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				<journal-title>ASCLEPIO. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia</journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-4466</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="publisher-id">asclepio.2013.p066</article-id>
				 
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				<subject>RESE&#x00D1;AS / BOOK REVIEWS</subject>
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				<article-title>Rese&#x00F1;a del libro "Shores of Knowledge: New World Discoveries and the Scientific Imagination"</article-title>
				<alt-title alt-title-type="running-head">Rese&#x00F1;a</alt-title>
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				<p><bold>Appleby, Joyce</bold>. <italic>Shores of Knowledge: New World Discoveries and the Scientific Imagination</italic>, New York, W. W. Norton &#x0026; Company, 2013. 320 pp. [ISBN: 978-0393239515]</p>
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			<p>Recientemente, el historiador de la ciencia David Knight ha publicado un libro titulado <italic>Voyaging in Strange Seas: The Great Revolution in Science</italic> (2014) sobre una tem&#x00E1;tica semejante a la del libro de la historiadora Joyce Appleby, profesora em&#x00E9;rita de la Universidad de California, Los &#x00C1;ngeles (UCLA) y antigua presidenta tanto de la <italic>Organization of American Historians</italic> como de la <italic>American Historical Association</italic>. Ambos libros recurren a un t&#x00F3;pico tan apasionante como maltratado, la expansi&#x00F3;n europea y la modernidad cient&#x00ED;fica. Ninguno de los dos ser&#x00E1; recordado como un cl&#x00E1;sico sobre esta tem&#x00E1;tica. Knight repite una historia ya conocida. Appleby quiere ir m&#x00E1;s all&#x00E1; sin apenas lograrlo. Sin embargo, el estudio de Appleby supera en sensibilidad y rigor hist&#x00F3;rico al libro de Knight, un intento desafortunado por vincular el mundo de los grandes viajes ultramarinos con la Revoluci&#x00F3;n Cient&#x00ED;fica. El entretenimiento no lo es todo.</p>

			<p>A priori, <italic>Shores of Knowledge </italic>quiere ser un libro m&#x00E1;s sofisticado. Su objetivo, al igual que su prosa, es muy plausible. Hay quienes lo ven como una l&#x00FA;cida explicaci&#x00F3;n de transmisi&#x00F3;n cultural, desde Crist&#x00F3;bal Col&#x00F3;n hasta Charles Darwin. Appleby se pregunta si aquellos temas que la historiograf&#x00ED;a ha considerado tradicionalmente como los m&#x00E1;rgenes del conocimiento tuvieron alguna influencia en la emergencia de la ciencia moderna y lo que la autora llama su imaginaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica. Este es un libro sobre algunas de las categor&#x00ED;as m&#x00E1;s importantes de la modernidad y que llegaron a Europa a trav&#x00E9;s del descubrimiento de nuevos mundos, como la curiosidad, la sorpresa, el testimonio y el cuestionamiento de la autoridad de los antiguos. En otras palabras, se trata de una historia sobre las motivaciones epist&#x00E9;micas que dieron lugar a la expansi&#x00F3;n europea y, en consecuencia, al nacimiento de la ciencia moderna, donde la historia natural ocupa una posici&#x00F3;n central. </p>

			<p>Predomina un tono divulgativo y novelado y tal vez por ello se echa de menos un mayor aparato cr&#x00ED;tico que alimente la indagaci&#x00F3;n. El lector curioso que desee ir m&#x00E1;s all&#x00E1; de las generalidades enciclopedistas echar&#x00E1; en falta una bibliograf&#x00ED;a m&#x00E1;s completa, predominantemente de corte anglosaj&#x00F3;n, y que supere de una vez por todas antiguos mitos historiogr&#x00E1;ficos como la existencia de la Escuela de Sagres, la dif&#x00ED;cil vinculaci&#x00F3;n de Enrique el Navegante con la cartograf&#x00ED;a &#x00E1;rabe en su intento por dominar Marruecos (p. 6) o, incluso, aquella idea que sostiene que fueron los ingleses en el siglo XVIII los primeros en establecer contactos en todas las partes del mundo gracias a su dominio del Pac&#x00ED;fico. Este mismo lector reconocer&#x00E1; r&#x00E1;pidamente la erudici&#x00F3;n de la autora y percibir&#x00E1; tambi&#x00E9;n su gran habilidad para relacionar y sintetizar aspectos aparentemente dispersos. </p>

			<p>En general, estamos ante un libro desconcertante por un motivo principal. Y es que la autora se pone en la piel de sus protagonistas e intercala continuamente viejos t&#x00F3;picos – muchas veces agotados – con nuevas y prometedoras ideas. Entre estas &#x00FA;ltimas destacan, por citar s&#x00F3;lo algunas de las m&#x00E1;s llamativas, los motivos que provocaron las transformaciones que sufri&#x00F3; el mundo de la cristiandad despu&#x00E9;s de la apertura del viejo continente; el valor otorgado a la curiosidad que despert&#x00F3; el nuevo mundo natural; el fen&#x00F3;meno de la sexualidad y el significado de la desnudez tras los descubrimientos geogr&#x00E1;ficos; o el legado intelectual heredado de la longevidad de los imperios ib&#x00E9;ricos, as&#x00ED; como las puertas que abri&#x00F3; para los estratos menos educados de la sociedad. </p>

			<p>El mundo ib&#x00E9;rico es precisamente el tema del primero de los ocho cap&#x00ED;tulos que componen el libro. No resulta habitual encontrar una publicaci&#x00F3;n que dedique m&#x00E1;s de dos p&#x00E1;ginas a Espa&#x00F1;a y Portugal. Aqu&#x00ED; Appleby lo hace, y lo hace recorriendo la obra de lo que ella llama los escribas del Nuevo Mundo, v&#x00E9;ase Gonzalo Fern&#x00E1;ndez de Oviedo, Bartolom&#x00E9; de las Casas, Hern&#x00E1;n Cort&#x00E9;s y Bernardo de Sahag&#x00FA;n, entre otros. Y lo hace, sobre todo, tomando como eje de su argumentaci&#x00F3;n tres ingredientes principales: Espa&#x00F1;a, Am&#x00E9;rica y la historia natural. Al margen de las p&#x00E1;ginas introductorias, Portugal y su vasto imperio mar&#x00ED;timo merecen poca o ninguna consideraci&#x00F3;n por parte de la autora. Lo mismo ocurre con otras ciencias de la expansi&#x00F3;n, como la cosmograf&#x00ED;a, la cartograf&#x00ED;a o la navegaci&#x00F3;n, tratadas en el cap&#x00ED;tulo dos. En este primer cap&#x00ED;tulo, Appleby describe c&#x00F3;mo el Nuevo Mundo encontr&#x00F3; sus escribas, cuyos intereses giraron hacia la inspecci&#x00F3;n, comparaci&#x00F3;n, categorizaci&#x00F3;n y explicaci&#x00F3;n de los fen&#x00F3;menos naturales. Seg&#x00FA;n Appleby, esta empresa comenz&#x00F3; con los mencionados escribas, con autores y no con exploradores y aventureros. Este despertar de la curiosidad multiplic&#x00F3; las posibilidades de los estratos menos educados de la sociedad, toda vez que hab&#x00ED;an sido excluidos de los c&#x00ED;rculos escol&#x00E1;sticos y humanistas. </p>

			<p>En el segundo cap&#x00ED;tulo, dedicado al descubrimiento de la otra mitad del globo, el mundo ib&#x00E9;rico sigue siendo el protagonista, esta vez en forma de viajes de exploraci&#x00F3;n posteriores a Col&#x00F3;n, como aquellos llevados a cabo por Am&#x00E9;rico Vespucio, Vasco N&#x00FA;&#x00F1;ez de Balboa y, sobre todo, Fernando de Magallanes y (su escriba) Antonio Pigafetta, todos ellos socorridos por los mapas de Martin Waldseem&#x00FC;ller, Matteo Ricci, Diogo Ribeiro y Gerardus Mercator. De acuerdo con Appleby, los cronistas de estas expediciones y de sus hallazgos, como Pigafetta, fueron quienes inspiraron a un grupo de editores e impresores a especializarse en la colecci&#x00F3;n, ilustraci&#x00F3;n y publicaci&#x00F3;n de estas aventuras hacia lo desconocido. </p>

			<p>El tercer cap&#x00ED;tulo asume el problema epistemol&#x00F3;gico de conciliar la existencia de otros seres humanos con la premisa cristiana que dictaminaba que todos los seres viv&#x00ED;an bajo el juicio de un &#x00FA;nico Dios. Appleby vuelve una vez m&#x00E1;s sobre los cronistas y tratadistas de la expansi&#x00F3;n, tales como Richard Hakluyt, Giovanni Battista Ramusio, Pedro M&#x00E1;rtir de Angler&#x00ED;a, Walter Raleigh, Hans Staden, Jean de L&#x00E9;ry, Michel de Montaigne, Theodor de Bry o Thomas Harriot, a cuyas obras les otorga tanto m&#x00E9;rito como a los propios viajes, narrativas que circularon ampliamente por la Europa moderna y que fueron incluso satirizadas por Jonathan Swift en 1726 con <italic>Los viajes de Gulliver</italic>. Con todo, la autora no pretende sino destacar la aportaci&#x00F3;n de la novedad descrita por estas figuras a la modernidad. Esto es, las novedades del Nuevo Mundo provocaron nuevos h&#x00E1;bitos de pensamiento, nuevos interrogantes que necesariamente reorientaron la cultura europea hacia el conocimiento de la naturaleza. </p>

			<p>Nadie escapaba al atractivo de la novedad. El cap&#x00ED;tulo cuatro pone de manifiesto el inter&#x00E9;s de la realeza y de los pr&#x00ED;ncipes europeos por lo nuevo, caso de Cosme II de M&#x00E9;dici, Gran Duque de Toscana, Enrique II de Francia y Carlos I de Espa&#x00F1;a. Tambi&#x00E9;n aqu&#x00ED;, Appleby hace un recorrido por aquellos naturalistas y coleccionadores europeos que con su conocimiento del mundo natural entraron en discusi&#x00F3;n con los autores del mundo cl&#x00E1;sico, como Francisco Hern&#x00E1;ndez, Ulisse Aldrovandi, Carolus Clusius, Juan Mauricio de Nassau-Siegen, John White, Jan Swammerdam y Melchis&#x00E9;dech Th&#x00E9;venot, entre muchos otros. Seg&#x00FA;n Appleby, todos ellos encontraron al te&#x00F3;rico que les faltaba, Francis Bacon, a quien presenta como alguien agradecido al papel desempe&#x00F1;ado por los descubrimientos geogr&#x00E1;ficos, pues estimularon el inter&#x00E9;s por los objetos naturales. La nueva filosof&#x00ED;a experimental promovida por Bacon sirve a la autora para abordar a algunos de los personajes m&#x00E1;s representativos de la Revoluci&#x00F3;n Cient&#x00ED;fica, como Robert Boyle, Robert Hooke o Isaac Newton. </p>

			<p>El quinto cap&#x00ED;tulo relata la transici&#x00F3;n que se produjo entre los primeros naturalistas improvisados y los expertos que llevaban a cabo sus investigaciones sobre el terreno. Los expertos naturalistas tuvieron la necesidad de crear m&#x00E9;todos de trabajo m&#x00E1;s rigurosos que les permitiera hacer frente al mundo natural. Encontramos disputas acerca de la generaci&#x00F3;n espont&#x00E1;nea y las dificultades de replicar el experimento. Aqu&#x00ED;, los actores no son otros que Lineo, Jos&#x00E9; Celestino Mutis y el conde de Buffon, naturalistas que vistieron a la ciencia con sus zapatos modernos hacia la segunda mitad del siglo XVIII mediante la organizaci&#x00F3;n y la categorizaci&#x00F3;n de la investigaci&#x00F3;n en el campo. Aquellas cuestiones que inicialmente iban dirigidas hacia el ser humano, las plantas y los animales del Nuevo Mundo eran redirigidas ahora, con los expertos, hacia el dominio total de la naturaleza. Como es sabido, las comparaciones entre espec&#x00ED;menes del Viejo y Nuevo Mundo dieron lugar a fruct&#x00ED;feras investigaciones.</p>

			<p>La verdadera forma de la Tierra es el tema del sexto cap&#x00ED;tulo, donde el problema de la determinaci&#x00F3;n de la longitud cobra una especial dimensi&#x00F3;n. La historia natural deja paso a la geodesia que, seg&#x00FA;n la autora, aport&#x00F3; una gran mejor&#x00ED;a en el mundo de la ciencia. De nuevo, los intentos por imponer el orden sobre la proliferaci&#x00F3;n de informaci&#x00F3;n en determinadas sociedades europeas supusieron un reto para la ortodoxia religiosa. En este sentido, la curiosidad que movi&#x00F3; a exploradores, viajeros, naturalistas y a sus lectores se hab&#x00ED;a aliado ahora al chauvinismo como forma de rivalidad nacional que de alguna forma reemplaz&#x00F3; a las enemistades religiosas que antes hab&#x00ED;an dominado Europa. En este cap&#x00ED;tulo Appleby saca tambi&#x00E9;n a escena a autores y proyectos centrales de la Ilustraci&#x00F3;n europea, como la <italic>Encyclop&#x00E9;die</italic> (1751) de Diderot y D’Alembert, o como los sistemas filos&#x00F3;ficos de Montesquieu, David Hume y Adam Smith, entre otros. Este cap&#x00ED;tulo representa un claro ejemplo de la capacidad sintetizadora de la autora para ordenar problem&#x00E1;ticas, ideas y geograf&#x00ED;as aparentemente desvinculadas. </p>

			<p>En el cap&#x00ED;tulo siete llegamos al Pac&#x00ED;fico, el oc&#x00E9;ano del siglo XVIII, cuya exploraci&#x00F3;n combin&#x00F3; las ambiciones imperiales con la curiosidad cient&#x00ED;fica. Seg&#x00FA;n Appleby, la ciencia sirvi&#x00F3; al Estado para adquirir posiciones estrat&#x00E9;gicas en el Pac&#x00ED;fico. En esta historia no pod&#x00ED;an faltar las haza&#x00F1;as de dos ilustres navegantes, el conde de Bougainville y James Cook. El conocimiento es tratado aqu&#x00ED; como una d&#x00E1;diva ilustrada al alcance de unos pocos, como un signo de autoridad y como una peligrosa fuente de legitimidad de una entidad sobre otra. </p>

			<p>En el octavo y &#x00FA;ltimo cap&#x00ED;tulo – bajo el t&#x00ED;tulo Humboldt y Darwin en el Nuevo Mundo – Appleby relata el proceso que llev&#x00F3; a la Europa moderna desde el despertar de la curiosidad y el surgimiento de la novedad hasta la precisi&#x00F3;n cient&#x00ED;fica. A pesar de que seg&#x00FA;n la autora los cient&#x00ED;ficos amateurs a&#x00FA;n ocupaban un lugar destacado, las necesidades de conocer, controlar y dominar el mundo natural llevaron a figuras ilustres como Humboldt y Darwin a la creaci&#x00F3;n de nuevos y sofisticados par&#x00E1;metros de investigaci&#x00F3;n. De nuevo, dos h&#x00E9;roes cambiaron el rumbo de la historia hacia el progreso de las sociedades humanas. </p>

			<p>En definitiva, Appleby parece reducir el desarrollo de los logros de la modernidad cient&#x00ED;fica europea al despertar de la curiosidad y a la brillante imaginaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica de algunas figuras ilustres con un deseo ilimitado de conocer como consecuencia de la expansi&#x00F3;n europea y de los descubrimientos geogr&#x00E1;ficos. Seg&#x00FA;n Appleby, este deseo de conocer, que a lo largo de los a&#x00F1;os fue adquiriendo un cariz m&#x00E1;s y m&#x00E1;s sofisticado en t&#x00E9;rminos metodol&#x00F3;gicos, fue la caracter&#x00ED;stica principal de la ciencia moderna. Sin embargo, esto deber ser considerado como parte de la verdad, pero no toda la verdad. En la forma y en el contenido esta es ya una historia conocida, con bastantes tintes euroc&#x00E9;ntricos y triunfalistas y con un tono excesivamente teleol&#x00F3;gico. Recurrir a los m&#x00E1;rgenes o a las v&#x00ED;as desestimadas del conocimiento para buscar las razones de ser de la modernidad es sin duda una idea muy aceptable y prometedora. Sin embargo, los m&#x00E1;rgenes del conocimiento europeo van m&#x00E1;s all&#x00E1; del mero deseo de conocer y de una historia protagonizada por h&#x00E9;roes como Col&#x00F3;n o Galileo, en tanto que personas con una curiosidad ilimitada. Si como m&#x00E1;rgenes consideramos por ejemplo los descubrimientos del Nuevo Mundo – y esto es lo que hace la historiadora Joyce Appleby – entonces las conclusiones deber&#x00ED;an ser otras mucho m&#x00E1;s ambiciosas y tendr&#x00ED;an una importante dimensi&#x00F3;n social y de escala (global), y una dimensi&#x00F3;n menos subjetiva, local y aislada. Moverse en los m&#x00E1;rgenes es tan apasionante como complejo y Appleby no siempre lo consigue. </p>
			
			<p>Antonio S&#x00E1;nchez</p>
			
			<p><italic>CIUHCT - Universidade de Lisboa</italic></p>

			<p>antosanmar@gmail.com</p>

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