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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">ASCLEPIO</journal-id>
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				<journal-title>ASCLEPIO. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Asclepio</abbrev-journal-title>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			 <article-id pub-id-type="publisher-id">asclepio.2013.15</article-id>
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			<subject>DOSSIER: 'MENTE, SUJETO E HISTORIA' / <em>DOSSIER: 'MIND, SELF AND HISTORY'</em></subject>
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			  <article-title>El ap&#x00F3;crifo, prototipo de una subjetividad en crisis</article-title>
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		<trans-title>The apocryphal: prototype of a subjectivity in crisis</trans-title>
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		<alt-title alt-title-type="running-head">El ap&#x00F3;crifo</alt-title>
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				 <surname>Oleza</surname>
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			  <aff id="U1">Universitat de València</aff>
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		<pub-date pub-type="collection">
		<year>2013</year>
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		<volume>65</volume>
		<issue>2</issue>
		
		<elocation-id content-type="doi">10.3989/asclepio.2013.15</elocation-id>

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				<day>17</day>
				<month>3</month>
				<year>2013</year>
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		<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial (by-nc) Spain 3.0.</license-p>
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		<title>RESUMEN</title>
		<p>En su introducci&#x00F3;n este trabajo pasa revista a la concepci&#x00F3;n del Sujeto que, con origen en la Antigüedad Cl&#x00E1;sica, se desarrolla en la cultura occidental hasta llegar a la Ilustraci&#x00F3;n y el Romanticismo, a&#x00F1;adiendo nuevos aspectos pero sin poner en cuesti&#x00F3;n su fundamento en un Sujeto substancial. La primera gran puesta en crisis de este fundamento, y de la herencia recibida, se manifiesta en el primer cuarto del siglo XX, tras la lectura y asimilaci&#x00F3;n de la obra de Marx, de Freud o de Nietzsche, que sientan las bases para la cr&#x00ED;tica del Sujeto. Una manifestaci&#x00F3;n de primer orden de la crisis que se deriva es la proliferaci&#x00F3;n de la escritura ap&#x00F3;crifa, que alcanza modelos alternativos en la obra de Fernando Pessoa y en la de Antonio Machado. Entre ambas se extiende el horizonte de referencia de la intensa y extensa colecci&#x00F3;n de ap&#x00F3;crifos de Max Aub. Este trabajo explora la significaci&#x00F3;n de sus ap&#x00F3;crifos fundamentales: Luis &#x00C1;lvarez Petre&#x00F1;a y Jusep Torres Campalans, y frente a ellos el caso lim&#x00ED;trofe de Luis Bu&#x00F1;uel, tratado por Max Aub como un ap&#x00F3;crifo de signo contrario.</p>
		</abstract>
		<trans-abstract xml:lang="en">
		<title>ABSTRACT</title>
		<p>The introduction of this paper reviews the concept of the subject, which originated in classical antiquity and developed in Western culture up to the Enlightenment and Romanticism with the addition of new aspects but without questioning its foundation as a substantial Subject. The first major crisis of this received view took place in the first quarter of the twentieth century after the assimilation of the works by Marx, Freud or Nietzsche, which laid the foundations of a thorough criticism on the subject. One important feature of this crisis was the proliferation of apocryphal writing, which reached new models in the works of Fernando Pessoa and Antonio Machado. Between them lies the scope of the intensive and extensive collection of Max Aub’s apocryphal writings. This paper explores the significance of his main apocryphal characters Luis &#x00C1;lvarez Torres Petre&#x00F1;a and Jusep Torres Campalans, as well as of the borderline case of Luis Bu&#x00F1;uel, which was handled by Max Aub as an apocryphal of opposite sign.</p>
		</trans-abstract>
		<kwd-group xml:lang="es">
			<title>PALABRAS CLAVE</title>
			<kwd>Sujeto</kwd>
			<kwd>crisis del Sujeto</kwd>
			<kwd>Ap&#x00F3;crifo</kwd>
			<kwd>Pessoa</kwd>
			<kwd>Machado</kwd>
			<kwd>Max Aub</kwd>
			<kwd>Luis &#x00C1;lvarez Petre&#x00F1;a</kwd>
			<kwd>Jusep Torres Campalans</kwd>
			<kwd>Luis Bu&#x00F1;uel</kwd>
		</kwd-group>
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			<title>KEYWORDS</title>
			<kwd>Subject</kwd>
			<kwd>Crisis of the subject</kwd>
			<kwd>Apocryphal</kwd>
			<kwd>Pessoa</kwd>
			<kwd>Machado</kwd>
			<kwd>Max Aub</kwd>
			<kwd>Luis &#x00C1;lvarez Petre&#x00F1;a</kwd>
			<kwd>Jusep Torres Campalans</kwd>
			<kwd>Luis Bu&#x00F1;uel</kwd>
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		<sec id="S1">
		<title>LA MODERNIDAD Y LA HERENCIA DE LA SUBJETIVIDAD CL&#x00C1;SICA </title>
		
		<p>Los or&#x00ED;genes de la Modernidad reciben como herencia del mundo cl&#x00E1;sico la confianza en un sujeto substancial. Recu&#x00E9;rdese la c&#x00E9;lebre definici&#x00F3;n de persona del <italic>Liber de persona et duobus naturis</italic> de Boecio: “La persona es una substancia individual de naturaleza racional”. Santo Tom&#x00E1;s, y con &#x00E9;l toda la escol&#x00E1;stica cristiana medieval, le a&#x00F1;adi&#x00F3; un aspecto nuevo, no menos fundamental, el de su capacidad de autodeterminaci&#x00F3;n: la persona es aquel tipo especial de substancia individual que es una substancia racional —hasta aqu&#x00ED; Boecio—, que posee el dominio de sus propios actos, y la facultad de actuar por s&#x00ED; misma (Ferrater Mora, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1965</xref>, p. 403). Pico della Mirandola y la filosof&#x00ED;a del primer Renacimiento, sin modificar esta concepci&#x00F3;n, acentuaron la capacidad del hombre de hacerse a s&#x00ED; mismo, como un «ser camale&#x00F3;nico», «de naturaleza multiforme y mudadiza», y ampliaron su territorio, le otorgaron un escenario a la vez central y dilatado, en el que pod&#x00ED;a desplegar toda su potencialidad:  </p>
		
		<p>As&#x00ED; pues, [el supremo Artesano] hizo del hombre la hechura de una forma indefinida, y, colocado en el centro del mundo, le habl&#x00F3; de esta manera: […] Ni celeste ni terrestre te hicimos, ni mortal ni inmortal, para que t&#x00FA; mismo, como modelador y escultor de ti mismo, m&#x00E1;s a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti. Podr&#x00E1;s degenerar a lo inferior, con los brutos; podr&#x00E1;s realzarte a la par de las cosas divinas, por tu misma decisi&#x00F3;n (Mirandola, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1984</xref>, p. 105).  </p>
		
		<p>En el siglo siguiente, y en el trayecto que media entre la &#x00E9;poca del Renacimiento europeo y la del Barroco, esta concepci&#x00F3;n del sujeto recibe una doble direcci&#x00F3;n de despliegue que conduce hasta el principio mismo de la Modernidad: con Montaigne el sujeto aparece asociado a la experiencia individual, con Descartes a la raz&#x00F3;n universal.  </p>
		
		<p>Esta apenas introducci&#x00F3;n deber&#x00ED;a servirme para calibrar la herencia de la que he hablado al principio: la de un sujeto de identidad individual y, por consiguiente, indivisible e irrepetible, que es adem&#x00E1;s de naturaleza racional, y que situado en el centro de la naturaleza puede decidir su destino en el espacio dilatado pero tambi&#x00E9;n limitado de lo inmanente<xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref>. Este sujeto es substancial y no dependiente de sus accidentes. Como escuchamos proclamar orgullosamente a los personajes del teatro cl&#x00E1;sico espa&#x00F1;ol, «Yo soy yo» (Anteo en <italic>El caballero bobo</italic>, de Guill&#x00E9;n de Castro), o «Yo soy el que soy» (<italic>Tragedia de los siete infantes de Lara</italic>, de Juan de la Cueva), o «Yo soy quien soy», como repiten una y otra vez los personajes de Lope y, sobre todo, de Calder&#x00F3;n (vgr. <italic>El m&#x00E9;dico de su honra</italic>, o <italic>A secreto agravio, secreta venganza</italic>, entre las m&#x00E1;s conocidas), con una seguridad y una firmeza que convirti&#x00F3; la frase en un lugar com&#x00FA;n de los corrales de comedias. </p>
		
		<p>Esta herencia ser&#x00E1; notablemente enriquecida ya a finales del XVIII por la obra de Rousseau, uno de los fundadores de la escritura del «yo» y el creador del g&#x00E9;nero literario que le proporcion&#x00F3; un m&#x00E1;s preciso cauce, la autobiograf&#x00ED;a. Como ser&#x00E1; enriquecida por el Romanticismo, que crea en buena medida las bases de la sensibilidad moderna, o por el Realismo y el Decadentismo-Modernismo, que incorporan prototipos fundamentales de la subjetividad moderna. Pero este enriquecimiento del campo de la subjetividad y esta constante renovaci&#x00F3;n de los prototipos de sujeto no ponen en cuesti&#x00F3;n la idea misma de sujeto que procede de la herencia cl&#x00E1;sica, aunque a veces, y en determinados momentos, se perciba la sombra de una amenaza incipiente, como en el caso del doble rom&#x00E1;ntico, o ya acuciante, en el del h&#x00E9;roe decadentista del Fin de Siglo. A fin de cuentas, y como enuncia Habermas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT12">1987</xref>), la Modernidad encuentra uno de sus principios determinantes en la Raz&#x00F3;n centrada por el Sujeto. </p>
		
		<p>La primera gran puesta en crisis de esa idea, y de la herencia recibida, se manifiesta a mi modo de ver en el primer cuarto del siglo XX, y encuentra una manifestaci&#x00F3;n de primer orden en la proliferaci&#x00F3;n de la escritura ap&#x00F3;crifa. A ella quiero dedicar, como expresi&#x00F3;n de una fase determinada de la historia de la subjetividad moderna, las l&#x00ED;neas que siguen. </p>
		
		</sec>
		
		<sec id="S2">
		<title>EL LADO AP&#x00D3;CRIFO DE LA MODERNIDAD </title>
		
		<p>Aunque la Modernidad se sustenta sobre valores como la originalidad y la autenticidad, conoce tambi&#x00E9;n toda una contrapartida de falsificaciones y suplantaciones que vienen a constituir su lado ap&#x00F3;crifo, una especie de continente sumergido y, en buena medida, represaliado, en el que se entremezclan falsificaciones literarias (Macpherson, Adolfo de Castro, Romain Gary, etc.) y art&#x00ED;sticas (Hans Van Meegeren, Elmyr de Hory, etc.), con otras, las m&#x00E1;s, que son expresi&#x00F3;n de patolog&#x00ED;as ps&#x00ED;quicas o, bien al contrario, estrategias conscientes para poner a prueba principios literarios tan arraigados como la frontera entre realidad y ficci&#x00F3;n, o entre historia y novela, o valores como el de autoridad textual. Si bien los antecedentes son m&#x00FA;ltiples<xref ref-type="fn" rid="NOTE02">2</xref>, el punto de referencia inicial, en la literatura europea moderna, hay que situarlo en 1760, cuando un joven escoc&#x00E9;s, de nombre James Macpherson, dotado de ciertos conocimientos de la poes&#x00ED;a ga&#x00E9;lica antigua que todav&#x00ED;a se difund&#x00ED;a oralmente en su natal Invernesshire, public&#x00F3; unos <italic>Fragments of Ancient Poetry Collected in the Highlands of Scotland, and Translated from the Gallic or Erse Language. </italic>Era el primer aldabonazo. Despu&#x00E9;s aparecieron dos poemas &#x00E9;picos <italic>Fingal </italic>(1761) y <italic>Temora </italic>(1763), obra de un legendario guerrero y bardo ga&#x00E9;lico, llamado Ossian, que se supon&#x00ED;a haber vivido nada menos que en el siglo III antes de Cristo. Cinco a&#x00F1;os m&#x00E1;s tarde se publicaban los dos vol&#x00FA;menes de <italic>The Works of Ossian</italic>. En Europa fueron toda una revelaci&#x00F3;n, y tambi&#x00E9;n la se&#x00F1;al auroral que una &#x00E9;poca ya pre&#x00F1;ada de romanticismo estaba esperando. Goethe hizo que Werther y Carlota llorasen con las baladas de Ossian. </p>
		
		<p>El caso de Ossian se extendi&#x00F3; por Europa, y Espa&#x00F1;a no fue una excepci&#x00F3;n. Ya en 1787, el padre Isla, al adaptar al castellano la novela francesa <italic>Gil Blas de Santillana</italic>, acusaba a su autor Monsieur Le Sage de falsificaci&#x00F3;n, por haber usurpado un manuscrito en espa&#x00F1;ol convirti&#x00E9;ndolo en novela propia en franc&#x00E9;s, y lo remediaba sac&#x00E1;ndose de la pluma las <italic>Aventuras de Gil Blas de Santillana, robadas a Espa&#x00F1;a, adoptadas en Francia por Monsieur le Sage, restituidas a su Patria y a su Lengua nativa, por un espa&#x00F1;ol zeloso que no sufre que se burlen de su naci&#x00F3;n. </italic>Por su parte, hacia 1800, Jos&#x00E9; Marchena, editaba un fragmento perdido del <italic>Satiric&#x00F3;n</italic> de Petronio (<italic>Fragmentum Petronii</italic>), descubierto seg&#x00FA;n &#x00E9;l en un c&#x00F3;dice del monasterio de Saint Gall, y Leandro Fern&#x00E1;ndez de Morat&#x00ED;n, hacia 1815, trabajaba en crear un <italic>Guzm&#x00E1;n de Alfarache </italic>suyo, acorde con los gustos del XVIII y que pretend&#x00ED;a hacer pasar por una versi&#x00F3;n de la novela realizada por el propio Mateo Alem&#x00E1;n y hasta entonces desconocida (&#x00C1;lvarez Barrientos, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2009</xref>, pp. 822-825); por su parte, el erudito Adolfo de Castro escrib&#x00ED;a a nombre de Cervantes una <italic>Ep&#x00ED;stola a Mateo V&#x00E1;zquez </italic>o un op&#x00FA;sculo in&#x00E9;dito, <italic>El Buscapi&#x00E9; </italic>(1848), supuestamente escrito por Miguel de Cervantes en defensa de la primera parte del <italic>Quijote</italic>. En Francia, Prosper Merim&#x00E9;e, veinte a&#x00F1;os antes de <italic>Carmen</italic>, se sacaba de la faltriquera a toda una dramaturga espa&#x00F1;ola del siglo XVII, Clara Gazul, de sangre morisca «et arrière petite fille du tendre Maure Gazul, si fameux dans les vieilles romances espagnoles», cuyas obras publicaba en franc&#x00E9;s bajo el t&#x00ED;tulo de <italic>Th&#x00E9;âtre de Clara Gazul </italic>(1825), precedidas de un retrato de la dramaturga por &#x00C9;tienne-Jean Del&#x00E9;cluze.  </p>
		
		<p>Pero, a finales del siglo XIX y principios del XX, la invenci&#x00F3;n de un ap&#x00F3;crifo (es el concepto que utiliza Machado) o heter&#x00F3;nimo (el que utiliza Pessoa) se convierte en juego literario y proliferan artistas-escritores imaginarios que se presentan, en buena medida, como m&#x00E1;scaras, como <italic>alter ego</italic> o doble de su autor, sin que el verdadero autor ponga demasiada insistencia en su existencia real e independiente: es el Ador&#x00E9; Floupette con quien Henri Beauclair y Gabriel Vicaire parodiaron a los decadentistas, el Monsieur Teste de Paul Val&#x00E9;ry, el Malte Laurids Brigge de Rainer Mar&#x00ED;a von Rilke, el A.O. Barnabooth de Val&#x00E9;ry Larbaud, el Andr&#x00E9; Walter de Andr&#x00E9; Gide, el supuesto poeta desconocido, Rafael, de las rimas de <italic>Teresa</italic> de Unamuno, el Azor&#x00ED;n de Jos&#x00E9; Mart&#x00ED;nez Ruiz, el Sigüenza de Gabriel Mir&#x00F3;, el Octavi de Romeu de Eugeni d’Ors, etc. Espec&#x00ED;menes de un cambio profundo en el desempe&#x00F1;o de la subjetividad moderna, todas estas m&#x00E1;scaras son m&#x00E1;s bien personajes literarios que mantienen una relaci&#x00F3;n de dependencia tan ambigua como sutilmente variada con sus autores, a veces, incluso, de interdependencia, como en el caso de Azor&#x00ED;n, en el que el personaje creado en 1902 acaba superponi&#x00E9;ndose al autor, Jos&#x00E9; Mart&#x00ED;nez Ruiz, nacido en 1873, y engull&#x00E9;ndose su nombre para poder encarnar su figura. Ninguno de ellos, quiz&#x00E1;s con la excepci&#x00F3;n del poeta y <italic>riche amateur</italic>, Archibald Olson Barnabooth, tiene no obstante voluntad expresa de independencia de su autor. Para llegar al ap&#x00F3;crifo emancipado y con obra propia hay que llegar a Antonio Machado y a Fernando Pessoa, dos de los arc&#x00E1;ngeles mensajeros de <italic>Luis &#x00C1;lvarez Petre&#x00F1;a</italic> y <italic>Jusep Torres Campalans</italic>. Uno y otro nos ofrecen aspectos fascinantes, aunque alternativos, como he estudiado en otro lugar (Oleza, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">2003</xref>), de la condici&#x00F3;n de ap&#x00F3;crifo. </p>
		
		<p>En el caso de Pessoa nos encontramos con el escritor occidental contempor&#x00E1;neo que m&#x00E1;s radicalmente experimenta el estallido del yo substancial, racional e individual que nos hab&#x00ED;a legado el Renacimiento. La experiencia personal que se traduce en su obra oscila desde la negaci&#x00F3;n de s&#x00ED; mismo a la afirmaci&#x00F3;n de una pluralizada otredad («Sou variamente outro do que um eu que não sei se existe»), desde el sentimiento de mutilaci&#x00F3;n («Soy un fragmento de m&#x00ED; conservado en un museo abandonado» (Pessoa, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1984</xref>, p. 9)), hasta la disgregaci&#x00F3;n en m&#x00FA;ltiples yos («Sinto-me m&#x00FA;ltiplo. Sou como um quarto com in&#x00FA;meros espelhos fant&#x00E1;sticos que torcem para reflexões falsas uma &#x00FA;nica anterior realidade que não est&#x00E1; em nenhuma e est&#x00E1; em todas» (citado por Carre&#x00F1;o, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">1981</xref>, p. 104), pasando una y otra vez por esos momentos agudos de percepci&#x00F3;n de lo que &#x00E9;l llam&#x00F3; «estado actual de no-ser» (Pessoa, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1984</xref>, p. 9). </p>
		
		<p>Un estallido tan radical de la subjetividad solo podr&#x00ED;a traducirse en una escritura diseminada, escindida en fragmentos, dispersa en modalidades, g&#x00E9;neros, posiciones textuales, puntos de vista, autores diversos, heter&#x00F3;nimos en suma. La aprehensi&#x00F3;n del mundo pierde su perspectiva, y con ella su orden jer&#x00E1;rquico y unitario. Hay un texto impresionante, titulado “Aspectos”, que como la mayor&#x00ED;a de los suyos, permaneci&#x00F3; manuscrito y amontonado en un ba&#x00FA;l hasta despu&#x00E9;s de su muerte, y que ofrezco en traducci&#x00F3;n de &#x00C1;ngel Crespo, en el que Pessoa explica lo inevitable de sus heter&#x00F3;nimos:  </p>
		
		<p>A cada personalidad m&#x00E1;s dilatada que el autor de estos libros ha conseguido vivir dentro de s&#x00ED;, le ha concedido una &#x00ED;ndole expresiva, y ha hecho de esa personalidad un autor con un libro, o libros, con las ideas, las emociones, y el arte de los cuales &#x00E9;l, el autor real (o por ventura aparente, porque no sabemos lo que es la realidad), nada tiene [que ver], salvo el haber sido, al escribirlas, el m&#x00E9;dium de unas figuras que &#x00E9;l mismo ha creado. […] El autor humano de estos libros no conoce en s&#x00ED; mismo personalidad ninguna. Cuando acaso siente una personalidad emerger dentro de s&#x00ED;, pronto ve que es un ente diferente del que &#x00E9;l es, aunque parecido; hijo mental, quiz&#x00E1;s, y con cualidades heredadas, pero (con) las diferencias de ser otro (Pessoa, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1984</xref>, p. 10). </p>
		
		<p>El per&#x00ED;odo de incubaci&#x00F3;n de los heter&#x00F3;nimos, al menos de los tres principales, Alberto Caeiro, &#x00C1;lvaro de Campos y Ricardo Reis, es el que se extiende entre 1912 y 1914, pero alrededor de ellos brot&#x00F3; toda una caterva de heter&#x00F3;nimos menores, haciendo aflorar ese <italic>drama em gente</italic>, esa representaci&#x00F3;n dram&#x00E1;tica dividida en personajes y no en actos o jornadas, esa ficci&#x00F3;n multipolar que dio nacimiento a toda una consigna: <italic>fingir &#x00E9; conhecer-</italic>se. </p>
		
		<p>Los primeros ap&#x00F3;crifos de Machado saltaron a la luz tard&#x00ED;amente, pues permanec&#x00ED;an in&#x00E9;ditos en un cuaderno de <italic>Apuntes</italic> que Guillermo de Torre rebautiz&#x00F3; como <italic>Los complementarios</italic> al publicarlo parcialmente en 1957. En este cuaderno, y bajo el t&#x00ED;tulo de <italic>Cancionero ap&#x00F3;crifo</italic>, aparec&#x00ED;a una curiosa antolog&#x00ED;a de <italic>Doce poetas que pudieron existir </italic>—aunque en realidad eran catorce—, compuesta hacia 1923, diez a&#x00F1;os largos despu&#x00E9;s del nacimiento de los heter&#x00F3;nimos de Pessoa. Se trata de poetas supuestamente nacidos a lo largo de todo el siglo XIX, desde 1812 hasta 1899, por lo que alguno de ellos no estaba muerto todav&#x00ED;a en el momento de ser inventado. Posiblemente el m&#x00E1;s singular de los catorce es el que lleva el n&#x00FA;mero 5. Su escueta nota biogr&#x00E1;fica dice: «Antonio Machado. Naci&#x00F3; en Sevilla en 1895. Fue profesor en Soria, Baeza, Segovia y Teruel. Muri&#x00F3; en Huesca en fecha no precisada. Algunos lo han confundido con el c&#x00E9;lebre poeta del mismo nombre, autor de <italic>Soledades, Campos de Castilla, </italic>etc&#x00E9;tera». Poco despu&#x00E9;s, en la <italic>Revista de Occidente </italic>(1926) y en la segunda edici&#x00F3;n de sus <italic>Poes&#x00ED;as Completas</italic> (1928), Machado public&#x00F3; sendos textos correspondientes a dos nuevos ap&#x00F3;crifos: el primero era un poeta y fil&#x00F3;sofo del siglo XIX llamado Abel Mart&#x00ED;n, y el segundo un disc&#x00ED;pulo suyo, Juan de Mairena, un guas&#x00F3;n «poeta, fil&#x00F3;sofo, ret&#x00F3;rico e inventor de una m&#x00E1;quina de cantar». El &#x00FA;ltimo es embri&#x00F3;n de una progenie de textos que no cesar&#x00E1; de crecer hasta la muerte del poeta, una parte de los cuales agrup&#x00F3; en el libro <italic>Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor ap&#x00F3;crifo </italic>(1936). </p>
		
		<p>Los personajes ap&#x00F3;crifos de Machado van surgiendo a medida que va creciendo su discrepancia con los j&#x00F3;venes poetas del 27, fascinados por Juan Ram&#x00F3;n, por el conceptismo gongorino y por los juegos de las primeras vanguardias deshumanizadas. Machado se lo explica a Ernesto Jim&#x00E9;nez Caballero en un texto fundamental: </p>
		
		<p>Entre manos tengo mi tercer poeta ap&#x00F3;crifo: Pedro de Z&#x00FA;&#x00F1;iga, poeta actual nacido en 1900. Acaso encuentre en la ideolog&#x00ED;a de este poeta motivos de simpat&#x00ED;a. Abel Mart&#x00ED;n y Juan de Mairena son dos poetas del siglo XIX que no existieron, pero que debieron existir, y hubieran existido si la l&#x00ED;rica espa&#x00F1;ola hubiera vivido su tiempo. Como nuestra misi&#x00F3;n es hacer posible el surgimiento de un nuevo poeta, hemos de crearle una tradici&#x00F3;n de donde arranque y &#x00E9;l pueda continuar. Adem&#x00E1;s, esa nueva objetividad a que hoy se endereza el arte, y que yo persigo hace veinte a&#x00F1;os, no puede consistir en la l&#x00ED;rica —ahora lo veo muy claro— sino en la creaci&#x00F3;n de nuevos poetas —no nuevas poes&#x00ED;as—, que canten por s&#x00ED; mismos (Machado, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">1928a</xref>, p. 1). </p>
		
		<p>Afloran as&#x00ED;, n&#x00ED;tidamente, los fundamentos de los ap&#x00F3;crifos machadianos: se trata de crear a lo largo del siglo XIX una tradici&#x00F3;n de poetas que no existi&#x00F3; en Espa&#x00F1;a, que sea capaz de engendrar a los nuevos poetas que todav&#x00ED;a no existen, pero que deber&#x00ED;an comparecer para encarnar una poes&#x00ED;a basada en una «nueva objetividad», alternativa a la de los j&#x00F3;venes vanguardistas y neogongorinos. Tres a&#x00F1;os m&#x00E1;s tarde de esta carta, Machado ha profundizado sus ideas y env&#x00ED;a a Gerardo Diego un «Arte po&#x00E9;tica» que acompa&#x00F1;e sus poemas en la c&#x00E9;lebre antolog&#x00ED;a de 1931, <italic>Poes&#x00ED;a espa&#x00F1;ola contempor&#x00E1;nea, </italic>con la que el grupo de poetas del 27 trataba de establecer su canon po&#x00E9;tico del siglo XX. La humorada inicial, la de <italic>Los complementarios</italic>, en pocos a&#x00F1;os adquiere as&#x00ED; una fascinante tarea estrat&#x00E9;gica: se trata ahora de desafiar a la poes&#x00ED;a espa&#x00F1;ola (e incluso a la occidental), a la que responsabiliza de haber conducido al callej&#x00F3;n sin salida de una poes&#x00ED;a deshumanizada, autoexcluida del tiempo y de la historia, ensimismada y solipsista. A la altura de 1930, el cincuent&#x00F3;n Machado reta a un combate de antolog&#x00ED;as a <italic>la infame turba</italic> de poetas contempor&#x00E1;neos, y convoca en su apoyo a una hueste de poetas y fil&#x00F3;sofos fantasmales. Ninguno tan radical en sus planteamientos como Jorge Meneses, ap&#x00F3;crifo del ap&#x00F3;crifo Juan de Mairena, un ap&#x00F3;crifo al cuadrado, a quien escuchamos en di&#x00E1;logo con su maestro e inventor: </p>
		
		<p><italic>Meneses —</italic>Pronto el poeta no tendr&#x00E1; m&#x00E1;s recurso que enfundar su lira y dedicarse a otra cosa. </p>
		
		<p><italic>Mairena —</italic>¿Piensa usted?... </p>
		
		<p><italic>Meneses —</italic>Me refiero al poeta l&#x00ED;rico. El sentimiento individual, mejor dir&#x00E9;: el polo individual del sentimiento, que est&#x00E1; en el coraz&#x00F3;n de cada hombre, empieza a no interesar, y cada d&#x00ED;a interesar&#x00E1; menos. La l&#x00ED;rica moderna, desde el declive rom&#x00E1;ntico hasta nuestros d&#x00ED;as (los del simbolismo), es acaso un lujo, un tanto abusivo, del hombre manchesteriano, del individualismo burgu&#x00E9;s, basado en la propiedad privada. El poeta exhibe su coraz&#x00F3;n con la jactancia del burgu&#x00E9;s enriquecido que ostenta sus palacios, sus coches, sus caballos, y sus queridas. El coraz&#x00F3;n del poeta, tan rico en sonoridades, es casi un insulto a la afon&#x00ED;a cordial de la masa, esclavizada por el trabajo mec&#x00E1;nico. La poes&#x00ED;a l&#x00ED;rica se engendra siempre en la zona central de nuestra <italic>psique</italic>, que es la del sentimiento; no hay l&#x00ED;rica que no sea sentimental. Pero el sentimiento ha de tener tanto de individual como de gen&#x00E9;rico, porque aunque no existe un coraz&#x00F3;n en general, que sienta por todos, sino que cada hombre lleva el suyo y siente con &#x00E9;l, todo sentimiento se orienta hacia valores universales, o que pretenden serlo. Cuando el sentimiento acorta su radio y no trasciende del yo aislado, acotado, vedado al pr&#x00F3;jimo, acaba por empobrecerse, y, al fin, canta de falsete. Tal es el sentimiento burgu&#x00E9;s, que a m&#x00ED; me parece fracasado; tal es el fin de la sentimentalidad rom&#x00E1;ntica. [...] Un coraz&#x00F3;n solitario —ha dicho no s&#x00E9; qui&#x00E9;n, acaso Pero Grullo— no es un coraz&#x00F3;n; porque nadie siente si no es capaz de sentir con otro, con otros... ¿por qu&#x00E9; no con todos?  </p>
		
		<p><italic>Mairena —</italic>¡Con todos! ¡Cuidado, Meneses! </p>
		
		<p><italic>Meneses —</italic>S&#x00ED;, comprendo. Usted, como buen burgu&#x00E9;s, tiene la superstici&#x00F3;n de lo selecto, que es la m&#x00E1;s plebeya de todas. Es usted un cursi. </p>
		
		<p><italic>Mairena —</italic>Gracias. </p>
		
		<p><italic>Meneses —</italic>Le parece a usted que sentir con todos es convertirse en multitud, en masa an&#x00F3;nima. Es precisamente lo contrario. Pero no divaguemos. Hay una crisis sentimental que afectar&#x00E1; a la l&#x00ED;rica, y cuyas causas son muy complejas. [...] Una nueva poes&#x00ED;a supone una nueva sentimentalidad, y esta, a su vez, nuevos valores (Machado, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1928b</xref>, pp. 261-263). </p>
		
		</sec>
		
		
		
		<sec id="S3">
		<title>UN TRIPLE ASALTO A LA IDEA DE SUJETO </title>
		
		<p>La proliferaci&#x00F3;n de toda una escritura ap&#x00F3;crifa en el primer cuarto del siglo XX, supone un aut&#x00E9;ntico asalto a la idea de sujeto recibida de la herencia cl&#x00E1;sica y desarrollada por la Modernidad. Un asalto que se efect&#x00FA;a, a mi modo de ver, desde, al menos, tres v&#x00ED;as principales: el vitalismo e irracionalismo nietzscheanos, de un lado, el marxismo, de otro, y el psicoan&#x00E1;lisis de un tercero. </p>
		
		<p>Sobre el marxismo apenas cabe insistir. Ya desde mediados del siglo XIX Marx desplaz&#x00F3; el eje de la historia y de la filosof&#x00ED;a desde el individuo a las formaciones y las clases sociales, a las fuerzas y a las relaciones de producci&#x00F3;n. Si el joven Marx est&#x00E1; dominado todav&#x00ED;a por el humanismo racionalista liberal, m&#x00E1;s cercano a Kant y a Fichte que a Hegel, su segunda etapa (1842-45) la elabora bajo la influencia de otra forma de humanismo, el humanismo «comunitario» de Feuerbach, pero a partir de 1845, como escribi&#x00F3; L. Althusser (<xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1965</xref>) en un ensayo c&#x00E9;lebre, Marx rompi&#x00F3; radicalmente con toda teor&#x00ED;a que fundara la historia y la pol&#x00ED;tica en una supuesta esencia universal del hombre, cuyo sujeto real fuera el individuo considerado aisladamente. Esta ruptura comportaba tres aspectos indisociables: la formaci&#x00F3;n de una teor&#x00ED;a de la historia y de la pol&#x00ED;tica fundada en conceptos innovadores; la cr&#x00ED;tica radical de las pretensiones te&#x00F3;ricas de todo humanismo filos&#x00F3;fico; y la consiguiente definici&#x00F3;n del humanismo como ideolog&#x00ED;a. Fuese o no exacta hist&#x00F3;ricamente y en toda su extensi&#x00F3;n la tesis de Althusser seg&#x00FA;n la cual «el marxismo no es un humanismo», lo cierto es que de Marx a Althusser y de Luk&#x00E1;cs a Bajt&#x00ED;n o Goldmann, esto es, a lo largo y lo ancho de la filosof&#x00ED;a, la sociolog&#x00ED;a y la est&#x00E9;tica de influencia marxista, el sujeto y el estilo individuales pasaron a ser concebidos en funci&#x00F3;n de instancias sociol&#x00F3;gicas e ideol&#x00F3;gicas que los trascend&#x00ED;an. El sujeto personal de la herencia cl&#x00E1;sica dejaba su lugar de privilegio a un nuevo sujeto determinado colectivamente. </p>
		
		<p>La segunda de las v&#x00ED;as, el irracionalismo nietzscheano, ven&#x00ED;a a culminar toda una tradici&#x00F3;n de pensamiento alternativo, que se engendr&#x00F3; y desarroll&#x00F3; en la oposici&#x00F3;n —casi en la clandestinidad— a la gran filosof&#x00ED;a burguesa y racionalista del siglo XIX, y cuyo antecedente m&#x00E1;s ilustre lo constituye la obra de Schopenhauer. Este sent&#x00F3; algunos de los presupuestos b&#x00E1;sicos de la crisis del sujeto. Lo hizo al privilegiar el conocimiento pr&#x00E1;ctico, intuitivo, sobre el conocimiento de las representaciones, vinculadas a la actividad racional del sujeto; al concebir al individuo como la objetivaci&#x00F3;n de la voluntad de vivir y sometido a sus impulsos; al establecer que la voluntad de vivir de cada individuo no es sino emanaci&#x00F3;n de una voluntad universal, sin objeto ni fin alguno m&#x00E1;s all&#x00E1; de s&#x00ED; misma, empe&#x00F1;o inexorable en que todos participamos, del que surgimos como ef&#x00ED;meras an&#x00E9;cdotas, al que regresamos despojados de nuestra individualidad. Schopenhauer inici&#x00F3; esa gran negaci&#x00F3;n del sentido que caracteriz&#x00F3; a toda una manera de pensar la Modernidad, al deducir de la falta de finalidad de la voluntad, de su condici&#x00F3;n de esfuerzo ciego e infinito, la falta de sentido &#x00FA;ltimo de la vida, o al denunciar la carnicer&#x00ED;a que, en &#x00FA;ltima instancia, parece el resultado m&#x00E1;s reiterado de la historia humana. </p>
		
		<p>A finales de siglo, Nietzsche sustituy&#x00F3; la voluntad de vivir por la voluntad de poder, pero mantuvo la misma concepci&#x00F3;n de un sujeto cuya raz&#x00F3;n desconoce o enmascara los verdaderos impulsos que trabajan dentro de &#x00E9;l y a veces contra &#x00E9;l, y analiz&#x00F3; la historia humana como la m&#x00E1;s violenta refutaci&#x00F3;n pr&#x00E1;ctica de los sistemas morales que practica en teor&#x00ED;a: «El que conoce camina entre los hombres como entre animales», declara Zaratustra, «mas, para el que conoce, el hombre mismo se llama: el animal que tiene las mejillas rojas», y exclama: «Vergüenza, vergüenza, vergüenza —¡esa es la historia del hombre!» (Nietzsche, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1975</xref>, p. 135). Pero el hombre de Nietzsche, el sujeto de esta historia de vergüenza, es un ser al que desde la ni&#x00F1;ez se le impone una educaci&#x00F3;n opresora que acabar&#x00E1; proporcion&#x00E1;ndole una moral de esclavo y convirti&#x00E9;ndolo en un lisiado, en un fragmento de hombre: «¡En verdad amigos m&#x00ED;os, yo camino entre los hombres como entre fragmentos y miembros de hombres!», dice Zaratustra a sus disc&#x00ED;pulos (Nietzsche, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1975</xref>, p. 204). </p>
		
		<p>La idea misma del hombre como sujeto de una raz&#x00F3;n con la que se regula a s&#x00ED; mismo y regula tambi&#x00E9;n la naturaleza resulta para Nietzsche una pura ficci&#x00F3;n: el conocimiento mismo est&#x00E1; motivado por la voluntad de poder, expresa el deseo de dominar una cierta zona de la realidad para ponerla al servicio de esa voluntad. La voluntad de saber es en realidad voluntad de poder y el objetivo del conocimiento no es saber por saber sino saber para controlar. La realidad es un devenir, un fluir informe; somos nosotros quienes la transformamos en ser, imponi&#x00E9;ndole normas, f&#x00F3;rmulas, esquemas, orden, forma; y lo hacemos para poder dominarla, gobernarla, controlarla. Exactamente igual hacemos con nosotros mismos: el concepto del yo, del s&#x00ED;-mismo, es la ficci&#x00F3;n que imponemos a nuestro devenir, los l&#x00ED;mites con que lo encauzamos para poder enfrentarnos a la vida; a fin de cuentas los seres que no ven correctamente tienen ventajas respecto a los que ven que todo fluye; el hombre que mira en un solo sentido, y siempre hacia adelante, avanza m&#x00E1;s deprisa que aquel que dispersa, con curiosidad, su mirada. </p>
		
		<p>La concepci&#x00F3;n que Nietzsche tiene del sujeto no se limita a la supeditaci&#x00F3;n de su raz&#x00F3;n a su voluntad de poder, ni a su condici&#x00F3;n de lisiado por la educaci&#x00F3;n y la cultura, ni a la fijaci&#x00F3;n del devenir de su vida en una m&#x00E1;scara social; tambi&#x00E9;n se expresa en la imagen del tr&#x00E1;nsito y del ocaso. «Oh hermanos m&#x00ED;os —dice Zaratustra— lo que yo puedo amar en el hombre es que es un tr&#x00E1;nsito y un ocaso» (Nietzsche, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1975</xref>, p. 383). En su estado actual «el hombre es algo que debe ser superado» (Nietzsche, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1975</xref>, p. 81), superado en direcci&#x00F3;n al hombre superior, y desde este superado hasta alcanzar la condici&#x00F3;n de superhombre. Nietzsche propone por consiguiente un nuevo egocentrismo, una nueva subjetividad, la del superhombre, pero este solo podr&#x00E1; nacer de los escombros del sujeto lisiado y esclavo de la civilizaci&#x00F3;n occidental. </p>
		
		<p>En cuanto al psicoan&#x00E1;lisis, he aqu&#x00ED; las palabras con las que Freud hac&#x00ED;a balance en 1930 de sus efectos sobre la imagen idealista del yo:  </p>
		
		<p>En condiciones normales nada nos parece tan seguro y establecido como la sensaci&#x00F3;n de nuestra mismidad, de nuestro propio <italic>yo</italic>. Este <italic>yo </italic>se nos presenta como algo independiente, unitario, bien demarcado frente a todo lo dem&#x00E1;s. Solo la investigaci&#x00F3;n psicoanal&#x00ED;tica [...] nos ha ense&#x00F1;ado que esa apariencia es enga&#x00F1;osa; que, por el contrario, el <italic>yo </italic>se contin&#x00FA;a hacia adentro, sin l&#x00ED;mites precisos, con una entidad ps&#x00ED;quica inconsciente que llamamos <italic>ello </italic>y a la cual viene a servir como de fachada. [Asimismo] la patolog&#x00ED;a nos presenta un gran n&#x00FA;mero de estados en los que se torna incierta la demarcaci&#x00F3;n del <italic>yo </italic>frente al mundo exterior, o donde los l&#x00ED;mites llegan a ser confundidos [...] de modo que tambi&#x00E9;n el sentimiento yoico est&#x00E1; sujeto a trastornos, y los l&#x00ED;mites del <italic>yo </italic>con el mundo exterior no son inmutables (Freud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">1970</xref>, pp. 9-10). </p><p>Por otra parte, el mismo<italic> </italic>«yo»<italic> </italic>es el producto de un proceso de diferenciaci&#x00F3;n y atrofia: </p>
		
		<p>originalmente el <italic>yo </italic>lo incluye todo; luego, desprende de s&#x00ED; un mundo exterior. Nuestro actual sentido yoico no es, por consiguiente, m&#x00E1;s que el residuo atrofiado de un sentimiento m&#x00E1;s amplio [...] que correspond&#x00ED;a a una comuni&#x00F3;n m&#x00E1;s &#x00ED;ntima entre el <italic>yo </italic>y el mundo circundante (Freud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">1970</xref>, p. 11). </p>
		
		<p>El sujeto fue analizado por el psicoan&#x00E1;lisis a la manera de la estructura del &#x00E1;tomo por la f&#x00ED;sica, mucho m&#x00E1;s como un juego de atracciones y repulsiones, de instintos y de represiones, procedentes de fuentes individuales o transindividuales de signo contrapuesto que como un esquema unificado de personalidad. «El <italic>Ego</italic>, ese residuo del sujeto filos&#x00F3;fico, es un d&#x00E9;bil mediador entre las demandas del <italic>Id </italic>y las amenazas del <italic>Superego</italic>», a decir de Albrecht Wellmer (<xref ref-type="bibr" rid="CIT21">1988</xref>, p. 117), quien a&#x00F1;ade:  </p>
		
		<p>El sujeto descentrado del psicoan&#x00E1;lisis es, en otras palabras, un punto de encuentro de fuerzas ps&#x00ED;quicas y sociales m&#x00E1;s bien que se&#x00F1;or de ellas, el escenario de una cadena de conflictos, m&#x00E1;s que el autor de un drama o el autor de una historia (Wellmer, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">1988</xref>, p. 117). </p>
		
		<p>La imagen del individuo emanada del psicoan&#x00E1;lisis freudiano era una imagen pol&#x00E9;mica, de enfrentamiento permanente con ese «ello»<italic> </italic>que, a manera de continente sumergido y en estado de permanente actividad, proced&#x00ED;a como un enemigo interno contra el que el propio sistema defensivo desplegaba toda una estrategia que Freud bautiz&#x00F3; como «represi&#x00F3;n»<italic> </italic>: «Su esencia consiste exclusivamente —dice de ella— en rechazar y mantener alejados de lo consciente a determinados elementos», los impulsos instintivos (Freud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">1970</xref>, p. 156). «Se trata del descubrimiento del <italic>otro </italic>de la raz&#x00F3;n dentro del sujeto y de su raz&#x00F3;n», escribe Wellmer, y a&#x00F1;ade: «el descubrimiento de Freud (o de Nietzsche) consisti&#x00F3; en buena medida en que el deseo (o la voluntad de poder) estaba siempre presente como fuerza no racional <italic>dentro </italic>de la argumentaci&#x00F3;n racional y de la convivencia moral» (Wellmer, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">1988</xref>, pp. 117-118). </p>
		
		<p>Nietzsche y Freud converg&#x00ED;an en lo que Arnold Hauser caracteriz&#x00F3; magistralmente como «psicolog&#x00ED;a del desvelamiento». Tanto uno como otro parten de la tesis de que la vida manifiesta de la mente, esto es, lo que los hombres conocen y pretenden conocer sobre las razones de su conducta, es solamente el disfraz y la deformaci&#x00F3;n de los verdaderos motivos de sus sentimientos y acciones. Para Nietzsche estos motivos se engendran en la voluntad de poder, para Freud en el inconsciente. Pero pensaran lo que quisieran Nietzsche y Freud de Marx, cuando ellos estaban desarrollando sus doctrinas segu&#x00ED;an en sus desvelaciones la misma t&#x00E9;cnica de an&#x00E1;lisis que se hab&#x00ED;a puesto en uso con el materialismo hist&#x00F3;rico. Tambi&#x00E9;n Marx asegura que la conciencia de los hombres est&#x00E1; desfigurada y corrompida, y que estos ven el mundo desde una perspectiva falsa, la de la ideolog&#x00ED;a o «falsa conciencia», determinada a su vez, y en &#x00FA;ltima instancia, por su posici&#x00F3;n en las relaciones de producci&#x00F3;n. </p>
		
		<p>El principio fundamental de la nueva t&#x00E9;cnica de an&#x00E1;lisis fue la sospecha de que detr&#x00E1;s de todo el mundo manifiesto hay uno latente, detr&#x00E1;s de todo lo consciente, un subconsciente, y detr&#x00E1;s de todo lo unitario en apariencia, una contradicci&#x00F3;n. [...] Ellos descubrieron, cada uno a su modo, que la autodeterminaci&#x00F3;n de la mente era una ficci&#x00F3;n y que nosotros somos esclavos de una fuerza que trabaja en nosotros y con frecuencia contra nosotros (Hauser, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">1964</xref>, Vol. II, pp. 455-456). </p>
		
		</sec>
		
		
		<sec id="S4">
		<title>MAX AUB Y LA ESCRITURA AP&#x00D3;CRIFA </title>
		
		<p>Aunque la primera salida de un ap&#x00F3;crifo maxaubiano data de 1932-1934, apenas cuatro a&#x00F1;os despu&#x00E9;s de ver la luz Juan de Mairena, el per&#x00ED;odo de m&#x00E1;xima productividad de su escritura ap&#x00F3;crifa es el que transcurre en plena madurez, durante los &#x00FA;ltimos 25 a&#x00F1;os de su vida: en 1958 publica <italic>Jusep Torres Campalans</italic>, en 1963 la <italic>Antolog&#x00ED;a traducida</italic>, en 1964 el <italic>Juego de cartas</italic>, en 1965 la segunda versi&#x00F3;n de <italic>Luis &#x00C1;lvarez Petre&#x00F1;a</italic>, en 1967 <italic>Imposible Sina&#x00ED;</italic>, en 1970 la &#x00FA;ltima versi&#x00F3;n de su Petre&#x00F1;a, ahora titulada <italic>Vida y obra de Luis &#x00C1;lvarez Petre&#x00F1;a</italic>, y durante los tres &#x00FA;ltimos a&#x00F1;os de su vida trabaja intensamente en una aventura todav&#x00ED;a m&#x00E1;s audaz, la de tratar a un personaje real, bien conocido, y todav&#x00ED;a en activo, como si fuera un ap&#x00F3;crifo, en un texto que desgraciadamente qued&#x00F3; inacabado a su muerte, <italic>Luis Bu&#x00F1;uel. Novela.</italic>  </p>
		
		<p>De los heter&#x00F3;nimos de Pessoa, Max Aub hered&#x00F3; la radical alteridad, la neta diferenciaci&#x00F3;n de los Alberto Caeiro, Ricardo Reis o &#x00C1;lvaro de Campos con respecto a su inventor, Fernando Pessoa. Y en efecto, tanto Campalans como Petre&#x00F1;a son muy distintos, radicalmente distintos, dir&#x00ED;a sin dudarlo, de la imagen de s&#x00ED; mismo que Max Aub elabora en su obra; distintos en cuanto a la personalidad que les dise&#x00F1;a, y con respecto a la cual mantiene toda una distancia, a menudo ir&#x00F3;nica, pero distintos tambi&#x00E9;n por la obra que les atribuye: los relatos de Petre&#x00F1;a, todos con un cierto sello de autor, un cierto estilo reconocible, o los dibujos y pinturas de Campalans, que llegaron a tener cat&#x00E1;logo y varias exposiciones propias, y tambi&#x00E9;n a situarse en el mercado; y distintos por &#x00FA;ltimo por la galaxia de amigos, relaciones, testimonios, pruebas documentales que envuelven a cada uno de ellos. Pero si de Pessoa hereda la alteridad de sus ap&#x00F3;crifos, de Antonio Machado hereda la estrategia y los presupuestos ideol&#x00F3;gicos. Basta leer su ensayo <italic>Poes&#x00ED;a espa&#x00F1;ola contempor&#x00E1;nea</italic> para constatar que Max Aub conoci&#x00F3;, probablemente desde su primera aparici&#x00F3;n en la <italic>Revista de Occidente </italic>y en las <italic>Poes&#x00ED;as completas</italic>, a Abel Mart&#x00ED;n y Juan de Mairena, y en consecuencia a Jorge Meneses, y que se apercibi&#x00F3; de inmediato de su importancia para la comprensi&#x00F3;n de la obra de Machado (Aub, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1969</xref>, p. 55). Conocer&#x00ED;a tambi&#x00E9;n, con bastante probabilidad, los art&#x00ED;culos publicados en la prensa madrile&#x00F1;a entre 1934 y 1936, que culminar&#x00ED;an en el libro <italic>Juan de Mairena </italic>(1936), y los que continuaron public&#x00E1;ndose durante la guerra civil, &#x00E9;poca en la que «nos vimos a menudo», seg&#x00FA;n cuenta Max (Aub, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2001</xref>, p. 168), sobre todo en Rocafort, en la villa valenciana que el gobierno de la Rep&#x00FA;blica hab&#x00ED;a puesto a disposici&#x00F3;n del poeta y su familia, y en la que le confi&#x00F3; lo mucho que le deb&#x00ED;a a Mairena (Aub, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2001</xref>, p. 169). En el <italic>Manual de literatura espa&#x00F1;ola</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="CIT03">1966</xref>) se hace cargo, adem&#x00E1;s, de la publicaci&#x00F3;n p&#x00F3;stuma de <italic>Los Complementarios </italic>(1957), la primera antolog&#x00ED;a de ap&#x00F3;crifos que concibi&#x00F3; Machado y que, sin duda, influy&#x00F3; en su propia concepci&#x00F3;n de la <italic>Antolog&#x00ED;a traducida </italic>(1963). </p>
		
		<p>Y Max Aub no olvid&#x00F3; la lecci&#x00F3;n. Us&#x00F3; a sus ap&#x00F3;crifos para combatir la direcci&#x00F3;n dominante del arte contempor&#x00E1;neo, la que, arrancando del Romanticismo alem&#x00E1;n, evolucion&#x00F3; hacia el Modernismo, la deshumanizaci&#x00F3;n del arte, la poes&#x00ED;a pura y el arte abstracto. Pero los us&#x00F3; de manera distinta, invirtiendo el planteamiento. Los ap&#x00F3;crifos de Machado son sus aliados, los de Max Aub sus antagonistas. En ellos identifica Aub las tendencias con las que pretende ajustar sus cuentas hist&#x00F3;ricas. Jusep Torres Campalans es un hombre nacido en 1886 y forma parte, generacionalmente, de la promoci&#x00F3;n novecentista, la de Ortega, y tanto ideol&#x00F3;gica como est&#x00E9;ticamente se nos presenta evolucionando desde el influjo noventayochista hacia los primeros movimientos vanguardistas, el cubismo muy especialmente, junto con Picasso; pero, a diferencia del pintor malague&#x00F1;o, Campalans se dirige progresivamente hacia la &#x00F3;rbita de la deshumanizaci&#x00F3;n y de la pureza, con el decidido prop&#x00F3;sito de romper los v&#x00ED;nculos con la tradici&#x00F3;n y de hacer brotar un arte nuevo, con un nuevo lenguaje, emancipado de la representaci&#x00F3;n de la vida, que culminar&#x00E1; en la pura abstracci&#x00F3;n. Al final de su trayectoria art&#x00ED;stica, las tramas geom&#x00E9;tricas de Mondrian desplazan al modelo de Picasso. El <italic>Gernika</italic> es rechazado. Despu&#x00E9;s ya no queda m&#x00E1;s que el silencio. </p>
		
		<p>La diferencia de posiciones con el Max Aub comprometido con un realismo de poderoso arraigo hist&#x00F3;rico y vinculaci&#x00F3;n intensa a su &#x00E9;poca, que por esos mismos a&#x00F1;os escribe <italic>Campo</italic> <italic>del moro </italic>y <italic>Campo de los almendros</italic>, pero que ya antes ha escrito el <italic>Diario de Djelfa </italic>y los dramas mayores de su teatro, <italic>Morir por cerrar los ojos, San Juan </italic>o <italic>No</italic>, no puede ser m&#x00E1;s abismal. Max Aub ha buscado en Jusep Torres Campalans su diferencia, lo que le hace heterog&#x00E9;neo consigo mismo, el otro como antagonista. Y esa misma diferencia es la que le separa de su otro artista ap&#x00F3;crifo, Luis &#x00C1;lvarez Petre&#x00F1;a, once a&#x00F1;os m&#x00E1;s joven y representante de la generaci&#x00F3;n siguiente, la de la dictadura, y muy distinto de Campalans como personaje. No obstante, ambos viven la misma experiencia hist&#x00F3;rico-cultural, la que transcurre entre el Modernismo, el Novecentismo y la Vanguardia; ambos comparten un individualismo excluyente; ambos asumen el arte como un universo al margen de la vida, exento de la contaminaci&#x00F3;n social, que gira en torno a la indagaci&#x00F3;n del lenguaje art&#x00ED;stico y al alcance de la pureza; ambos, finalmente, son inevitablemente mediocres, el uno como escritor y el otro como pintor. Pero tal vez lo que m&#x00E1;s les identifica es su necesidad de huida, de escapar de sus v&#x00ED;nculos, de s&#x00ED; mismos y hasta de su propio discurso. Los dos repiten el gesto de Rimbaud: incapaces de encontrar sentido a sus vidas dentro de la civilizaci&#x00F3;n en la que han crecido, renuncian, escapan de su medio pero tambi&#x00E9;n de s&#x00ED; mismos, de su obra, de todo lo que han sido. El uno finge un suicidio y termina al cabo de los a&#x00F1;os en un hospital de Londres, solo y con el nombre cambiado; el otro huye a la selva Lacandona, donde durante cuarenta a&#x00F1;os vive entre los indios chamulas, olvidado de cuanto fue, sin hacer nada que no sea estrictamente necesario para la subsistencia. En suma, tanto uno como otro le sirven a Max Aub para expresar la agon&#x00ED;a del sujeto hist&#x00F3;rico modernista y el fracaso de una est&#x00E9;tica autosuficiente. </p>
		
		<p>Luis Bu&#x00F1;uel, en cambio, y a medida que Max Aub se introduce en su mundo, se va conformando como un personaje muy diferente a Campalans o a Petre&#x00F1;a. &#x00C9;l representa lo que V&#x00ED;ctor Fuentes, otro entusiasta de Bu&#x00F1;uel, ha llamado «la otra cara del 27» (Fuentes, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">1993</xref>), o si se prefiere, la otra cara de la Vanguardia. Bu&#x00F1;uel se adhiri&#x00F3;, como Campalans, a la Vanguardia, pero, a diferencia del pintor, su obra no evolucion&#x00F3; hacia la pureza y la abstracci&#x00F3;n, ni rompi&#x00F3; los puentes entre experimentalismo y arraigo vital. En las p&#x00E1;ginas de su inacabada <italic>Luis Bu&#x00F1;uel. Novela</italic>, Max se afana por comprender a Bu&#x00F1;uel —cosa que no hizo ni con Petre&#x00F1;a ni con Campalans— e identifica sus gustos propios con filmes que antes ha calificado de surrealistas: «Adoro <italic>La V&#x00ED;a L&#x00E1;ctea </italic>—confiesa—, es una espl&#x00E9;ndida pel&#x00ED;cula» (Aub, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">1985</xref>, p. 364). Es como si Max fuera comprendiendo que hay una conjugaci&#x00F3;n posible de surrealismo y compromiso, de surrealismo y realismo, algo as&#x00ED; como la s&#x00ED;ntesis del vanguardismo surrealista y la tradici&#x00F3;n galdosiana, tal como &#x00E9;l lo puede comprobar en el cine que m&#x00E1;s le atrae de Bu&#x00F1;uel: <italic>Tierra sin pan, Los olvidados, Nazar&#x00ED;n, Viridiana</italic>, etc. </p>
		
		<p>Probablemente esta hipot&#x00E9;tica simbiosis era la que &#x00E9;l hab&#x00ED;a buscado en libros como <italic>Jusep Torres Campalans</italic> y <italic>Luis &#x00C1;lvarez Petre&#x00F1;a</italic>, tan atra&#x00ED;dos por la representaci&#x00F3;n realista de una &#x00E9;poca como por una factura vanguardista, libros-<italic>collage</italic>, pero tambi&#x00E9;n libros-supercher&#x00ED;a (con su pretensi&#x00F3;n de hacer pasar a sus protagonistas por personas reales), ejercicios de falsificaci&#x00F3;n, que a lo que m&#x00E1;s se parecen es a las bromas surrealistas, esas bromas a las que Bu&#x00F1;uel fue tan adicto durante toda su vida. </p>
		
		<p>Por eso, probablemente, Max Aub no encontr&#x00F3; dificultad en alternar, dentro de su producci&#x00F3;n, y en los mismos a&#x00F1;os, las novelas program&#x00E1;ticamente realistas y formalmente vanguardistas de <italic>El laberinto m&#x00E1;gico </italic>con las de ese vanguardismo realista que comienza a configurarse en <italic>Luis &#x00C1;lvarez Petre&#x00F1;a</italic> y llega a su culminaci&#x00F3;n en<italic> Jusep Torres Campalans</italic>: ambas tienen de vanguardista la t&#x00E9;cnica y el juego provocador, pero tambi&#x00E9;n tienen de realistas su voluntad de dar cuenta de una &#x00E9;poca y de unos personajes capaces de representarla. </p>
		
		<p>Por eso, finalmente, y a mi modo de ver, es diferente el trato que Max asigna a sus ap&#x00F3;crifos, Campalans y Petre&#x00F1;a, del que asigna a Bu&#x00F1;uel. A aquellos los ubica en la l&#x00ED;nea de la Vanguardia que &#x00E9;l rechaza, a este en la que al fin viene a afirmar &#x00E9;l. Los ap&#x00F3;crifos son los antagonistas de su programa &#x00E9;tico-est&#x00E9;tico; Bu&#x00F1;uel, con todas sus contradicciones, es su aliado. En el ajuste de cuentas con el arte y la literatura contempor&#x00E1;neas, que alimenta buena parte de la escritura de Max Aub ya desde 1934, el saldo de Campalans y Petre&#x00F1;a es netamente cr&#x00ED;tico, representan la v&#x00ED;a que debe ser abandonada. En el balance final de Bu&#x00F1;uel, Max encuentra, en cambio, algo de lo que &#x00E9;l ha venido buscando ansiosamente: sumar las fuerzas de la Vanguardia a las del Realismo. El saldo, por consiguiente, hab&#x00ED;a de ser positivo. Bu&#x00F1;uel personaje se presenta as&#x00ED;, para Max, como la superaci&#x00F3;n necesaria de Petre&#x00F1;a y de Campalans. </p>
		
		<p>Pero en &#x00FA;ltima instancia, Petre&#x00F1;a, Campalans y Bu&#x00F1;uel, ap&#x00F3;crifos del yo, expresan la dispersi&#x00F3;n del sujeto cl&#x00E1;sico, el estallido de su identidad sustancial, inconfundible e indivisamente individual, el de la confianza en su autodeterminaci&#x00F3;n, el de su fundamento en la Raz&#x00F3;n, y se configuran todos ellos como las figuras de un juego que adquieren su identidad por las posiciones respectivas que ocupan, recort&#x00E1;ndose unos frente a otros y frente a su autor; un juego que no domina y en el que tambi&#x00E9;n se la juega el propio autor.</p>

		</sec>
	</body>

	<back>
	
		<sec id="notas">
		<title>NOTAS</title>
		
			<fn-group>
		
				<fn id="NOTE01"><label>1</label><p>Entiendo aqu&#x00ED; «inmanente» como opuesto a «trascendente», y en un sentido kantiano: lo inmanente es lo que se produce dentro de los l&#x00ED;mites de la experiencia posible, en un universo f&#x00ED;sico, o naturaleza.</p></fn>
				
				<fn id="NOTE02"><label>2</label><p>Para el estudio de la tradici&#x00F3;n ap&#x00F3;crifa europea v&#x00E9;ase la tesis de doctorado de Mar&#x00ED;a Rosell (<xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2011</xref>).</p></fn>
							

				
			</fn-group>
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			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>

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			  <year>2009</year>
			  <chapter-title>Falsificación política, e historia literaria: Mateo Alemán, el padre Isla y Moratín</chapter-title> 
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			  <comment>traducción de Ramón Rey Ardid</comment>
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			  <year>2003</year>  
			  <chapter-title>Jusep Torres Campalans o la emancipación del apócrifo</chapter-title>
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			  <source>La novela de artista</source> 
			  <publisher-loc>Valencia</publisher-loc>
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			  <year>1984</year>  
			  <source>Libro del desasosiego</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
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			  <comment>traducción de Ángel Crespo</comment>
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			  <year>2011</year> 
			  <source>El yo apócrifo: Max Aub ante la mascarada artística de la Modernidad</source> 
			  <publisher-name>Universidad de Valencia</publisher-name>
			  <comment>Tesis Doctoral</comment>
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			  <year>1988</year> 
			  <chapter-title>La dialéctica de la modernidad y postmodernidad</chapter-title>
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				  <surname>Picó</surname>
				  <given-names>Josep</given-names>
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			  <source>Modernidad y postmodernidad</source> 
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
			  <publisher-name>Alianza Editorial</publisher-name>
			  <comment>pp. 103-140</comment>
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