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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Asclepio</journal-id>
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				<journal-title>ASCLEPIO Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Asclepio</abbrev-journal-title>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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		<article-id pub-id-type="publisher-id">asclepio.2013.r010</article-id>
		
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			<subject>RESE&#x00D1;AS / BOOK REVIEWS</subject>
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			<article-title>Ebrio de enfermedad, edici&#x00F3;n de Alexandra Broyard, pr&#x00F3;logo de Oliver Sacks, (trad.) Miguel Mart&#x00ED;nez-Lage</article-title>
			<alt-title alt-title-type="running-head">Rese&#x00F1;a</alt-title>
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			  <aff id="U1">Instituto de Historia, CCHS-CSIC</aff>
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		<pub-date pub-type="collection">
		<year>2013</year>
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		<volume>65</volume>
		<issue>2</issue>
		
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			<copyright-statement>&#x00A9; 2013 CSIC</copyright-statement>
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				<p><bold>Broyard, Anatole</bold>. <italic>Ebrio de enfermedad, edici&#x00F3;n de Alexandra Broyard, pr&#x00F3;logo de Oliver Sacks, (trad.) Miguel Mart&#x00ED;nez-Lage</italic>, Segovia, La u&#x00D1;a RoTa, 2013. 180 p&#x00E1;ginas [ISBN: 978-84-95291-25-7]</p>
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				<p>A veces, muchas veces nos encontramos por casualidad con un libro que nos atrapa. Parece estar esper&#x00E1;ndonos, nos fija la mirada, hemos de abrirlo. Y comprarlo. En este caso se trata de un gran libro de peque&#x00F1;o formato, escrito hace a&#x00F1;os por un cr&#x00ED;tico literario llamado Anatole Broyard y titulado <italic>Ebrio de enfermedad</italic>. Publicado por una valiente editorial, ha sido muy bien traducido por Miguel Mart&#x00ED;nez-Lage. En sus p&#x00E1;ginas, el autor nos habla de forma exigente de su enfermedad y de su pr&#x00F3;xima muerte. Nos habla de su crisis, de la terrible crisis que supone una enfermedad mortal. Se juntan en este librito varias aportaciones, escritas en diversas &#x00E9;pocas, el estudio de la literatura de la enfermedad, de la muerte, su narraci&#x00F3;n acerca del sufrimiento final de su padre, sus anotaciones y comentarios a lo largo de su dolencia, adem&#x00E1;s de textos de la editora.  </p>
				
				<p>Tambi&#x00E9;n apasionado por esta lectura, ha escrito Juan Jos&#x00E9; Mill&#x00E1;s: «M&#x00E1;s que describir su c&#x00E1;ncer, Broyard se dedica a escribirlo de forma minuciosa», as&#x00ED; «convierte su c&#x00E1;ncer en un metac&#x00E1;ncer». El cr&#x00ED;tico literario se proclama cr&#x00ED;tico del sufrimiento, del m&#x00E9;dico y de los servicios sanitarios. Y, sobre todo, de s&#x00ED; mismo. «Al darse en su cuerpo el hecho literario de la enfermedad, decide entregarse a la autocr&#x00ED;tica» (Mill&#x00E1;s, Juan Jos&#x00E9; “El metac&#x00E1;ncer”, <italic>El Pa&#x00ED;s</italic> 7 de junio de 2013, p. 68). En el escaso tiempo que le restaba, busca una vez m&#x00E1;s la belleza, siempre consuelo. Prepara sus «&#x00FA;ltimas voluntades», el «morir a su manera», incluso «la muerte m&#x00E1;s bella». Con humor afirma: «Voy a decir algo brillante cuando me muera». Y con sinceridad tambi&#x00E9;n: «Podr&#x00ED;a dejar por legado sus sentimientos verdaderos» (p. 65 y 96-98). </p>
				
				<p>Broyard se&#x00F1;ala la ambivalente emoci&#x00F3;n de la enfermedad, una crisis que remite a la crisis del lenguaje, de la literatura, de la personalidad. La existencia «hab&#x00ED;a adquirido su propio sistema m&#x00E9;trico, como sucede en la poes&#x00ED;a o en los taxis» (p. 23). Pod&#x00ED;a como Thomas Mann haberse tambi&#x00E9;n referido a la crisis social o pol&#x00ED;tica, como la referencia constante a la terrible guerra y el ascenso del nazismo en <italic>Doktor Faustus</italic>. Pero &#x00E9;l bucea en su interior. Sus sue&#x00F1;os sobre haber cometido un crimen, o ser acusado de ello, se manifiestan en la enfermedad como delito, en la expresi&#x00F3;n de culpa, en su propia defensa gracias al fervor de supervivencia. Afirmaba en sus recuerdos Tony Judt, con semejante actitud:  </p>
				
				<p>Caer v&#x00ED;ctima de una enfermedad de las motoneuronas seguramente significa que he ofendido a los dioses en alg&#x00FA;n momento, y no hay nada m&#x00E1;s que decir. Pero si uno tiene que sufrir de ese modo, mejor tener una cabeza bien aprovisionada: llena de piezas de &#x00FA;til recuerdo reciclables y multiuso, f&#x00E1;cilmente disponibles para una mente anal&#x00ED;ticamente dispuesta (<italic>El refugio de la memoria</italic>, (trad.) Juan Ram&#x00F3;n Azaola, Taurus, Madrid, 2011, p. 26).  </p>
				
				<p>Sin duda, en el texto de Broyard hay algunas referencias a la misma culpa, as&#x00ED; cuando remite a Prometeo al presentar a su padre sufriendo la herida de la cistoscopia. O cuando &#x00E9;l mismo considera la enfermedad como consecuencia de una transgresi&#x00F3;n, pero que acepta con valor y humor. La enfermedad es presentada como germen, como met&#x00E1;fora: </p>
				
				<p>Ahora entiendo por qu&#x00E9; los rom&#x00E1;nticos ten&#x00ED;an tanto afecto por la enfermedad: el enfermo lo ve todo como si fuera una met&#x00E1;fora. En esta fase me encuentro encandilado con mi c&#x00E1;ncer. Es algo que apesta a revelaci&#x00F3;n. (p. 28).  </p>
				
				<p>En su intento literario de dominar la enfermedad, afirma: «Que la enfermedad tenga cualquier significado siempre es mejor que si carece por completo de uno» (p. 98). Se refugia as&#x00ED; —buscando apoyo— en los literatos que han tratado la enfermedad, no pod&#x00ED;an faltar Tolstoi, Thomas Mann, Malcolm Lowry, desde luego Kafka. Otros muchos comparecen, en una buena gu&#x00ED;a para la literatura sobre la enfermedad hasta el cambio de siglo. Lo complacen los que se encaran con valor a la muerte. As&#x00ED; Norman Cousins, quien considera la enfermedad como un reto, no como amenaza ni profec&#x00ED;a; o bien, Bernie Siegel que llama a la imaginaci&#x00F3;n, la inspiraci&#x00F3;n, la colaboraci&#x00F3;n y la camarader&#x00ED;a en el proceso m&#x00E9;dico. Da as&#x00ED; la vuelta a la petici&#x00F3;n de resistencia a la met&#x00E1;fora de Susan Sontag. «Si la risa tiene poderes sanadores, es posible que la met&#x00E1;fora tambi&#x00E9;n cure, o alivie» (p. 41). Recurre a las sugerencias de Oliver Sacks sobre el modo de enfrentar la enfermedad, viviendo en paralelo, o a trav&#x00E9;s de su discapacidad. Tras un accidente, Sacks resiste «musicalizado», considerando el papel de la m&#x00FA;sica, el ritmo, la melod&#x00ED;a… Ambos estiman las propiedades de la danza, del baile, que el mismo autor pone en pr&#x00E1;ctica. </p>
				
				<p>Para controlar la enfermedad quiere darle forma de narraci&#x00F3;n. Hace ya a&#x00F1;os que se puso de relieve esta construcci&#x00F3;n de peque&#x00F1;as narraciones, que sustitu&#x00ED;an en Broyard a los grandes relatos m&#x00E9;dicos o religiosos.  </p>
				
				<p>The storyteller —according to Arthur W. Frank (another cancer patient who turned his experience into narrative)— is the new figure of the postmodern patient: no longer a victim of disease, not the object of medicine, but a person struggling to recover and to reshape the voice that illness so often takes from us. (Morris, David B., <italic>Illness and Culture in the Postmodern Age</italic>, University of California Press, Berkeley, Los Angeles, London, 2000, pp. 44-49, cita en p. 48).  </p>
				
				<p>Al escribir encuentra el sentido, como al filmar consigui&#x00F3; Bob Fosse en 1979 con <italic>All that jazz</italic>. «Los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor» (p. 42). Sin duda el lenguaje, el habla, las narraciones son formas de mantener viva nuestra condici&#x00F3;n humana, en busca de alguna forma de belleza. </p>
				
				<p>El novelista convierte en relato o narraci&#x00F3;n sus angustias, nos dice, o tambi&#x00E9;n que en el poeta el verso nace de una situaci&#x00F3;n dif&#x00ED;cil. «La poes&#x00ED;a escribe al poeta», declara Louise Erdrich (“Babelia”,<italic> El Pa&#x00ED;s</italic>, de 8 de junio de 2013, p. 5). Dicho en otra forma por Broyard: «Dentro de cada paciente hay un poeta que intenta salir» (p. 69). Esa enfermedad, esa lejan&#x00ED;a de la muerte produce un distanciamiento, una disociaci&#x00F3;n de la sensibilidad (T. S. Eliot), propios de situaciones extremas, purificando y fortaleciendo lo mejor de nosotros. Desde luego, estar enfermo o encaminarse al morir es un trastorno (de los sentidos), una locura. «Con todo, la locura del paciente forma parte de su condici&#x00F3;n de enfermo». En fin: «Estar enfermo es estar tambi&#x00E9;n ps&#x00ED;quicamente trastornado» (pp. 63 y 67). </p>
				
				<p>Ernest Becker hablaba del p&#x00E1;nico a la creaci&#x00F3;n, al infinito. Ah&#x00ED; es entonces preciso contar como un converso, abrir la conciencia como una sangr&#x00ED;a. «La met&#x00E1;fora era uno de mis s&#x00ED;ntomas» (p. 44). Puede esta dirigirnos a muy variados destinos, nos propone algunos el autor como el viaje, el amor, la conferencia o la charla, incluso recuerdos literarios como las vetustas alcobas de Dickens. Este recurso a la met&#x00E1;fora nos lleva al discurso, al sentido del humor, a la escritura. «Pueden (los enfermos) convertir en un juego, en una ocupaci&#x00F3;n profesional, incluso en una forma art&#x00ED;stica, el hecho de oponerse a sus enfermedades». Se tratar&#x00ED;a de manejar el trastorno. «En cierto modo, la enfermedad es una droga, y en parte depende del paciente determinar si lo suyo va a ser un baj&#x00F3;n o un subid&#x00F3;n» (p. 93). El dolor del enfermar puede ser de diversa manera vivido, pues la realidad est&#x00E1; ah&#x00ED;. As&#x00ED; nos dice: «El c&#x00E1;ncer es buena cura contra la iron&#x00ED;a» (p. 27). </p>
				
				<p>Los escritores rom&#x00E1;nticos y los postmodernos encuentran un nuevo camino en la palabra. «El espacio que media entre la vida y la muerte es la plaza de armas del Romanticismo». Este lugar del autor rom&#x00E1;ntico es el mismo que ahora encuentra el postmoderno. «La escritura es un contrapunto de mi enfermedad. Obliga al c&#x00E1;ncer a pasar por mi car&#x00E1;cter antes que pueda llegar a m&#x00ED;» (p. 46-47). La literatura de la enfermedad debe contar con un cr&#x00ED;tico —en respuesta a Sontag— «pues me parece que cualquier persona seriamente enferma ha de desarrollar un estilo propio de cara a su enfermedad» (p. 49). As&#x00ED;, aprender ese estilo ser&#x00ED;a aprender a morir, como Montaigne quer&#x00ED;a y consigui&#x00F3;. Si bien puede parecer una senda de privilegiados, nos muestra algunos caminos que nos son accesibles, como la m&#x00FA;sica y la danza, el viaje, la sexualidad (pp. 48-53).  </p>
				
				<p>Nos enfrenta a la aceptaci&#x00F3;n de la propia vida, al referirse a una posible culpa en el origen de la enfermedad, as&#x00ED; cuando nos habla de las llamadas <italic>femmes fatales</italic>. No podemos dejar de pensar en las recientes declaraciones del actor Michael Douglas sobre el origen de su enfermedad cancerosa. Por eso Anatole Broyard comprende lo importante que es simplemente funcionar, que acogemos con un grito de j&#x00FA;bilo, pues estar vivo, el vivir es un orgasmo permanente. Su aportaci&#x00F3;n fundamental, propia de un cr&#x00ED;tico literario, es convertir la enfermedad en discurso, la aproximaci&#x00F3;n a la muerte en estilo, ser due&#x00F1;o de la enfermedad. «A fin de cuentas, un cr&#x00ED;tico es una especie de m&#x00E9;dico de las estrategias» (p. 48). Se admite, ante el inevitable enfado del enfermo (no se cura en la sala de gritos de Elisabeth Kübler-Ross), que la enfermedad es suya y no un destino. Por tanto, quiere estar vivo cuando muera, lo que influy&#x00F3; en alguno de los tratamientos que acept&#x00F3;. Hay que vivir hasta el &#x00FA;ltimo minuto, nos aconseja. </p>
				
				<p>Es el examen del m&#x00E9;dico uno de los aspectos m&#x00E1;s interesantes del libro, pues nos presenta al cr&#x00ED;tico que enjuicia al galeno, al paciente que lo diagnostica. Nos narra sus decepciones y entusiasmos con algunos. Se enga&#x00F1;a as&#x00ED; con el atractivo pero equivocado despacho de un primer m&#x00E9;dico: «Su capacidad de mago parec&#x00ED;a en orden» (p. 62). Sabr&#x00ED;a cuidar al enfermo, nos comunica errado. Nos muestra tambi&#x00E9;n la predisposici&#x00F3;n de su padre y propia hacia los m&#x00E9;dicos jud&#x00ED;os.  </p>
				
				<p>Los consideraba los mediadores, los conciliadores —m&#x00E9;dicos, abogados, agentes de bolsa, &#x00E1;rbitros y artistas— de la vida contempor&#x00E1;nea. La historia misma los hab&#x00ED;a convencido de que la vida era una enfermedad (p. 63).  </p>
				
				<p>Rechaza luego al m&#x00E9;dico por falta de estilo, de magia, pues no podr&#x00ED;a entenderle. «Yo dir&#x00ED;a que busco a alguien que sepa leer a fondo la enfermedad y que sea un buen cr&#x00ED;tico de la medicina». O sea: «Alguien capaz de tratar el cuerpo y el alma. Hay un yo f&#x00ED;sico que ha enfermado, hay un yo metaf&#x00ED;sico que ha enfermado». En fin: «El alma es la parte de uno a la que uno recurre en caso de emergencia» (pp. 67-68). Estoy seguro de que a Pedro La&#x00ED;n le hubiese maravillado este escrito, que habr&#x00ED;a mejorado su libro sobre <italic>La relaci&#x00F3;n m&#x00E9;dico-enfermo</italic>, pues muchas de sus p&#x00E1;ginas nos recuerdan las que el maestro de la historia de la medicina dedic&#x00F3; a la «medicina pedag&#x00F3;gica» hipocr&#x00E1;tica, o bien al amor o la amistad entre el m&#x00E9;dico y el paciente, que basa en la naturaleza y en el arte m&#x00E9;dico. </p>
				
				<p>No hay un &#x00FA;nico texto del diagn&#x00F3;stico, nos dice Broyard. Los t&#x00E9;cnicos van con la materia prima. El m&#x00E9;dico toma ese material y le da la forma poem&#x00E1;tica de un diagn&#x00F3;stico. Por eso quiero un m&#x00E9;dico con sensibilidad. Y eso casi parece un ox&#x00ED;moron, una contradicci&#x00F3;n en los t&#x00E9;rminos, pues un m&#x00E9;dico es un hombre de ciencia. Imag&#x00ED;nese como ser&#x00ED;a tener por m&#x00E9;dico a Chejov, que era m&#x00E9;dico.  </p>
				
				<p>Luego deber&#x00ED;an estudiar los galenos poes&#x00ED;a para entender esas disociaciones, esos trastornos. «Mi m&#x00E9;dico ideal “leer&#x00ED;a” mi poes&#x00ED;a, mi literatura». Sus escritos, sus palabras devendr&#x00ED;an la jerga de una forma po&#x00E9;tica, pues su m&#x00E9;dico deber&#x00ED;a construir para &#x00E9;l un buen relato, hacer o entender los chistes. Encontrar, sobre todo, alg&#x00FA;n tipo de belleza. Tendr&#x00ED;a en cuenta en &#x00E9;l ese talante estrafalario del que se jacta Hamlet ante Horacio, pues como Baudelaire «cultivo mi histeria con alegr&#x00ED;a y con pavor» (pp. 68-70). </p>
				
				<p>Quiere que el m&#x00E9;dico sea el Virgilio que lo conduzca a su infierno, o bien a su purgatorio, se&#x00F1;al&#x00E1;ndole todo lo que haya que ver. «El m&#x00E9;dico tiene el cometido imposible de intentar reconciliar al paciente con la enfermedad y la muerte» (p. 98). Deber&#x00ED;a saber del alma, la personalidad, el car&#x00E1;cter, pues el m&#x00E9;dico debe «repersonalizar» la enfermedad. Para ello es preciso evitar poner distancia ante el enfermo, por el contrario entrar en &#x00E9;l, mirar al paciente. Un hospital est&#x00E1; lleno de hermosas historias, el m&#x00E9;dico debe permitirse leerlas como obras de ficci&#x00F3;n, dejarse educar. Si como afirmaba Virginia Woolf son malos los relatos de la enfermedad, puede deberse a que los m&#x00E9;dicos los desalienten. Le gustar&#x00ED;a hacer meditaci&#x00F3;n, cavilaci&#x00F3;n, elucubraci&#x00F3;n, abstracci&#x00F3;n sobre la pr&#x00F3;stata enferma, pero no tiene a quien contarlas. El m&#x00E9;dico es narrador y puede hacer de nuestra vida buenos y malos relatos, con independencia del diagn&#x00F3;stico. Se trata de una «couple malade», de un matrimonio de m&#x00E9;dico y paciente. </p>
				
				<p>Dado que las curas se hacen con palabras —siguiendo a Freud—, puede que su m&#x00E9;dico aprenda a conversar. «Todos los pacientes necesitan que los resuciten por medio del boca a boca, pues la conversaci&#x00F3;n es el beso de la vida» (p. 84). Se pide un tit&#x00E1;nico esfuerzo al terapeuta. «Todo paciente invita al m&#x00E9;dico a combinar los papeles de sacerdote, fil&#x00F3;sofo, poeta, amante. Cuenta con que el m&#x00E9;dico eval&#x00FA;e su vida entera como si fuera un bi&#x00F3;grafo» (p. 85). No olvida alguna alusi&#x00F3;n a las pretensiones conyugales de Mme. Bovary. Pero todos somos especialistas en un solo campo, es pedir demasiado.  </p>
				
				<p>Acaso tendr&#x00ED;a que haber otro especialista, una combinaci&#x00F3;n de adivino, payaso y poeta, para echar una mano a la hora de dar respuesta a las preguntas del paciente. Acompa&#x00F1;ar&#x00ED;a al m&#x00E9;dico en sus visitas, dar&#x00ED;a una segunda opini&#x00F3;n (p. 86).  </p>
				
				<p>Esos personajes hacen clara referencia a una superaci&#x00F3;n, a una comunicaci&#x00F3;n con los dioses, las escrituras o las bellezas del m&#x00E1;s all&#x00E1;. Habr&#x00ED;a tambi&#x00E9;n que cambiar el ambiente del hospital, devenir menos un laboratorio y m&#x00E1;s un teatro, dado que pocos lugares hay con m&#x00E1;s dramatismo. La teatralizaci&#x00F3;n es tambi&#x00E9;n una forma de apertura, de comunicaci&#x00F3;n, de belleza y curaci&#x00F3;n por tanto.  </p>
				
				<p>La esterilidad hospitalaria pas&#x00F3; a esterilizar el pensamiento m&#x00E9;dico, la experiencia del paciente, la idea de enfermedad. No hay duda, los cl&#x00E1;sicos de la sociolog&#x00ED;a m&#x00E9;dica se han ocupado de la p&#x00E9;rdida de sensibilidad en los estudiantes de medicina al progresar en sus estudios y profesionalizaci&#x00F3;n. (Coe, Rodney M., <italic>Sociolog&#x00ED;a de la Medicina</italic>, (trad.) L. Garc&#x00ED;a Ballester y R. Mª. Mart&#x00ED;nez Silvestre, Madrid, Alianza Editorial, 1973, pp. 240-248) «Pero el enfermo necesita el contagio de la vida. La muerte es la esterilidad definitiva» (p. 87). Cuenta con orgullo que en urgencias fue reconocido, que se sinti&#x00F3; vivo, pues las emergencias son crisis emocionales, casos &#x00FA;nicos. El m&#x00E9;dico podr&#x00ED;a perder autoridad, ganando en cambio humanidad, compartiendo as&#x00ED; el asombro, la exaltaci&#x00F3;n, el terror del filo del ser, entre lo natural y lo sobrenatural. Habla as&#x00ED; contra la medicina controladora, sean Freud o Kübler-Ross, incluso contra Sontag. Tambi&#x00E9;n contra las formas de la relaci&#x00F3;n con los amigos, que no debe ser ni una caza ni una competici&#x00F3;n, siempre el sujeto que sufre tiene que ser quien lleve el mando. Es muy notable la descripci&#x00F3;n de las relaciones del moribundo con los m&#x00E9;dicos, con los familiares. «Lo que importa es el paciente, no el tratamiento» (p. 101). Tal vez es lo &#x00FA;ltimo que escribi&#x00F3;. </p>
				
				<p>En sus p&#x00E1;ginas dedicadas a la literatura de la muerte se refiere, claro est&#x00E1;, a Philippe Ariès para expresarnos los cambios culturales habidos a lo largo de los siglos. Salvaje o controlada, ind&#x00F3;mita o dominada, bella o sucia, obscena o invisible, mala o buena muerte… son algunos de los adjetivos que califican el postrer cara a cara a lo largo de la historia. Se refiere de forma cr&#x00ED;tica una vez m&#x00E1;s a los intentos de control de Kübler-Ross, a la observaci&#x00F3;n de las fases terminales. La vida es una respuesta a la muerte; desde Lucrecio, o bien desde Montaigne, hay que resignarse a los mil peligros que nos acechan, pues no todos pueden ser enfrentados. En su presentaci&#x00F3;n de las posibles estrategias, con entusiasmo se refiere a Lisl Goodman, quien cita a Simmel, que afirmaba que los buenos personajes de Shakespeare tienen una muerte interior, en los dem&#x00E1;s llega por fuerzas externas.  </p>
				
				<p>La inmortalidad podr&#x00ED;a consistir en conseguir algo que nos perdure, tal vez el hijo, el libro, el &#x00E1;rbol. Ser heroicos, dotados de esperanza de gloria, quiz&#x00E1; de amor…  </p>
				
				<p>Avergonzados por ese exhibicionismo natural, la mayor&#x00ED;a de nosotros tiende a sojuzgar su sentido del &#x00E9;xtasis, o de la grandeza, para inhibir nuestra locura particular y llamarla cordura, para vivir de inc&#x00F3;gnito nuestra propia vida, ocultando nuestro verdadero yo incluso de nosotros mismos (p. 119). </p>
				
				<p>Recuerda con cari&#x00F1;o el final de un amigo que quer&#x00ED;a antes de morir terminar una novela: si no, ser&#x00ED;a un fracasado. No val&#x00ED;a ni una obra de no ficci&#x00F3;n, ni siquiera una poes&#x00ED;a, eran formas distanciadas o incompletas, solo una novela servir&#x00ED;a para informar de qui&#x00E9;n hab&#x00ED;a sido. No termin&#x00F3;. «Era cualquier cosa menos un fracasado, porque el estilo es el hombre, y la literatura no lo es todo» (p. 124). </p>
				
				<p>Un relato antiguo sobre la enfermedad del padre, le hab&#x00ED;a servido ya para juzgar al enfermo, al m&#x00E9;dico, a la enfermera, a los hospitales, incluso la cistoscopia se convierte en objeto literario. Sus met&#x00E1;foras acuden al describir sus efectos, mostrando al padre como un doliente Prometeo, tambi&#x00E9;n como un gallo viejo destripado. No perdona que, ante el diagn&#x00F3;stico, el m&#x00E9;dico tan solo sepa calificar al enfermo como un buen hombre. Tampoco perdona a los hospitales, a los que no los admiten y al asilo de incurables en donde terminan. Pero sobre todo enjuicia sus propios sentimientos, ante el padre doliente, ante la muerte. La relaci&#x00F3;n del dolor con el deseo, entre la sexualidad y la mortalidad del hombre, es parte esencial de sus p&#x00E1;ginas. «El deseo es por s&#x00ED; mismo una especie de inmortalidad» (p. 24). El padre se queja de haber perdido las erecciones. «La mejor medicina para el enfermo es el deseo: el deseo de vivir, de estar con otros, de hacer cosas, de volver a su vida» (p. 95). Nos lleva as&#x00ED; a su relaci&#x00F3;n sexual con una eficiente enfermera. A lo largo de sus p&#x00E1;ginas, aparece una clara relaci&#x00F3;n entre la enfermedad y el binomio Eros y Th&#x00E1;natos. Recuerda entonces la tonta pregunta de un profesor a sus alumnos sobre el posible sentido de la vida, tal vez lo ha hallado ahora en la enfermedad. Sabe que la vida, el funcionamiento simple, es lo importante. La naturaleza nos ense&#x00F1;anza siempre. «La naturaleza es una tremenda correctora» (p. 27). </p>
				
				<p>Entiende as&#x00ED; la lucha con el dolor que ve en el padre, la conversi&#x00F3;n del cuerpo en lengua. «Vi&#x00E9;ndole, aprend&#x00ED; que las convulsiones de la muerte y la convulsi&#x00F3;n del amor se distinguen solo en que aquellas se experimentan en total y absoluta soledad» (pp. 151-152). Nos estremece con la descripci&#x00F3;n de los &#x00FA;ltimos d&#x00ED;as del padre, al acercarse a sus ojos, al abismo, al comprender la &#x00FA;ltima necesidad de adi&#x00F3;s. Nos vuelve a recordar «la inminencia del vac&#x00ED;o», su intento, el «anhelo por introducir orden en ese vac&#x00ED;o, por forzarlo a volverse finito mediante un arduo esfuerzo de mi voluntad» (p. 166). Tras la muerte del padre, al marcharse, resbala sobre la nieve, pero se mantiene en equilibrio, consigue un estilo... se mantuvo vivo hasta el final, confirma su viuda. El esfuerzo en busca del equilibrio sobre la nieve, el empe&#x00F1;o por lograr el estilo en la vida, se produce bajo la mirada de un demente nost&#x00E1;lgico, como solo estos pueden serlo. «El estilo era para Anatole una apuesta por la inmortalidad, era su defensa frente a las tinieblas. Tambi&#x00E9;n lo entend&#x00ED;a como la defensa de la sociedad frente al caos y la ausencia de forma» (p. 179). Afirmaba un amigo que el estilo era para Broyard una conexi&#x00F3;n con la eternidad, un sustituto de la religi&#x00F3;n, una manera de arrostrar la muerte. «Uno ha de seguir siendo quien es» (p. 94). </p>

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