguesa y los estamentos tradicionales del poder, reunidos con el objeto de impulsar la discusi&#x00F3;n cr&#x00ED;tica. Por regla general, se trataba de organismos en donde no se hac&#x00ED;a distinci&#x00F3;n entre ciencias, artes y humanidades, dando lugar a una cultura ilustrada que congregaba todos los &#x00E1;mbitos del conocimiento, en consonancia con el esp&#x00ED;ritu de las academias y asociaciones europeas de su tiempo.</p>
			
			<p>As&#x00ED; que de la misma manera que ocurr&#x00ED;a en Europa, en el asociacionismo mexicano predomin&#x00F3; la cultura burguesa, la influencia del racionalismo ilustrado y sus derivaciones y antagonismos rom&#x00E1;nticos, as&#x00ED; como el af&#x00E1;n divulgativo, caracter&#x00ED;sticos de las agrupaciones dieciochescas. Como en otros espacios, hab&#x00ED;a inclinaciones moralizantes —y excluyentes— a partir de la imposici&#x00F3;n de las «buenas maneras» de la burgues&#x00ED;a, como la puntualidad, la opini&#x00F3;n cr&#x00ED;tica, la tolerancia intelectual, la moderaci&#x00F3;n, el respeto mutuo, la utilidad frente a la ociosidad y el m&#x00E9;rito personal (Peset, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2003</xref>, p. 122). Exist&#x00ED;a adem&#x00E1;s una «idea com&#x00FA;n» basada en el deseo de saber y transmitir el conocimiento acad&#x00E9;mico entre los «compa&#x00F1;eros» (Comellas, <xref ref-type="bibr" rid="CIT11">2003</xref>, p. 29). No fue extra&#x00F1;o que entre los objetivos de las asociaciones se expresara la necesidad de instruir y moralizar a los sectores «populares» y a las «clases menesterosas», como mecanismo indispensable para el progreso de la sociedad mexicana y el adelanto material del pa&#x00ED;s. De manera que en el entorno asociativo, la ciencia operaba como «un conjunto de pr&#x00E1;cticas asociadas con la resoluci&#x00F3;n de problemas» (Lafuente, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1998</xref>, p. 10).  </p>
			
			<p>Entre las numerosas sociedades cultas capitalinas de la primera mitad del siglo XIX resaltamos la Sociedad de Amigos del Pa&#x00ED;s (1822-1823), la Sociedad de Literatos (1832-1833), el Liceo Mexicano (1835), la Academia de Letr&#x00E1;n (1836-1856), el Ateneo Mexicano (1840-1851) el Liceo Hidalgo (1850) y el C&#x00ED;rculo Juvenil de Letr&#x00E1;n (1857). &#x00C9;stas tambi&#x00E9;n desempe&#x00F1;aron un papel importante en el &#x00E1;mbito cient&#x00ED;fico mexicano, ya que se convirtieron en espacios para la convivencia de los hombres de ciencia junto con historiadores, poetas y pol&#x00ED;ticos. Hubo tambi&#x00E9;n asociaciones que convocaron a los profesionales de alguna disciplina, como la Sociedad Mexicana de Geograf&#x00ED;a y Estad&#x00ED;stica (1833 hasta el presente), la Academia de Medicina de M&#x00E9;gico (1836-1841), la Academia Farmac&#x00E9;utica de M&#x00E9;xico (1839) y La Uni&#x00F3;n M&#x00E9;dica (1856-1858). Otras agrupaciones culturales de la ciudad de M&#x00E9;xico fueron el Colegio de Abogados, la Junta de Instrucci&#x00F3;n P&#x00FA;blica, la Junta Directiva del Museo y el Jard&#x00ED;n Bot&#x00E1;nico, la Compa&#x00F1;&#x00ED;a Lancasteriana, la Junta de Mejoras Materiales y la Academia Filarm&#x00F3;nica Mexicana, organizada por Jos&#x00E9; Mariano El&#x00ED;zaga (1786-1842) y que constituy&#x00F3; el primer conservatorio formal de Latinoam&#x00E9;rica (Zanolli, <xref ref-type="bibr" rid="CIT41">2000</xref>, p. 6). En t&#x00E9;rminos generales, tal como ha advertido Capel, «en las sociedades creadas tras la independencia el objetivo m&#x00E1;s frecuente era el de adelantar y propagar [...] el reconocimiento del territorio nacional, la clasificaci&#x00F3;n y el estudio de las producciones naturales [y] la descripci&#x00F3;n de la naturaleza en su aspecto exterior» (Capel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1993</xref>, p. 412).</p>
			
			<p>Un ejemplo paradigm&#x00E1;tico de estos espacios de sociabilidad fue el Ateneo Mexicano que cont&#x00F3; entre sus miembros a hombres de letras como Lorenzo de la Hidalga, Jos&#x00E9; Mar&#x00ED;a Lacunza, Jos&#x00E9; Mar&#x00ED;a Lafragua, Andr&#x00E9;s Quintana Roo y Jos&#x00E9; Mar&#x00ED;a Tornel, junto con destacados hombres de ciencia como Miguel Bustamante, Manuel Carpio, Jos&#x00E9; G&#x00F3;mez de la Cortina e Isidro Rafael Gondra (Azuela y Sab&#x00E1;s, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">2009</xref>, pp. 84-87). Los atene&#x00ED;stas se propusieron organizar conferencias y lecciones p&#x00FA;blicas gratuitas de diversas especialidades, pues entre sus objetivos destacaba «la instrucci&#x00F3;n del pueblo»<xref ref-type="fn" rid="NOTE05">5</xref>. Las c&#x00E1;tedras fueron «muy concurridas por personas de todas edades, clases y condiciones, que con buena voluntad acudieron a este centro cultural para adquirir los conocimientos cient&#x00ED;ficos o art&#x00ED;sticos que les interesaban» (Perales, <xref ref-type="bibr" rid="CIT25">1957</xref>, p. 83).</p>
			
			<p>A la par del desenvolvimiento de las agrupaciones cultas, la capital del pa&#x00ED;s escenific&#x00F3; un aumento progresivo de establecimientos comerciales que facilitaron la sociabilidad de las &#x00E9;lites, en donde se dispon&#x00ED;a de libros, peri&#x00F3;dicos y revistas por el precio de una taza de caf&#x00E9; o un vaso de vino. La clientela ten&#x00ED;a la misma composici&#x00F3;n social que los clubes, logias, academias, sociedades literarias o tertulias semanales que mencionamos (D&#x00ED;az y de Ovando, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2003</xref>, p. 76), aunque cada uno de estos espacios ten&#x00ED;a distintos patrones de sociabilidad.</p>
			
			<p>A juicio de Agulhon, «la oposici&#x00F3;n entre el car&#x00E1;cter comercial, p&#x00FA;blico y abierto de un caf&#x00E9; y el car&#x00E1;cter no lucrativo, privado y cerrado de una asociaci&#x00F3;n» convivi&#x00F3; en las ciudades de la primera mitad del siglo XIX (Agulhon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">2009</xref>, p. 14). Aunque el punto de contacto entre ambos espacios se daba cuando la clientela pertenec&#x00ED;a a una agrupaci&#x00F3;n que carec&#x00ED;a de su propio sal&#x00F3;n para efectuar las reuniones, lo que suced&#x00ED;a generalmente en las primeras sesiones de &#x00E9;sta. En estos espacios comerciales y de sociabilidad urbana se pod&#x00ED;a disfrutar de las horas de ocio entre bebidas estimulantes y cigarros, juegos de billar, cartas y domin&#x00F3;, lectura de peri&#x00F3;dicos y folletos, largas conversaciones entre amigos y concurrentes. El p&#x00FA;blico del caf&#x00E9; inclu&#x00ED;a tambi&#x00E9;n estudiantes de las escuelas superiores, en «su mayor parte solteros, y por lo tanto sin responsabilidades familiares [...], entre quienes se [impuso] el h&#x00E1;bito del encuentro en los caf&#x00E9;s, [que satisfac&#x00ED;an] sus nuevas necesidades de sociabilidad en el marco de la comunidad de lugares» (Gonz&#x00E1;lez Bernaldo de Quir&#x00F3;s, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2001</xref>, p. 71). Aunque se trataba de espacios esencialmente masculinos, tambi&#x00E9;n est&#x00E1; documentada la existencia de caf&#x00E9;s de car&#x00E1;cter familiar a donde acud&#x00ED;an mujeres y ni&#x00F1;os.</p>
			
			<p>En todo caso, la literatura de la &#x00E9;poca ubica las tertulias cultas en los caf&#x00E9;s, librer&#x00ED;as y boticas, igual que en los salones y bibliotecas particulares y rese&#x00F1;a la discusi&#x00F3;n de los temas de actualidad, la lectura en voz alta, am&#x00E9;n del recital musical y la declamaci&#x00F3;n po&#x00E9;tica. Todo ello como complemento de otras pr&#x00E1;cticas eruditas, como el coleccionismo naturalista y el registro de observaciones astron&#x00F3;micas y meteorol&#x00F3;gicas, que se integraban al entretenimiento racional de las &#x00E9;lites decimon&#x00F3;nicas, como explicaremos a continuaci&#x00F3;n.</p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S5">
			<title>LAS CIENCIAS Y EL ENTRETENIMIENTO P&#x00DA;BLICO EN LA CIUDAD DE M&#x00C9;XICO </title>
			
			
			<p>Aparte de las tertulias y las veladas literarias, las distracciones de las clases privilegiadas inclu&#x00ED;an la asistencia al teatro para disfrutar operetas y zarzuelas; la participaci&#x00F3;n en carnavales, mascaradas, bailes, ferias, corridas de toros y peleas de gallos; la intervenci&#x00F3;n en los diversos ritos del calendario lit&#x00FA;rgico; y la organizaci&#x00F3;n de paseos a las &#x00E1;reas ajardinadas de la ciudad, que en ocasiones desplegaron una modalidad cientifista.   </p>
			
			<p>Las ciudades decimon&#x00F3;nicas de las grandes capitales contaron con &#x00E1;reas dedicadas a este entretenimiento citadino, concebidas por los «urbanistas» occidentales de la &#x00E9;poca como «espacios arbolados, recreativos, planeados de antemano para ser recorridos a pie, a caballo o en carruaje, que buscaban poner en contacto a los paseantes con la naturaleza» (Hern&#x00E1;ndez Franyuti <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">2007</xref>, p. 102). En la capital eran populares la Alameda y los paseos de origen dieciochesco de Bucareli, Revillagigedo y Azanza, siguiendo la pauta del paseo madrile&#x00F1;o de El Prado. Adem&#x00E1;s de la ocasi&#x00F3;n para encontrarse con sus conocidos, los paseos brindaban la oportunidad de respirar aire fresco -recomendado ampliamente por los higienistas- y de observar la naturaleza en plenitud, am&#x00E9;n de la posibilidad de practicar el coleccionismo naturalista.  </p>
			
			<p>Esta &#x00FA;ltima actividad era m&#x00E1;s recurrente en los paseos por los alrededores de las ciudades y las excursiones a bosques y monta&#x00F1;as que disfrutaron las &#x00E9;lites mexicanas del XIX, igual que las americanas y europeas y cuyo testimonio qued&#x00F3; plasmado en los contenidos geogr&#x00E1;ficos y naturalistas de la literatura del per&#x00ED;odo, as&#x00ED; como en las revistas que analizaremos.   </p>
			
			<p>Las colecciones cient&#x00ED;ficas privadas con frecuencia se generaron a partir del acopio que se llevaba a cabo en estos paseos y fueron un incentivo para la pr&#x00E1;ctica cient&#x00ED;fica amateur, as&#x00ED; como para el desarrollo de formas de sociabilidad relacionadas con la clasificaci&#x00F3;n y el canje de espec&#x00ED;menes.  </p>
			
			<p>Uno de los testimonios que revela el amplio inter&#x00E9;s que los miembros de la Rep&#x00FA;blica de las Letras tuvieron sobre el tema se encuentra en el diario de viaje de Brantz Mayer (1809-1879), abogado y secretario de la Legaci&#x00F3;n estadounidense en M&#x00E9;xico, entre finales de 1841 y los &#x00FA;ltimos meses de 1842, titulado <italic>M&#x00E9;xico lo que fue y lo que es</italic>. El texto resalta las colecciones privadas de Jos&#x00E9; Justo G&#x00F3;mez de la Cortina (1799-1860), quien pose&#x00ED;a un raro repertorio de armas antiguas y modernas de M&#x00E9;xico y otras partes del mundo que exhib&#x00ED;a a sus conocidos. Adem&#x00E1;s, &#x00E9;ste hab&#x00ED;a reunido «cierto n&#x00FA;mero de interesantes documentos del pa&#x00ED;s, junto con algunos cuadros originales y copias de los artistas m&#x00E1;s ilustres de las escuelas» europeas (Brantz, 1953, p. 97).   </p>
			
			<p>Otro coleccionista era Jos&#x00E9; Mariano S&#x00E1;nchez y Mora (1777-1845), ex conde del Pe&#x00F1;asco, quien pose&#x00ED;a un gabinete que constaba de cuatro secciones: Antig&#x00FC;edades, Historia Natural, Pintura e Instrumentos de ciencias f&#x00ED;sicas. «Su colecci&#x00F3;n de monedas con m&#x00E1;s de tres mil ejemplares, [era] sumamente valiosa, y su Gabinete de Mineralog&#x00ED;a [era], sin disputa, el m&#x00E1;s selecto de la Rep&#x00FA;blica Mexicana» (Mayer, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1953</xref>, pp. 357-358). Tambi&#x00E9;n Lucas Alam&#x00E1;n fue conocido por sus colecciones bot&#x00E1;nicas y mineral&#x00F3;gicas, la primera de las cuales era tan vasta que alcanz&#x00F3; para que el pol&#x00ED;tico hiciera un donativo a la <italic>Flora General del Globo</italic> de Agust&#x00ED;n de Candolle (Alcocer, 1897, p. 20). Seguramente Alam&#x00E1;n no fue el &#x00FA;nico que hizo donaciones de espec&#x00ED;menes y colecciones a los museos europeos y estadounidenses, pues ellas formaban parte de la cultura coleccionista. &#x00C9;sta se conjug&#x00F3; con las visitas a los acervos p&#x00FA;blicos del Jard&#x00ED;n Bot&#x00E1;nico, el Museo Nacional o el Colegio de Miner&#x00ED;a, como parte de las actividades sociales de las &#x00E9;lites.   </p>
			
			<p>Tambi&#x00E9;n fueron parte de ellas los globos aerost&#x00E1;ticos, que hab&#x00ED;an surcado los aires de la Ciudad de M&#x00E9;xico desde el Siglo de las Luces y que continuaban produciendo entusiasmo entre los capitalinos, tanto por sus connotaciones cient&#x00ED;ficas como por su prodigiosa capacidad de vuelo. En ocasi&#x00F3;n del ascenso programado para los d&#x00ED;as 2 y 3 de abril de 1842 en la plaza de toros de San Pablo, el estudiante del Colegio de Miner&#x00ED;a y tripulante del globo, Benito Le&#x00F3;n Acosta, recibi&#x00F3; el apoyo de los catedr&#x00E1;ticos de dicho establecimiento, convocados por el Ayuntamiento Constitucional de la ciudad de M&#x00E9;xico. En acatamiento de lo dispuesto se nombr&#x00F3; a los catedr&#x00E1;ticos de Qu&#x00ED;mica, Manuel Herrera, y de Cosmograf&#x00ED;a y Delineaci&#x00F3;n, Tom&#x00E1;s Ram&#x00F3;n del Moral, para «asegurar el buen &#x00E9;xito de la ascensi&#x00F3;n» (AHPM, 1842, caja 196, exp. 14, f. 5).   </p>
			
			<p>La funci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica inclu&#x00ED;a la contemplaci&#x00F3;n del procedimiento «qu&#x00ED;mico para inflar el globo» construido por el estudiante, mismo que fue acompa&#x00F1;ado por «m&#x00FA;sicas militares para que [hacer] m&#x00E1;s agradable el espect&#x00E1;culo». El p&#x00FA;blico estuvo al tanto de las observaciones cient&#x00ED;ficas que se llevar&#x00ED;an a cabo durante el vuelo (Citado en D&#x00ED;az y de Ovando, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">1998</xref>, pp. 724-725) y tuvo el privilegio de atestiguar el despegue por el m&#x00F3;dico precio de un boleto, pero una vez fuera los confines de la Plaza de Toros el globo maravill&#x00F3; a todos los citadinos con el encanto de su vuelo.  </p>
			
			<p>Como puede verse, en la primera mitad del siglo XIX las ciencias fueron parte de la cultura urbana de las clases media y alta, que adem&#x00E1;s participaban plenamente de la cultura escrita, que en aquellos a&#x00F1;os hab&#x00ED;a crecido exponencialmente gracias a las novedades tecnol&#x00F3;gicas que abarataron los procesos editoriales, generando un desarrollo in&#x00E9;dito en tal industria.   </p>
		</sec>
		
		<sec id="S6">
			<title>LOS CONTENIDOS CIENT&#x00CD;FICOS EN LAS REVISTAS DE LA CIUDAD DE M&#x00C9;XICO </title>
			
			
			<p>La aparici&#x00F3;n de la prensa peri&#x00F3;dica estuvo estrechamente vinculada con la esfera p&#x00FA;blica, entendida como el medio por excelencia para propiciar las expresiones de la cr&#x00ED;tica y manifestar la opini&#x00F3;n p&#x00FA;blica, fuera &#x00E9;sta pol&#x00ED;tica, art&#x00ED;stica, literaria o cient&#x00ED;fica. Como ha se&#x00F1;alado Habermas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1981</xref>, p. 84), el nacimiento y ulterior expansi&#x00F3;n de la cr&#x00ED;tica que apareci&#x00F3; en la prensa de los siglos XVII y XVIII en Inglaterra apunt&#x00F3; al nacimiento de un emergente juicio p&#x00FA;blico que desafi&#x00F3; el antiguo monopolio interpretativo del Estado y del clero. De hecho, la transformaci&#x00F3;n de la cultura misma en una mercanc&#x00ED;a, que se verific&#x00F3; el XVIII tanto en Francia como en otras regiones, hizo asequibles muchos bienes culturales a una colectividad m&#x00E1;s amplia, expandiendo las fronteras de la esfera p&#x00FA;blica burguesa para incluir un «p&#x00FA;blico difuso» cuyos miembros s&#x00F3;lo necesitaban estar alfabetizados. En este sentido, las publicaciones peri&#x00F3;dicas que ahora examinaremos, representan un medio privilegiado para apreciar el papel que desempe&#x00F1;&#x00F3; la ciencia en la esfera p&#x00FA;blica mexicana.  </p>
			
			<p>Para abordar el tema de las publicaciones peri&#x00F3;dicas habr&#x00ED;a que reconocer sus or&#x00ED;genes en las gacetas de la primera mitad del siglo XVIII, aunque el surgimiento de una prensa propiamente cr&#x00ED;tica corresponde a una etapa posterior, cuando se dieron a la imprenta los peri&#x00F3;dicos de Ignacio Bartolache (1739-1790) y Jos&#x00E9; Antonio Alzate (1733-1799). El primero fue el editor del <italic>Mercurio Volante</italic>, en el cual la divulgaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica ocup&#x00F3; varias p&#x00E1;ginas y el segundo public&#x00F3; en 1768 el <italic>Diario Literario de M&#x00E9;xico</italic>, que m&#x00E1;s tarde cambi&#x00F3; de nombre a <italic>Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes</italic>, y para 1778 sac&#x00F3; a la luz la<italic> Gazeta de Literatura</italic> (V&#x00E9;ase Saladino, <xref ref-type="bibr" rid="CIT33">1996</xref>).   </p>
			
			<p>En relaci&#x00F3;n con los lectores de estas publicaciones, es preciso reconocer que aunque su n&#x00FA;mero era reducido y se limitaba a un dilecto sector de las clases medias y altas, sus aficiones sentaron las bases para una cultura lectora de impresos peri&#x00F3;dicos que se desarrollar&#x00ED;a con gran dinamismo en todo el siglo XIX y que estar&#x00ED;a acompa&#x00F1;ada por los esfuerzos alfabetizadores que se ir&#x00ED;an incrementando a lo largo de la centuria, igual que en otras latitudes. La demanda generada por este p&#x00FA;blico se satisfizo mediante el aumento del tiraje, variedad y formato de los impresos publicados por diversas imprentas de la ciudad de M&#x00E9;xico, ya fueran peri&#x00F3;dicos, revistas, catecismos, almanaques, cartillas, manuales, folletos y calendarios (Su&#x00E1;rez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT35">2005</xref>, p. 85).   </p>
			
			<p>En lo que concierne a las revistas literarias<xref ref-type="fn" rid="NOTE06">6</xref>, las primeras d&#x00E9;cadas de vida independiente atestiguaron la existencia de un p&#x00FA;blico suficiente para sostener los proyectos editoriales que se abrieron paso con la primera revista literaria mexicana, publicada en 1826 bajo el t&#x00ED;tulo de <italic>El Iris. Peri&#x00F3;dico Cr&#x00ED;tico y Literario</italic>. Se trataba de una publicaci&#x00F3;n destinada para de «servir de distracci&#x00F3;n y diversi&#x00F3;n» al p&#x00FA;blico, al tiempo que le proporcionaba instrucci&#x00F3;n, mediante una variedad de contenidos entre los que se contaban asuntos de Geograf&#x00ED;a, Historia, Astronom&#x00ED;a, F&#x00ED;sica, Antig&#x00FC;edades, Qu&#x00ED;mica, Bot&#x00E1;nica, as&#x00ED; como poemas, cuentos y relatos de viajes. Su l&#x00ED;nea editorial no fue excepcional, ya que entre 1820 y 1860 las revistas de la ciudad de M&#x00E9;xico contuvieron multitud de escritos referentes a las ciencias, de la misma manera que publicaron las voces de la opini&#x00F3;n p&#x00FA;blica tanto en el orden pol&#x00ED;tico y religioso —antes vedado—, como en relaci&#x00F3;n con la cr&#x00ED;tica literaria, art&#x00ED;stica y cient&#x00ED;fica.  </p>
			
			<p>En cuanto al modelo editorial, las revistas mexicanas no fueron originales, sino que guardaron similitudes con las publicaciones extranjeras de la &#x00E9;poca, como las espa&#x00F1;olas <italic>El Artista</italic>, <italic>El Museo de las Familias</italic> y <italic>El Semanario Pintoresco Espa&#x00F1;ol</italic>; las francesas <italic>Le Cultivateur</italic>, <italic>Magasin Pittoresque</italic>, <italic>Le Mosa&#x00EF;que</italic>, <italic>Mus&#x00E9;e des Familles</italic> y <italic>Le P&#x00E8;re de Famille</italic>; las inglesas <italic>The Penny Magazine</italic>, <italic>The Spectator </italic>y <italic>Register of Arts</italic>; la estadounidense <italic>The Family Magazine</italic>; y las <italic>Memorias de la Sociedad Econ&#x00F3;mica de la Habana</italic> y <italic>El Quetzal</italic>, ambas de Cuba.  </p>
			
			<p>La prosa de las revistas se distingui&#x00F3; por una narrativa agradable y un vocabulario sencillo que apelaba al deleite de aquellos lectores que ocupaban algunas de sus horas semanales en su lectura, ya fuera para instruirse o entretenerse. Aqu&#x00ED; descollaron los pros&#x00E9;litos del romanticismo, que tuvo tambi&#x00E9;n una expresi&#x00F3;n cient&#x00ED;fica que se plasm&#x00F3; en las revistas, «impulsado por estudiosos desencantados del reduccionismo mecanicista de la Ilustraci&#x00F3;n y las limitaciones que exhib&#x00ED;a para la investigaci&#x00F3;n de la naturaleza» (Azuela, Sab&#x00E1;s y Smith, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2008</xref>, p. 61). Aunque tambi&#x00E9;n es cierto que en las revistas en que se expres&#x00F3; esta corriente se advierten continuidades con un pensamiento racionalista e ilustrado.   </p>
			
			<p>Los intelectuales involucrados en la edici&#x00F3;n de las revistas procuraron hacer comprensibles al p&#x00FA;blico mexicano los textos y autores m&#x00E1;s destacados, sin distinci&#x00F3;n de or&#x00ED;genes geogr&#x00E1;ficos, prop&#x00F3;sito que hicieron expl&#x00ED;cito en los escritos introductorios que aparecieron en los primeros n&#x00FA;meros de las revistas capitalinas. Aqu&#x00ED; conviene incluir un extracto del proyecto editorial de <italic>El Mosaico Mexicano</italic>, que expres&#x00F3; la intenci&#x00F3;n de mostrar al p&#x00FA;blico un cuerpo de escritos de gran calidad literaria en disciplinas cient&#x00ED;ficas, human&#x00ED;sticas y tecnol&#x00F3;gicas y solicit&#x00F3; a los letrados su colaboraci&#x00F3;n de acuerdo con las siguientes pautas: «El fin [de la revista estaba] reducido a dos palabras: la naturaleza y la industria. Sobre estos objetos [admitir&#x00ED;an] todos los art&#x00ED;culos que [les] [dirigieran], con tal que [fueran] cortos y de alg&#x00FA;n inter&#x00E9;s, quedando este &#x00FA;ltimo sujeto a [su] calificaci&#x00F3;n para darles o no lugar en [sus] columnas» (Los Editores, 1836, pp. 1-2).  </p>
			
			<p>Entre las revistas editadas en la ciudad de M&#x00E9;xico en la primera mitad de la centuria, mencionaremos algunas que nos parecen especialmente ilustrativas, como el <italic>Registro Trimestre. O Colecci&#x00F3;n de Memorias de Historia, Literatura, Ciencias y Artes</italic> (1832-1833). El <italic>Registro </italic>era contempor&#x00E1;neo de las primeras publicaciones especializadas como el <italic>Peri&#x00F3;dico de la Academia de Medicina de M&#x00E9;gico</italic> (1836-1842) y el <italic>Bolet&#x00ED;n del Instituto Nacional de Geograf&#x00ED;a y Estad&#x00ED;stica</italic> (1839). Todas ellas se caracterizaron por el alto n&#x00FA;mero de contenidos cient&#x00ED;ficos y el grado de especializaci&#x00F3;n en el lenguaje, as&#x00ED; como por su intenci&#x00F3;n expresa de informar a los lectores sobre los adelantos de las disciplinas que formaban su objetivo editorial.   </p>
			
			<p>Dentro de las revistas de amplio espectro, tal vez la m&#x00E1;s paradigm&#x00E1;tica del g&#x00E9;nero e indudablemente la de mayor enjundia de los a&#x00F1;os cuarenta fue <italic>El Museo Mexicano </italic>(1843-1846), cuyo cuerpo editorial estuvo compuesto por Manuel Payno, Guillermo Prieto y Jos&#x00E9; Mar&#x00ED;a Lacunza, tres de los intelectuales m&#x00E1;s influyentes del siglo diecinueve mexicano. El car&#x00E1;cter de la publicaci&#x00F3;n, que garantiz&#x00F3; su amplia circulaci&#x00F3;n entre las &#x00E9;lites intelectuales, puede resumirse en los siguientes atributos: solidez ideol&#x00F3;gica (liberal); excelencia de sus autores y editores; y deliberada intenci&#x00F3;n de incluir noticias y art&#x00ED;culos cient&#x00ED;ficos. Estos &#x00FA;ltimos se refirieron especialmente a la geograf&#x00ED;a y la historia natural, aunque no estuvieron ausentes ni las matem&#x00E1;ticas, la astronom&#x00ED;a, la qu&#x00ED;mica, la medicina y otras disciplinas.  </p>
			
			<p>Como puede advertirse en los ejemplos expuestos, la divulgaci&#x00F3;n de la ciencia fue uno de los objetivos editoriales de las revistas del per&#x00ED;odo, que respond&#x00ED;a a la demanda de un p&#x00FA;blico inmerso en una cultura polifac&#x00E9;tica en la que no estaban ausentes los asuntos cient&#x00ED;ficos. Las revistas, en este sentido, hac&#x00ED;an eco de las diversas manifestaciones de la cultura cient&#x00ED;fica que hemos referido, completando la informaci&#x00F3;n adquirida en las exhibiciones y conferencias, igual que en los actos p&#x00FA;blicos de las instituciones de educaci&#x00F3;n superior y en el Museo.</p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S7">
			<title>CONCLUSIONES</title>
			
			
			<p>Como se ha podido ver en las p&#x00E1;ginas precedentes, la ciencia ocup&#x00F3; un lugar preponderante en la vida cultural de la capital mexicana durante el per&#x00ED;odo estudiado. Su desempe&#x00F1;o rebas&#x00F3; el &#x00E1;mbito epist&#x00E9;mico y alcanz&#x00F3; amplios sectores de la vida social, mostrando que: </p>
			
						<p>«la ciencia no es solo un proceso cognitivo que da cuenta de los fen&#x00F3;menos naturales o sociales, sino implica una actividad humana colectiva, encarnada en artefactos materiales e inseparable de las configuraciones de la realidad social y de los ejercicios del poder» que se materializan en la ciudad (Pohl-Valero, <xref ref-type="bibr" rid="CIT29">2012</xref>, p. 400). </p>
			
			<p>Las fuentes archiv&#x00ED;sticas, hemerogr&#x00E1;ficas y bibliogr&#x00E1;ficas analizadas permitieron reconocer las diversas manifestaciones culturales de la pr&#x00E1;ctica cient&#x00ED;fica en los espacios institucionales y en las aulas de instrucci&#x00F3;n superior, que abrieron sus puertas al p&#x00FA;blico para difundir sus actividades mediante cert&#x00E1;menes, discursos y la exhibici&#x00F3;n de colecciones y actos experimentales, no menos que a trav&#x00E9;s de espect&#x00E1;culos cient&#x00ED;ficos, como los globos aerost&#x00E1;ticos, que exced&#x00ED;an sus objetivos pedag&#x00F3;gicos. En todas estas actividades, igual que en las promovidas por las asociaciones cultas, los letrados fueron pieza clave de la conformaci&#x00F3;n del entretenimiento racional, en el que la poblaci&#x00F3;n entraba en contacto con una naturaleza domesticada que invitaba a la reflexi&#x00F3;n cient&#x00ED;fica y se propiciaba la apropiaci&#x00F3;n de los valores y representaciones de la ciencia. Esto &#x00FA;ltimo fue particularmente v&#x00ED;vido en su desempe&#x00F1;o en los numerosos proyectos editoriales destinados a un p&#x00FA;blico amplio, donde dejaron plasmados tanto sus ideales cient&#x00ED;ficos, como su prop&#x00F3;sito de coadyuvar al progreso del pa&#x00ED;s mediante la promoci&#x00F3;n de una ciencia &#x00FA;til. Y de la misma manera, pusieron de manifiesto sus esfuerzos encaminados al robustecimiento de una opini&#x00F3;n p&#x00FA;blica, en la que las manifestaciones cient&#x00ED;ficas fueron innegables.  </p>
			
			<p>De esta manera, puede concluirse que dentro de la reducida escala que le permitieron sus posibilidades pol&#x00ED;ticas y econ&#x00F3;micas, M&#x00E9;xico particip&#x00F3; del proceso general que se desarrollaba en otras capitales occidentales, donde la ciencia particip&#x00F3; de la esfera p&#x00FA;blica y oper&#x00F3; como elemento de un proceso civilizatorio, mientras se elevaba progresivamente como el discurso con mayor autoridad epist&#x00E9;mica.</p>
		</sec>
				
		
	</body>

	
	<back>
	
		
		<sec id="notas">
			<title>NOTAS</title>
		
			<fn-group>
				<fn id="NOTE01"><label>1</label>
					<p>Esta investigaci&#x00F3;n forma parte del proyecto PAPIIT IN 301113: “La Geograf&#x00ED;a y las ciencias naturales en algunas ciudades y regiones mexicanas, 1787-1940”. Responsable Dra. Luz Fernanda Azuela, Instituto de Geograf&#x00ED;a-UNAM. Tambi&#x00E9;n es parte del proyecto PIFFYL (2014-009): “Historia socio-cultural de la ciencia y la tecnolog&#x00ED;a de M&#x00E9;xico, 1821-1911”. Responsable Dr. Rodrigo Vega y Ortega, Facultad de Filosof&#x00ED;a y Letras-UNAM. </p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE02"><label>2</label>
					<p>La pol&#x00E9;mica cient&#x00ED;fica estuvo protagonizada por Jos&#x00E9; Antonio Alzate (novohispano) y Vicente Cervantes (peninsular) a trav&#x00E9;s de catorce escritos publicados en la prensa de la ciudad de M&#x00E9;xico entre febrero de 1788 y agosto de 1789, en especial en la <italic>Gazeta de M&#x00E9;xico</italic>. La controversia estuvo centrada en la introducci&#x00F3;n de la nomenclatura linneana en la pr&#x00E1;ctica bot&#x00E1;nica de Nueva Espa&#x00F1;a. Alzate critic&#x00F3; el sistema de clasificaci&#x00F3;n de plantas de Carl von Linn&#x00E9;, mientras que Cervantes la defendi&#x00F3;. La pol&#x00E9;mica fue seguida por los lectores de las gacetas novohispanas que expresaban su punto de vista sobre el asunto en las tertulias de la &#x00E9;poca. Esto es un ejemplo de la presencia del conocimiento cient&#x00ED;fico en la cotidianeidad de la &#x00E9;lite novohispana (Tanck, <xref ref-type="bibr" rid="CIT36">1982</xref>, p. 19).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE03"><label>3</label>
					<p>Esta situaci&#x00F3;n indujo a la b&#x00FA;squeda de una sede alternativa que han estudiado Azuela, Vega y Nieto, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2009</xref>, p. 102.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE04"><label>4</label>
					<p><italic>Ernani o El honor castellano</italic> es una &#x00F3;pera rom&#x00E1;ntica de Giuseppe Verdi (1813-1901) que se estren&#x00F3; en el teatro La Fenice de Venecia el 9 de marzo de 1844.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE05"><label>5</label>
					<p>La intenci&#x00F3;n de instruir, as&#x00ED; como la disposici&#x00F3;n en secciones, presumiblemente se inspir&#x00F3; en el Ateneo de Madrid, que tuvo tambi&#x00E9;n fines educativos y el mismo sistema organizativo. </p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE06"><label>6</label>
					<p>Por literario no debe entenderse solamente a las Bellas Letras, pues su acepci&#x00F3;n entre 1730 y 1860 se&#x00F1;ala “lo que pertenece a las letras, ciencias o estudios”, es decir, una cultura desarrollada en instituciones como la Universidad (Real Academia Espa&#x00F1;ola, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1734</xref>, Vol. II, p. 417 y Vol. V, p. 587).</p>
				</fn>
		
			</fn-group>
		</sec>
				
		<ref-list>
			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
				
			<ref id="CIT01">
			<element-citation publication-type="book">
			  <year>2005</year>
			  <chapter-title>Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos</chapter-title>
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				  <name>
					  <surname>Tena</surname>
					  <given-names>Felipe</given-names>	  
				  </name>
			  </person-group>
			  <source>Leyes fundamentales de México, 1808-2005</source>
			  <publisher-loc>México</publisher-loc>
			  <publisher-name>Porrúa</publisher-name>
			  <fpage>167</fpage>
			  <lpage>195</lpage>
			  <comment>p. 174</comment>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT02"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Agulhon</surname>
					  <given-names>Maurice</given-names>	  
				  </name>
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			  <year>2009</year>
			  <source>El círculo burgués. La sociabilidad en Francia, 1810-1848</source>
			  <publisher-loc>México</publisher-loc>
			  <publisher-name>Siglo XXI</publisher-name>
			  <comment>p. 14</comment>			  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT03">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Álvarez</surname>
					  <given-names>Joaquín</given-names>	  
				  </name>
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			  <year>2006</year>
			  <source>Los hombres de letras en la España del siglo XVIII: apóstoles y arribistas</source>
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
			  <publisher-name>Castalia</publisher-name>
			  <comment>p. 19</comment>			  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT04">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Azuela</surname>
					  <given-names>Luz Fernanda</given-names>	  
				  </name>
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			  <year>2003</year>
			  <article-title>La Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la organización de la ciencia y la construcción del país en el siglo XIX”</article-title>
			  <source>Investigaciones Geográficas</source>
			  <issue>52</issue>
			  <fpage>153</fpage>
			  <lpage>166</lpage>
			  <comment>p. 153</comment> 
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			<ref id="CIT05">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Azuela</surname>
					  <given-names>Luz Fernanda</given-names>	  
				  </name>
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