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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Asclepio</journal-id>
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				<journal-title>ASCLEPIO Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Asclepio</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-4466</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			 <article-id pub-id-type="publisher-id">asclepio.2013.12</article-id>
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			<subject>ENSAYOS / ESSAYS</subject>
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			<article-title>Historia de las emociones: una corriente historiogr&#x00E1;fica en expansi&#x00F3;n</article-title>
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			<trans-title>History of emotions: expanding a current historiographical</trans-title>
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			<alt-title alt-title-type="running-head">Historia de las emociones</alt-title>
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				 <surname>Zaragoza Bernal</surname>
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			  <aff id="U1">Centro de Ciencias Humanas y Sociales - CSIC</aff>
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		<pub-date pub-type="collection">
		<year>2013</year>
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		<volume>65</volume>
		<issue>1</issue>
		
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				<day>07</day>
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			<copyright-statement>&#x00A9; 2013 CSIC</copyright-statement>
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		<sec id="S1">
			<title>1. INTRODUCCI&#x00D3;N</title>
			
			<p>Peter Burke, en un texto publicado en 2005, se preguntaba si exist&#x00ED;a una historia cultural de las emociones (Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2005</xref>, p. 35-48). La pregunta resulta cuanto menos extra&#x00F1;a teniendo en cuenta que dicho texto se encuentra en un libro que, expl&#x00ED;citamente, se catalogaba como “historia de las emociones” (Gouk y Hills, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">2005b</xref>). Las editoras del libro –una, historiadora de la medicina, la otra, del arte–, tomaban como punto de partida del mismo, precisamente, la historicidad de las emociones, no s&#x00F3;lo de sus concepciones y representaciones, sino de las emociones mismas<xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref>. Tras hacer un breve an&#x00E1;lisis de la producci&#x00F3;n historiogr&#x00E1;fica que, de una forma u otra, ha tratado el tema de las emociones, Burke concluye que todas ellas acarrean el mismo pecado: la falta de un marco anal&#x00ED;tico riguroso. Es decir, una falta de acuerdo en c&#x00F3;mo entendemos nuestro objeto de estudio (¿Hablamos de emociones o de afectos? ¿Qu&#x00E9; es una emoci&#x00F3;n? ¿Lo es la ira? ¿Lo es la fraternidad? ¿Estudiamos emociones o representaciones de emociones?); de qui&#x00E9;n son las emociones que estudiamos o debemos estudiar (¿hombres, mujeres? ¿J&#x00F3;venes, viejos?); con qu&#x00E9; m&#x00E9;todos, conceptos y teor&#x00ED;as debemos aproximarnos a esta nueva historia; y, por &#x00FA;ltimo, qu&#x00E9; fuentes deben o pueden utilizarse para este estudio (Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2005</xref>, p. 38-39). Lo que Burke viene a decir, a fin de cuentas, es que aunque muchos autores hayan historiado las emociones, todav&#x00ED;a no se ha hecho una <italic>historia</italic> de las emociones, puesto que m&#x00E1;s all&#x00E1; de unos compromisos m&#x00ED;nimos (como no problematizar la definici&#x00F3;n de emoci&#x00F3;n), no se ha desarrollado una disciplina (o subdisciplina) con todo lo que ello conlleva: unos m&#x00E9;todos propios, unas fuentes espec&#x00ED;ficas, un objeto de estudio bien definido, etc. </p>
			
			
			<p>Desde finales de los a&#x00F1;os 90 del siglo XX, pero sobre todo en la primera d&#x00E9;cada del siglo XXI, los textos dedicados al estudio de la historia de las emociones se han multiplicado. Muchos de ellos han dedicado gran parte de sus esfuerzos a encontrar precedentes, a realizar una genealog&#x00ED;a del estudio hist&#x00F3;rico de las emociones que sirva de punto de partida a sus propios estudios. Estas genealog&#x00ED;as coinciden en se&#x00F1;alar una serie de nombres que, de una forma u otra, pueden considerarse precursores de este nuevo inter&#x00E9;s en las emociones como objeto hist&#x00F3;rico. Est&#x00E1;n, obviamente, los nombres cl&#x00E1;sicos se&#x00F1;alados por Burke (Nietzsche, Huizinga, Febvre, Elias), junto a otros muchos procedentes de la escuela de <italic>Annales</italic> (Braudel, Ariès, Chartier), e historiadores americanos de la corriente llamada <italic>emocionolog&#x00ED;a</italic>, principalmente Peter N. Stearns y Carol Z. Stearns<xref ref-type="fn" rid="NOTE02">2</xref>. Y pese a todo, pese a esta cadena de antecesores ilustres, todos los autores de estos textos comparten el an&#x00E1;lisis final de Burke: nunca, hasta este momento, se ha hecho historia de las emociones. Las razones que se aducen son variadas: la misma naturaleza de la disciplina, prisionera de una suerte de pecado original que, a trav&#x00E9;s de la servidumbre pol&#x00ED;tica que encontramos en su origen, la conduce hacia intereses “racionales” (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT29">2002</xref>, p. 821); una falta de “foco”, debido, principalmente, a la “invisibilidad” de los sentimientos subjetivos, pero tambi&#x00E9;n a la propia indefinici&#x00F3;n de qu&#x00E9; es una emoci&#x00F3;n (Bourke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2003</xref>, p. 114); la amplia comprensi&#x00F3;n de “las emociones” como parte de la naturaleza humana y que, por tanto, no tendr&#x00ED;an historia (Gouk y Hills, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">2005a</xref>, p. 16); o el inter&#x00E9;s, tal vez exagerado, en los procesos de cuantificaci&#x00F3;n de emociones (Alberti, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2006</xref>, p. xv). Sea cual sea la raz&#x00F3;n esgrimida, el resultado es siempre el mismo: no hay, hasta el momento, ninguna historia de las emociones. O al menos, una historia de las emociones “correcta”. Esta postura m&#x00E1;s matizada es la que sostiene Rosenwein, que inicia su libro sobre comunidades emocionales declarando, por un lado, la antigüedad del tema –“historians has <italic>always</italic> talked about emotions” (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">2006</xref>, p.1)–, para, en la frase posterior, denunciar la incorrecci&#x00F3;n de sus planteamientos, incorrecci&#x00F3;n que es una de las causas que empujan a la autora a escribir su libro: “The fact that there is a history of emotions but that it has been studied (for the most part) wrongly or badly is one reason that I have written this book.” (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">2006</xref>, p. 1).  </p>			
		
			<p>Es esta situaci&#x00F3;n de “novedad absoluta” la que convierte cada libro, cada art&#x00ED;culo publicado, en un intento de sentar las bases necesarias para que esa posible historia de las emociones se escriba “correctamente”. La comprensi&#x00F3;n de su originalidad, sin embargo, no ha ayudado a que la historia de las emociones supere la situaci&#x00F3;n en que Burke la encontr&#x00F3; en 2005: falta de un marco anal&#x00ED;tico <italic>riguroso</italic>. En el siguiente apartado intentaremos, a partir del esquema aportado por Burke, analizar algunas de dichas propuestas. Para que dicho an&#x00E1;lisis sea manejable, sin embargo, quedar&#x00E1; restringido a las obras publicadas a partir del a&#x00F1;o 2000, momento en que hemos fechado este “resurgir” de la historia de las emociones. </p>
		</sec>
			
		<sec id="S2">
			<title>2. ACUERDOS Y DESACUERDOS EN LA HISTORIA DE LAS EMOCIONES</title>
			
			<sec id="S2.1">
			<title>2.1. Afectos, emociones, representaciones </title>
			
			<p>Si tuvi&#x00E9;ramos que se&#x00F1;alar una debilidad de la historia de las emociones, y s&#x00F3;lo una, esa ser&#x00ED;a, sin dudarlo un segundo, la ausencia de una definici&#x00F3;n adecuada de su objeto de estudio, empezando por su nombre: ¿emociones o afectos? (Labanyi, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2010</xref>) ¿O tal vez sensibilidades? (Wickberg, <xref ref-type="bibr" rid="CIT38">2007</xref>) ¿Debemos prestar atenci&#x00F3;n a lo que la psicolog&#x00ED;a nos dice acerca de las emociones o, por el contrario, debemos dejarlo de lado? (Richards, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">2005</xref>) ¿Debemos centrarnos en las representaciones de las emociones (Gouk y Hills, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">2005a</xref>, p. 26), en los cambios en el lenguaje (Dixon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2003</xref>), en narraciones expl&#x00ED;citamente sobre emociones (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT32">2010</xref>, p. 12-14)? ¿O, por el contrario, deberemos ir m&#x00E1;s all&#x00E1; de los textos directamente relacionados con las emociones y buscar una suerte de “sensibilidad” m&#x00E1;s amplia (Wickberg, <xref ref-type="bibr" rid="CIT38">2007</xref>, p. 662)? Como bien dec&#x00ED;a Burke, en su ya citado cap&#x00ED;tulo, el &#x00FA;nico consenso es no problematizar en exceso la definici&#x00F3;n del objeto de estudio. </p>
			
			<p>Y sin embargo, muchas de las preguntas que hemos formulado en el p&#x00E1;rrafo anterior son la consecuencia directa de esa falta de problematizaci&#x00F3;n, m&#x00E1;s concretamente de la negativa a decidirse entre dos posibles definiciones de emociones: una que afirma que son hechos naturales y, por lo tanto, carentes de historia y otra que afirma todo lo contrario, que son constructos sociales sujetos a variaciones hist&#x00F3;ricas. En definitiva, la vieja disputa entre cultura y naturaleza (Alberti, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2006</xref>, p. xvii), un debate tal vez heredado de las principales disciplinas que han dado forma a este nuevo inter&#x00E9;s en las emociones: la antropolog&#x00ED;a, por un lado, y la psicolog&#x00ED;a por el otro (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>). Las respuestas var&#x00ED;an de un autor a otro, pero en pocos casos se trata de respuestas amplias, que vayan m&#x00E1;s all&#x00E1; de declaraciones program&#x00E1;ticas en una u otra direcci&#x00F3;n: </p>
			
			<p>There is, therefore, no overarching definition of ‘emotions’ that applies to all periods and all places; nor would a list enumerating specific emotions (fear, anger, and so on) serve to explain how such terms were conceived, and how these constructs were employed. Nevertheless, precisely because emotions are culturally mediated and, therefore, culturally variable, an analysis of the ways in which they were defined, by whom, and for what purposes is an important undertaking. (Gouk y Hills, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">2005a</xref>, p. 16)</p>
			
			<p>Esta afiliaci&#x00F3;n al “construccionismo” es mayoritaria. No podr&#x00ED;a ser de otra forma, dado el peso que el post-modernismo tiene en la historia cultural contempor&#x00E1;nea. Pero es que, como Jordanova declara de forma contundente, esta aproximaci&#x00F3;n es la &#x00FA;nica posible si queremos tener una visi&#x00F3;n amplia de los procesos hist&#x00F3;ricos que incluya ideolog&#x00ED;as, ideas, im&#x00E1;genes y cultura material (Jordanova, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2004</xref>, p. 356), es decir, si realmente queremos hacer historia cultural. Obviamente, esta opci&#x00F3;n entra&#x00F1;a sus riesgos y si bien, como se&#x00F1;ala Burke, los estudios realizados desde esta perspectiva son “m&#x00E1;s innovadores” el precio a pagar es que sus conclusiones son “m&#x00E1;s dif&#x00ED;ciles de sostener” (Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">2006</xref>, p. 136). Por el contrario, las que se decantan por la otra opci&#x00F3;n son, en su opini&#x00F3;n, no s&#x00F3;lo menos innovadoras, sino que al constre&#x00F1;ir sus estudios a las actitudes conscientes ante las emociones lo que obtienen no es una historia de “las propias emociones”, sino una “historia intelectual” (Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">2006</xref>, p. 136; Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2005</xref>, p. 40), por muy s&#x00F3;lida que pueda llegar a ser. </p>
			
			<p>Ahora bien, ¿es posible escapar de esta dicotom&#x00ED;a? ¿Debemos, incluso si partimos de una posici&#x00F3;n construccionista, tener en cuenta lo que la psicolog&#x00ED;a nos dice sobre las emociones? Una cr&#x00ED;tica que se desprend&#x00ED;a del ya citado texto de Wickberg sobre la historia de las sensibilidades era que la historia de las emociones no ten&#x00ED;a en cuenta el papel cognitivo de las emociones, se&#x00F1;alado por ciertas corrientes de la psicolog&#x00ED;a, y que por tanto trataba las emociones como “a discrete realm rather than seeing them as linked to larger characteriological patterns involving modes of perception and thinking as well as feeling” (Wickberg, <xref ref-type="bibr" rid="CIT38">2007</xref>, p. 682). En una carta al editor de <italic>The American Historical Review</italic>, Rosenwein polemizaba con Wickberg precisamente sobre este punto, ya que, seg&#x00FA;n ella, historiadores como Peter N. Stearns, William M. Reddy o ella misma defienden la intr&#x00ED;nseca relaci&#x00F3;n entre emoci&#x00F3;n y cognici&#x00F3;n, siendo la primera una modalidad de la segunda (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2007</xref>, p. 1313). En opini&#x00F3;n de estos autores, incluso si tomamos una posici&#x00F3;n constructivista, las corrientes en psicolog&#x00ED;a que relacionan emoci&#x00F3;n y cognici&#x00F3;n son relevantes para su labor hist&#x00F3;rica<xref ref-type="fn" rid="NOTE03">3</xref>. Sin duda el m&#x00E1;s ambicioso de los defensores de esta posici&#x00F3;n es William M. Reddy.  </p>
			
			<p>Reddy parte de una cr&#x00ED;tica que podemos calificar de pol&#x00ED;tica, incluso &#x00E9;tica, hacia el constructivismo. Sin negar lo positivo de esta corriente, Reddy (<xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 54) denuncia la incapacidad de criticar, desde sus postulados, las pr&#x00E1;cticas locales que estudia. Una vez que hemos identificado un determinado conjunto de pr&#x00E1;cticas culturales como opresivas, imperialistas, machistas o racistas, no tenemos, sin embargo, ning&#x00FA;n criterio para criticarlas ya que, localmente, y en tanto que toda opci&#x00F3;n es una “construcci&#x00F3;n”, ¿c&#x00F3;mo podemos preferir una sobre otra (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 74)? Reddy no es el &#x00FA;nico que se&#x00F1;ala esta incapacidad pol&#x00ED;tica del construccionismo (Fissell, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">2004</xref>, p. 384-285), si bien en su caso la necesidad de superar esta limitaci&#x00F3;n es m&#x00E1;s acuciante, puesto que pretende sentar las bases para poder realizar una cr&#x00ED;tica de los diversos reg&#x00ED;menes emocionales teniendo en cuenta el mayor o menor grado de “libertad emocional” que permiten: </p>
			
			<p>We need a conceptual frame that acknowledges the importance of management (as opposed to construction) of emotion, that allows political distinctions among different management styles on the basis of a concept of emotional liberty, and that permits the narration of significant historical shifts in such management styles (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 118).</p>
			
			<p>El marco que propone Reddy se basa, por un lado, en una teor&#x00ED;a de la “traducci&#x00F3;n” que se presenta como una respuesta al postulado derridiano del “no hay fuera de texto” (Derrida, <xref ref-type="bibr" rid="CIT11">1976</xref>, p. 158), esto es, la imposibilidad de alcanzar el “significado desnudo”, de escapar de la tiran&#x00ED;a de los significantes (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 76). La teor&#x00ED;a de la traducci&#x00F3;n de Reddy pretende minimizar, cuando no eliminar, la distancia entre <italic>langue</italic> y <italic>parole</italic>, al entender al individuo como receptor de m&#x00FA;ltiples mensajes cifrados en diversos c&#x00F3;digos que son traducidos, a veces con &#x00E9;xito, otras veces sin &#x00E9;l, a c&#x00F3;digos m&#x00E1;s “manejables” (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 80). Este proceso de traducci&#x00F3;n se relaciona estrechamente con dos elementos derivados de la psicolog&#x00ED;a cognitiva, el de “activaci&#x00F3;n” y el de “atenci&#x00F3;n”. Con el primero, Reddy se&#x00F1;ala aquellos elementos que ponen en marcha nuestra maquinaria cognitiva (se identifiquen como “inputs”, “pensamientos”, “memorias”, etc., que Reddy resume con la expresi&#x00F3;n “<italic>thought material</italic>”). Sin embargo, no todas las activaciones despiertan nuestra atenci&#x00F3;n –el “lugar” en que el proceso de traducci&#x00F3;n entre c&#x00F3;digos se produce, dando lugar a frases declarativas o actos intencionales–, sino que quedan a un nivel no consciente (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 88-89). Podemos entender el inter&#x00E9;s que este tipo de estados tiene para una teor&#x00ED;a de las emociones, que ser&#x00ED;an entendidas como “activaciones” que no llegan a llamar nuestra “atenci&#x00F3;n”, debido a que est&#x00E1;n relacionadas con redes de objetivos complejos, pertenecientes a diversos c&#x00F3;digos y agrupados en esquemas, que requieren de traducci&#x00F3;n, y que exceden nuestra capacidad de atenci&#x00F3;n en el corto plazo, debido, precisamente, a la dificultad de dicho proceso (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 94). Esta conceptualizaci&#x00F3;n de las emociones dar&#x00ED;a lugar a una nueva concepci&#x00F3;n del yo, que escapar&#x00ED;a de dualismos cartesianos pero tambi&#x00E9;n de los sujetos imaginarios del post-estructuralismo. Un yo “desagregado”, sin una unidad inherente, derivado de su constante interacci&#x00F3;n con m&#x00FA;ltiples flujos de significantes, procedentes de diversos c&#x00F3;digos, que deben ser traducidos. Un yo que es social, en tanto que los procesos de integraci&#x00F3;n del yo (la traducci&#x00F3;n de los “significantes” en actos intencionales) se construye sobre la interacci&#x00F3;n social, pero no construcciones colectivas (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 95). </p>
			
			<p>El siguiente eslab&#x00F3;n en el marco que nos propone Reddy, cuyo objetivo, recordamos, era encontrar una forma de “evaluar” reg&#x00ED;menes emocionales, consiste en desarrollar una teor&#x00ED;a de las expresiones emocionales como actos de habla, actos que denomina <italic>emotives</italic>, y que vendr&#x00ED;an a ser el proceso de traducci&#x00F3;n m&#x00E1;s o menos provisional de todas esas activaciones. Bas&#x00E1;ndose en la definici&#x00F3;n de Austin de “enunciado performativo”, Reddy sostiene que los enunciados sobre emociones (del tipo “estoy enfadado”) tienen una funci&#x00F3;n descriptiva (de c&#x00F3;mo me siento), relacional (al presentar una condici&#x00F3;n a la interacci&#x00F3;n) y auto-exploratoria (porque tal vez no estoy enfadado, sino triste), as&#x00ED; como un efecto modificador (al decantarme por una opci&#x00F3;n, estoy reafirmando una traducci&#x00F3;n entre las posibles, modificando mi cadena de objetivos y mis relaciones con ella) (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 100-105).  </p>
			
			<p>Un r&#x00E9;gimen emocional estar&#x00ED;a formado por las normas que permiten manejar estos <italic>emotives</italic>, es decir, qu&#x00E9; <italic>emotives</italic> son l&#x00ED;citos y cu&#x00E1;les no en una situaci&#x00F3;n determinada, ante una persona concreta, etc. Estos reg&#x00ED;menes tienen consecuencias para la construcci&#x00F3;n del individuo, pues, debido a su poder exploratorio, la posibilidad de expresar o no ciertos <italic>emotives</italic> se convierte en la posibilidad de explorar cadenas de objetivos hasta ese momento m&#x00E1;s all&#x00E1; de nuestra atenci&#x00F3;n, lo que Reddy llama <italic>navegaci&#x00F3;n emocional</italic>: la posibilidad de explorar nuevas posibilidades y cambiar nuestros objetivos, lo que constituir&#x00ED;a, en &#x00FA;ltima instancia, una definici&#x00F3;n de <italic>libertad emocional</italic>:</p>
			
			<p>The idea of navigation as a universal, central characteristic of emotional life makes possible a preliminary definition of ‘emotional liberty’ as the freedom to change goals in response to bewildering, ambivalent thought activations that exceed the capacity of attention and challenge the reign of high-level goals currently guiding emotional management. This is freedom, not to make rational choices, but to undergo conversion experiences and life-course changes involving numerous contrasting, often incommensurable factors (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 122-123).</p>
			
			<p>Un r&#x00E9;gimen emocional ser&#x00E1; estricto o tolerante dependiendo del grado de libertad que permita, de los <italic>emotives</italic> que puedan ser utilizados, de las rutas de navegaci&#x00F3;n que est&#x00E9;n abiertas. El primero, al restringir las condiciones de autoconocimiento y las elecciones vitales, provoca un <italic>sufrimiento emocional</italic> –un conflicto de objetivos (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 123)– en el individuo, permiti&#x00E9;ndonos, de esta forma, distinguir entre reg&#x00ED;menes justos e injustos (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 128-130). La pregunta a la que deberemos enfrentarnos, seg&#x00FA;n Reddy, es ¿qui&#x00E9;n sufre? </p>
			
			<p>This array of concepts frees one of the necessity of theorizing culture, power, or identity characteristics, such as race, class, gender, or ethnicity, which have preoccupied scholars so much of late. The only questions that need to be asked are, Who suffers? Is the suffering an unavoidable consequence of emotional navigation or does this suffering a tragedy or an injustice? (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 130)</p>
			
			<p>Como hemos indicado, el texto de Reddy es el m&#x00E1;s ambicioso de entre todos los escritos hasta el momento en la historia de las emociones. Su intenci&#x00F3;n es ofrecernos un marco de an&#x00E1;lisis que, partiendo de los hallazgos m&#x00E1;s interesantes en los campos de la psicolog&#x00ED;a y la antropolog&#x00ED;a, permita superar las limitaciones que el construccionismo impone al historiador. Se trata de una apuesta valiente, y como tal sugerente. Algunos de los conceptos acu&#x00F1;ados por Reddy (sufrimiento emocional, refugio emocional, etc.) son herramientas &#x00FA;tiles para la tarea de estudiar las emociones del pasado, y su enfoque, optimista con las oportunidades que se presentan para el ejercicio de la agencia, incluso en las situaciones m&#x00E1;s restrictivas, y pol&#x00ED;ticamente comprometido, no deja de ser inspirador. Sin embargo, como toda propuesta que pretende ser innovadora no escapa a las cr&#x00ED;ticas, algunas de calado. La principal tiene que ver con el concepto de libertad empleado, que debe demasiado a la tradici&#x00F3;n liberal de occidente y su sujeto auto-contenido, as&#x00ED; como a sus pr&#x00E1;cticas constitutivas, sobre todo a una introspecci&#x00F3;n propia de las clases medias y altas de occidente a partir del siglo XIX (Nye, <xref ref-type="bibr" rid="CIT25">2003</xref>, p. 923). Por otra parte, el &#x00E9;nfasis en la <italic>expresi&#x00F3;n</italic> de las emociones a trav&#x00E9;s de los <italic>emotives</italic> nos hace preguntarnos c&#x00F3;mo podemos investigar las emociones de aquellos cuyos <italic>emotives</italic> no han sido registrados, de aquellos que nunca nos dejaron un enunciado <italic>emocional</italic>. Una historia de este tipo deber&#x00ED;a limitarse, por tanto, a las &#x00E9;lites europeas ilustradas. Por otra parte, al final, y pese a todo, el libro de Reddy nos dice que la historia de las emociones es la historia de las normas que las gestionan, tal y como, seg&#x00FA;n Burke, debemos esperar de aquellos libros que no apuestan por la historicidad de las emociones, sino tan s&#x00F3;lo por sus “modulaciones”. </p>
			
			<p>En resumen, vemos que no se ha hecho un esfuerzo por definir de forma m&#x00E1;s o menos precisa qu&#x00E9; son las emociones y, cuando as&#x00ED; se ha intentado, los resultados no han sido plenamente satisfactorios, al anclar dicha definici&#x00F3;n en unas nociones de sujeto y de libertad occidentales. Lo que encontramos en la mayor&#x00ED;a de los textos, por tanto, es una comprensi&#x00F3;n de las emociones m&#x00E1;s o menos “popular” (como la define el diccionario de la RAE: alteraci&#x00F3;n del &#x00E1;nimo intensa y pasajera, agradable o penosa, acompa&#x00F1;ada de cierta conmoci&#x00F3;n som&#x00E1;tica), se&#x00F1;alando, en algunos casos, su relaci&#x00F3;n con los procesos de cognici&#x00F3;n sin que ello tenga ning&#x00FA;n tipo de incidencia en la historia que se narra<xref ref-type="fn" rid="NOTE04">4</xref>. El ejemplo de Reddy nos lleva a pensar, sin embargo, que una mejor definici&#x00F3;n de qu&#x00E9; sea una emoci&#x00F3;n y cu&#x00E1;les sus funciones puede resultar productiva a la hora de plantear nuevas alternativas de estudio en la historia de las emociones. </p>
			</sec>
			
			
			<sec id="S2.2">
			<title>2.2. ¿Qui&#x00E9;n se emociona? </title>
			
			<p>Burke se&#x00F1;alaba como segundo elemento a mejorar lo que &#x00E9;l llama una “sociolog&#x00ED;a” de las emociones, esto es, ¿qui&#x00E9;n se emociona? No se trata, en absoluto, de una cuesti&#x00F3;n balad&#x00ED;, pues, como hemos visto en el caso de Reddy, el no hacernos esta pregunta puede conducirnos a que la historia narrada sea la historia de una minor&#x00ED;a. El concepto de “comunidad emocional”, desarrollado por Barbara Rosenwein, pretende ser una respuesta a esta pregunta, por mucho que ella no lo plantee en estos t&#x00E9;rminos. Rosenwein define el concepto de “comunidad emocional” como:  </p>
			
			<p>[…] groups in which people adhere to the same norms of emotional expression and value - or devalue - the same or related emotions. More than one emotional community may exist -indeed normally does exist- contemporaneously, and these communities may change over time (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">2006</xref>, p. 2).<xref ref-type="fn" rid="NOTE05">5</xref></p>
			
			<p>Al centrar nuestra atenci&#x00F3;n en las <italic>comunidades</italic>, Rosenwein nos pide, en primer lugar, que identifiquemos qui&#x00E9;nes son los miembros de la misma, esto es, qui&#x00E9;nes comparten estas normas y valoran emociones similares. Solventamos de esta forma la cuesti&#x00F3;n sobre el qui&#x00E9;n, pero surgen nuevos problemas. El primero, y tal vez m&#x00E1;s evidente, es la posibilidad de que una persona pertenezca a m&#x00E1;s de una comunidad, incluso al mismo tiempo. Esta posibilidad, ya contemplada por Fleck al hablar de los <italic>colectivos de pensamiento </italic>(<italic>Denkkollektiv</italic>) (Fleck, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1986</xref>, p. 157), introduce un dinamismo que explica el cambio de los colectivos de pensamiento y que creemos puede ayudar a explicar el cambio en las comunidades emocionales de Rosenwein. Tal vez a consecuencia de esta ausencia de dinamismo interno, el cambio en los casos estudiados por Rosenwein es siempre de una comunidad por otra. Nunca se explica el cambio dentro de una misma comunidad y, cuando se hace, se opta por una explicaci&#x00F3;n claramente insatisfactoria, como la empleada para dar cuenta de las diferencias existentes entre las inscripciones de dos cementerios situados en la ciudad francesa de Trier entre los a&#x00F1;os 480 y 750:  </p>
			
			<p>Were there two emotional communities at Trier, one using the northern cemetery, the other the southern? It seems unlikely. As we shall see, in both places the epitaphs emphasized family relationships, whether or not the explicitly expressed feelings. The differences between the ‘emotional styles’ of the cemeteries seem best explained by changes over time [...] I suggest that the Trier epitaphs from both northern and southern cemeteries were the product of one community that underwent gradual transformation over time in tandem with changes in cultic practices (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">2006</xref>, p. 65-66).</p>
			
			<p>Resulta cuanto menos curioso explicar el cambio hist&#x00F3;rico apelando al paso del tiempo, pero esto no hace m&#x00E1;s que se&#x00F1;alar el problema de fondo de una definici&#x00F3;n de comunidad emocional demasiado est&#x00E1;tica, en la que Rosenwein sugiere tr&#x00E1;nsitos de individuos de una comunidad a otra (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">2006</xref>, p. 25)<xref ref-type="fn" rid="NOTE06">6</xref> , sin que ello tenga mayor impacto en el interior de la comunidad. Problema derivado de una identificaci&#x00F3;n excesiva entre “comunidades emocionales” y “comunidades sociales” (familias, monasterios, cortes principescas) (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT32">2010</xref>, p. 11). Las comunidades que nos presenta Rosenwein son, por tanto, peque&#x00F1;as, cerradas y homog&#x00E9;neas en su composici&#x00F3;n. Tampoco ofrece ninguna explicaci&#x00F3;n sobre su aparici&#x00F3;n, es decir, sobre c&#x00F3;mo y por qu&#x00E9; se crean comunidades emocionales. Al identificarlas con “comunidades sociales” pareciera darse por sentado que toda comunidad social es una comunidad emocional, explic&#x00E1;ndose la aparici&#x00F3;n de esta &#x00FA;ltima por la de la primera (la creaci&#x00F3;n de una nueva corte explicar&#x00ED;a la aparici&#x00F3;n de una nueva comunidad emocional). Hasta qu&#x00E9; punto estos problemas son el resultado de las fuentes disponibles para el periodo que estudia es algo que debatiremos en un apartado posterior.  </p>
			<p>Pese a estas debilidades, el gran m&#x00E9;rito de la aproximaci&#x00F3;n de Rosenwein consiste, precisamente, en se&#x00F1;alar el papel social de las emociones como creadoras de comunidades. No s&#x00F3;lo responde a la pregunta “¿qui&#x00E9;n se emociona?”, sino que coloca esta identificaci&#x00F3;n en primer plano. A partir de este estudio deberemos tener en cuenta que hablar de emociones es hablar siempre de individuos, aunque no exclusivamente de ellos. </p>
			</sec>
			
			
			<sec id="S2.3">
			<title>2.3. Conceptos, m&#x00E9;todos y teor&#x00ED;as </title>
			
			<p>El siguiente punto sobre el que Burke llama nuestra atenci&#x00F3;n es el de los conceptos, m&#x00E9;todos y teor&#x00ED;as. Como hemos visto en los dos apartados anteriores, gran parte del trabajo realizado por los historiadores de las emociones ha consistido en desarrollar nuevos conceptos que les permitan trabajar con su novedoso objeto de estudio. Ya sean comunidades emocionales, estilos (Stearns, <xref ref-type="bibr" rid="CIT34">1994</xref>), reg&#x00ED;menes, o refugios, la tarea de acu&#x00F1;ar t&#x00E9;rminos que nos permitan hablar de las emociones en la historia es una de las tareas m&#x00E1;s fruct&#x00ED;feras e interesantes, por lo que conlleva de experimentaci&#x00F3;n y creatividad. No ha sido as&#x00ED;, sin embargo, en el apartado metodol&#x00F3;gico. Esto es especialmente evidente en un reciente texto, ya citado, de Barbara Rosenwein titulado “<italic>Problems and Methods in the History of the Emotions”</italic>. El mayor problema de Rosenwein, en este y otros textos, es la deuda que ha contra&#x00ED;do con uno de sus principales referentes, que no es otro que Brian Stock y su an&#x00E1;lisis de las “comunidades textuales” (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT32">2010</xref>, p. 11)<xref ref-type="fn" rid="NOTE07">7</xref>. La propuesta de Rosenwein podr&#x00ED;a resumirse en el emplazamiento de estas “comunidades textuales”, mediante la localizaci&#x00F3;n de textos relacionados con emociones (y s&#x00F3;lo emociones) (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2007</xref>, p. 1313), a trav&#x00E9;s de la presencia, o no, de t&#x00E9;rminos que las designen. Estos t&#x00E9;rminos deber&#x00E1;n ser problematizados (una palabra que nosotros relacionamos con una emoci&#x00F3;n puede estar relacionada con otra en el pasado) a trav&#x00E9;s de la lectura de te&#x00F3;ricos contempor&#x00E1;neos a la comunidad objeto de estudio y evaluando su importancia o “peso” en los textos (entendido, en primer lugar, como la frecuencia de aparici&#x00F3;n del t&#x00E9;rmino en el total del texto) (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT32">2010</xref>, p. 12-17). A estas recomendaciones une la de prestar atenci&#x00F3;n a las palabras no dichas, las met&#x00E1;foras y las iron&#x00ED;as. El m&#x00E9;todo de Rosenwein, por muy novedoso que sea su objeto, no deja de ser el tradicional de la historia: localiza los textos pertinentes, anal&#x00ED;zalos y obt&#x00E9;n conclusiones. Que la historia nace con la escritura es parte de la definici&#x00F3;n m&#x00E1;s tradicional de la disciplina. Que podemos ir m&#x00E1;s all&#x00E1; de ella es algo que hemos aprendido hace relativamente poco. </p>
			
			<p>El libro editado por Gouk y Hills es, en este aspecto, bastante m&#x00E1;s interesante. Las aportaciones de los distintos autores van desde la historia de las ideas (Hills, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2005</xref>) hasta los estudios centrados en las pr&#x00E1;cticas cient&#x00ED;ficas del siglo XX (Dror, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2005</xref>), sin olvidar el que tal vez sea el m&#x00E1;s interesante de todos los textos reunidos en este libro conjunto: el de Michael Schwartz y su estudio sobre Giotto y Piero de la Francesca, que intenta cambiar nuestra concepci&#x00F3;n sobre los <italic>affetti</italic> en la Baja Edad Media e inicios del Renacimiento a trav&#x00E9;s del estudio de la cultura visual de estos autores (Schwartz, <xref ref-type="bibr" rid="CIT33">2005</xref>). Lo mismo podemos decir del libro colectivo editado por Alberti y dedicado a la historia de la medicina (Alberti, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">2006b</xref>), en el que el estudio de los cambios producidos en la terminolog&#x00ED;a cient&#x00ED;fica sobre emociones (Dixon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2006</xref>) convive con la atenci&#x00F3;n prestada a pr&#x00E1;cticas culturales m&#x00E1;s amplias, como las del mundo del espect&#x00E1;culo (Hayward, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2006</xref>). En este sentido, sin embargo, el ejemplo m&#x00E1;s interesante es, sin ninguna duda, el libro que Joanna Bourke (<xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2005</xref>) dedica al miedo. Las pr&#x00E1;cticas y enfoques analizados por la autora son tan numerosos (desde el psicoan&#x00E1;lisis al control de masas, del cuidado de los ni&#x00F1;os a las tecnolog&#x00ED;as de la informaci&#x00F3;n) que es f&#x00E1;cil clasificar este libro, centrado en la cultura anglosajona desde mediados del siglo XIX hasta finales del XX, como el mejor ejemplo posible de lo que Clifford Geertz llam&#x00F3; <italic>descripci&#x00F3;n densa</italic>. A la densidad descriptiva une Bourke su inteligente an&#x00E1;lisis cr&#x00ED;tico de otras aproximaciones posibles, como la <italic>emocionolog&#x00ED;a</italic> y la psicohistoria, as&#x00ED; como una reflexi&#x00F3;n sobre los l&#x00ED;mites de sus propias elecciones metodol&#x00F3;gicas<xref ref-type="fn" rid="NOTE08">8</xref>. Su propuesta para analizar la historia de las emociones, que pretende evitar algunas de las limitaciones ya expresadas en anteriores apartados de este ensayo, apuesta por centrar la atenci&#x00F3;n en lo que la emoci&#x00F3;n (el miedo en su caso) <italic>hace </italic>(Bourke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2005</xref>, p. 353), lo que nos reconduce, nuevamente, a la dimensi&#x00F3;n pol&#x00ED;tica de las emociones, su papel en las relaciones interpersonales y su nexo con el poder, una propuesta que ella llama <italic>Aestesiolog&#x00ED;a</italic> (Bourke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2005</xref>, p. 353-356; Bourke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2003</xref>, p. 123-126).  </p>
			
			<p>Al hablar de teor&#x00ED;a, por tanto, podemos detectar nuevamente el peso del construccionismo y la cr&#x00ED;tica post-moderna a la historia m&#x00E1;s tradicional en la atenci&#x00F3;n prestada a pr&#x00E1;cticas heterog&#x00E9;neas, a las relaciones de poder, etc., sin dejar, por eso, de denunciar los l&#x00ED;mites de la post-modernidad. Tambi&#x00E9;n hemos se&#x00F1;alado el intenso trabajo de acu&#x00F1;aci&#x00F3;n de conceptos, muchos de ellos compartidos por diversos autores. Sin embargo, al centrarnos en la metodolog&#x00ED;a el resultado es bastante m&#x00E1;s decepcionante: el an&#x00E1;lisis de textos es el recurso m&#x00E1;s utilizado por los autores estudiados, excepto contados casos.  </p>
			</sec>
			
			
			<sec id="S2.4">
			<title>2.4. Fuentes</title>
			
			<p>A la hora de tratar un nuevo tema de investigaci&#x00F3;n hist&#x00F3;rica es fundamental realizar un profundo trabajo de revisi&#x00F3;n sobre las fuentes. Sin embargo, cuando no s&#x00F3;lo el tema sino el enfoque del mismo comparten esa novedad, el trabajo sobre las fuentes se convierte en doblemente importante, y por tanto doblemente problem&#x00E1;tico (Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2003</xref>). Ante tal situaci&#x00F3;n el trabajo con las fuentes es doble: por un lado, la lectura de fuentes conocidas desde el nuevo punto de vista; por otro, la aportaci&#x00F3;n de nuevas fuentes. La historia de las emociones ha sido especialmente fruct&#x00ED;fera en la primera de estas tareas. Un ejemplo evidente es el de William Reddy, que centra la segunda parte de su libro en una relectura de las fuentes conocidas sobre la revoluci&#x00F3;n francesa (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 141-210), as&#x00ED; como en el an&#x00E1;lisis de una serie de registros judiciales posteriores (Reddy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2001</xref>, p. 211-314), todo ello desde el punto de vista de su teor&#x00ED;a de las emociones. En la misma direcci&#x00F3;n se mueve Bourke, si bien en su caso, como ya hemos indicado, las fuentes utilizadas son tan numerosas como heterog&#x00E9;neas. Son especialmente inspiradores los cap&#x00ED;tulos dedicados a los terrores de la infancia (Bourke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2005</xref>, p. 81-108) y a la segunda guerra mundial (Bourke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2005</xref>, p. 222-254). Menci&#x00F3;n especial merece el libro de Alberti sobre la historia del coraz&#x00F3;n como centro en que se gestan las emociones, tanto a nivel de la cultura popular como en la historia de la medicina (Alberti, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2010</xref>). Utiliza, para llevarla a cabo, fuentes m&#x00E1;s o menos conocidas para los historiadores de la medicina, como son la autopsia del famoso cirujano ingl&#x00E9;s John Hunter (1728-1793) (Alberti, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2010</xref>, p. 41-60), o la autobiograf&#x00ED;a de la escritora y activista inglesa Harriet Martineau (1802-1876) (Alberti, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2010</xref>, p. 120-139). La lectura de ambos textos desde el prisma de la historia de las emociones, sin embargo, consigue encontrar nuevos datos relevantes all&#x00E1; donde otros hab&#x00ED;an descontado an&#x00E9;cdotas. La historia de la angina de pecho o la importancia de ser diagnosticada con una enfermedad card&#x00ED;aca en vez de uterina cobran nuevo significado gracias a la estupenda relectura de las fuentes realizada por Fay Bound Alberti.</p>
			
			<p>No ha resultado, al menos hasta el momento, tan fruct&#x00ED;fera la localizaci&#x00F3;n de nuevas fuentes<xref ref-type="fn" rid="NOTE09">9</xref>. Todos los ejemplos se&#x00F1;alados, y otros que podr&#x00ED;an traerse a colaci&#x00F3;n, basan sus excelentes resultados en la relectura de fuentes, pero ninguno, hasta lo que conocemos, ha intentado encontrar nuevas. Est&#x00E1; claro que una parte del problema reside en la dificultad de determinar qu&#x00E9; puede ser una fuente para la historia de las emociones que no sean textos que hablen sobre emociones, como se&#x00F1;ala Rosenwein. Pero si aceptamos sin m&#x00E1;s esta situaci&#x00F3;n nos encontraremos con casos, precisamente, como el de las comunidades emocionales de Rosenwein: la escasez de fuentes tradicionales (sean l&#x00E1;pidas en cementerios o poemas cortesanos) produce una imagen de la vida emocional del pasado fragmentada, superficial y, en muchos casos, poco convincente. No se limita este problema a aquellos estudiosos de pasados remotos. Que las clases populares del siglo XIX han dejado pocas fuentes escritas de informaci&#x00F3;n (o que, en el caso de existir, son de dominio privado) es de sobra conocido. La historia de la medicina tiene su propia forma de aproximarse a este problema, que podemos identificar con lo que se ha llamado “perspectiva del paciente” (Porter, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1985</xref>). En el libro editado por Alberti encontramos, de hecho, notables ejemplos de este tipo de estudios, como el de Hillary Marland y su an&#x00E1;lisis del surgimiento de la “locura puerperal” en la Inglaterra del siglo XIX (Marland, <xref ref-type="bibr" rid="CIT23">2006</xref>). El texto sigue tres l&#x00ED;neas de investigaci&#x00F3;n m&#x00E1;s o menos complementarias. Por un lado, el an&#x00E1;lisis de la evoluci&#x00F3;n de los textos cient&#x00ED;ficos sobre el tema a lo largo del siglo XIX; en segundo lugar, las pr&#x00E1;cticas m&#x00E9;dicas ejercidas sobre estas mujeres en los casos en que se produc&#x00ED;a su internamiento en instituciones psiqui&#x00E1;tricas; en tercer y &#x00FA;ltimo lugar, el an&#x00E1;lisis de las pr&#x00E1;cticas de cuidado que se realizaban dentro del hogar de la enferma. En los tres casos, el foco se sit&#x00FA;a en la experiencia del paciente, ya sea a la hora de identificar su estado como una enfermedad, de aplicar un tratamiento o de estudiar el papel de los maridos en la recuperaci&#x00F3;n de la esposa. Pero nuevamente nos encontramos con el mismo problema: las fuentes empleadas son, en su mayor parte, producidas por los m&#x00E9;dicos que las tratan: tratados de medicina, libros para el cuidado de enfermos en el hogar, casos m&#x00E9;dicos guardados en los archivos… todas las fuentes son producidas para estas madres “locas”; madres que nunca elaboran una narraci&#x00F3;n de sus sentimientos, o que si lo hicieron no fueron conservadas. La utilizaci&#x00F3;n de estas fuentes, por muy lograda y excepcional que pueda llegar a ser –y como son en la mayor&#x00ED;a de los casos mencionados en este apartado–, deja una zona inexplorada, un gran blanco en el mapa emocional de las sociedades del pasado. Una zona habitada por aquellos que no nos han dejado fuentes escritas. En lo que respecta a las fuentes, la historia de las emociones debe ser capaz de encontrar fuentes alternativas que iluminen aspectos del pasado que hasta el momento han quedado “por debajo del radar”.  </p>
			</sec>
		</sec>
			
		<sec id="S3">
			<title>3. CONCLUSIONES </title>
			
			<p>La producci&#x00F3;n en historia de las emociones en los &#x00FA;ltimos diez a&#x00F1;os ha sido excepcional, tanto en la cantidad como en la calidad de la misma. En los &#x00FA;ltimos cinco a&#x00F1;os, adem&#x00E1;s, se ha producido un proceso de institucionalizaci&#x00F3;n que ha dado lugar a la aparici&#x00F3;n de centros dedicados a su estudio en Londres, Berl&#x00ED;n o Sidney, proyectos de investigaci&#x00F3;n financiados por instituciones p&#x00FA;blicas y privadas, exhibiciones en museos de reconocido prestigio internacional, etc. Resulta obvio decir que la historia de las emociones ha evolucionado desde que Burke escribiera su texto en 2005. Sin embargo, como hemos visto, esta evoluci&#x00F3;n en el reconocimiento institucional y p&#x00FA;blico no viene emparejada con un desarrollo interno de la disciplina, que sigue trabajando en coordenadas similares a las detectadas por el padre de la nueva historia cultural. No obstante, el an&#x00E1;lisis que hemos realizado en estas p&#x00E1;ginas nos permite extraer ciertas l&#x00ED;neas de fuerza que, desde nuestro punto de vista, conformar&#x00E1;n la historia de las emociones en los pr&#x00F3;ximos a&#x00F1;os, as&#x00ED; como &#x00E1;reas en las que se requiere un mayor desarrollo.  </p>
			
			<p>La primera de estas l&#x00ED;neas tiene que ver con el enfoque construccionista. Como resulta evidente por el an&#x00E1;lisis de los textos, se trata esta de la postura, convenientemente matizada, adoptada por la mayor&#x00ED;a de los autores. Esta elecci&#x00F3;n conlleva la realizaci&#x00F3;n de una historia cultural, tal y como avisaba Jordanova, que atienda a todos los aspectos de la vida humana. Este &#x00E9;nfasis en la construcci&#x00F3;n de las emociones debe, sin embargo, ser complementado por una definici&#x00F3;n m&#x00ED;nima, probablemente tentativa, de qu&#x00E9; es una emoci&#x00F3;n, esto es, qu&#x00E9; funci&#x00F3;n cumplen las emociones en la vida del individuo. La propuesta de Reddy contiene algunos elementos que son interesantes en este punto, sobre todo su definici&#x00F3;n de la emoci&#x00F3;n como “percepciones” que no alcanzan a despertar nuestra “atenci&#x00F3;n”, pero que s&#x00ED; est&#x00E1;n “activadas” y, por tanto, afectan a nuestra relaci&#x00F3;n con el entorno. C&#x00F3;mo afectan a esas relaciones, es decir, el “qu&#x00E9; hacen las emociones” apuntado por Bourke, es un punto que debe tratarse en mayor profundidad, y que est&#x00E1; estrechamente relacionado con el “qui&#x00E9;n” que pon&#x00ED;a de manifiesto Rosenwein. Estas dos preguntas resultan fundamentales, ya que en ellas reside la historicidad de las emociones, sin que esto implique la existencia de un sustrato universal y biol&#x00F3;gico modificado culturalmente. Desde nuestro punto de vista, qu&#x00E9; hace una emoci&#x00F3;n y qui&#x00E9;n es afectado son parte de lo que <italic>es</italic> una emoci&#x00F3;n. Detectar cambios en estos dos par&#x00E1;metros es detectar cambios <italic>en</italic> la emoci&#x00F3;n. La c&#x00F3;lera del rey, por utilizar un ejemplo de Rosenwein, no es la misma c&#x00F3;lera del campesino modulada culturalmente de forma distinta, son dos emociones diferentes(Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">2006</xref>, p. 11; Althoff, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1998</xref>). La psicolog&#x00ED;a social, extra&#x00F1;amente poco explorada por estos autores, puede ofrecer nuevas perspectivas desde las que desarrollar esta “definici&#x00F3;n m&#x00ED;nima” (Tiedens y Leach, <xref ref-type="bibr" rid="CIT37">2004</xref>). </p>
			
			<p>El segundo aspecto tiene que ver, en primer lugar, con la definici&#x00F3;n de la disciplina, y en &#x00FA;ltima instancia deber&#x00E1; apoyarse en una teor&#x00ED;a sobre la cultura, por muy tentativa que esta pueda ser. Desde nuestro punto de vista, y as&#x00ED; nos parece entender la mayor&#x00ED;a de los textos analizados, la historia de las emociones deber&#x00E1; apostar por un enfoque orientado a trav&#x00E9;s del n&#x00FA;cleo de la historia cultural, tal y como la define Mary Fissell: la atenci&#x00F3;n al proceso de creaci&#x00F3;n de significados (Fissell, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">2004</xref>, p. 365). Una apuesta que empuja a huir de las “fotos fijas”, al estilo de las comunidades emocionales de Rosenwein, para centrarse en los procesos, como se&#x00F1;alaba Alberti. Para ello es necesario una teor&#x00ED;a de la cultura que acent&#x00FA;e su car&#x00E1;cter relacional y din&#x00E1;mico y que renuncie a la constituci&#x00F3;n de formas previas, como las de sujeto y objeto. </p>
			
			<p>El tercer campo de actuaci&#x00F3;n tiene que ver con la ampliaci&#x00F3;n del alcance de la historia de las emociones hacia aquellos que, como hemos visto, no han dejado tras de s&#x00ED; evidencias escritas de su vida emocional. Esto implica la necesidad de multiplicar nuestras fuentes, tanto a trav&#x00E9;s de nuevas lecturas de fuentes conocidas o de la localizaci&#x00F3;n de nuevas fuentes textuales<xref ref-type="fn" rid="NOTE10">10</xref> como del uso de otros tipos de fuentes cuyas posibilidades, hasta el momento, no han sido explotadas por la historia de las emociones, como pueden ser las fuentes visuales y las materiales. </p>
		</sec>
	</body>
			
			
	<back>
		
		<ack>
			<title>AGRADECIMIENTOS</title>
			<p>El presente trabajo se ha podido realizar gracias a una Beca para la Formaci&#x00F3;n de Investigadores, modalidad predoctoral, del Departamento de Educaci&#x00F3;n, Universidades e Investigaci&#x00F3;n del Gobierno Vasco, ref. BFI07.33, dentro de los Proyecto de Investigaci&#x00F3;n «Epistemolog&#x00ED;a Hist&#x00F3;rica; estilos emocionales en los siglos XIX y XX» (FFI2010-20876), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovaci&#x00F3;n, y «CREP-CM - Estudios de Ciencia y Cultura: Culturas, Espacios, Representaciones y Pr&#x00E1;cticas», financiado por la Comunidad de Madrid.</p>
		</ack>
		
		<sec id="notas">
			<title>NOTAS</title>
				 <fn-group>
				
					<fn id="NOTE01"><label>1</label>	 <p>“Our starting point is that ‘<italic>the</italic> emotions’, unchanging within human nature, transcending historical conditions, do not exist. Rather, ‘emotions’ are brought into being socially and historically […]”, Gouk y Hills, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">2005a</xref>, p. 15.</p></fn>

					<fn id="NOTE02"><label>2</label>	 <p>Este grupo aparece, de forma m&#x00E1;s o menos consistente, en todos los art&#x00ED;culos publicados desde el a&#x00F1;o 2000, hasta el punto de convertirse pr&#x00E1;cticamente en un listado “can&#x00F3;nico” (Bourke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2003</xref>; Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT29">2002</xref>; Tausiet y Amelang, <xref ref-type="bibr" rid="CIT36">2009</xref>; Matt, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">2011</xref>). A este listado se unen, de forma m&#x00E1;s o menos habitual, representantes de la psicohistoria, sobre todo el estadounidense de origen alem&#x00E1;n Peter Gay.</p></fn>

					 <fn id="NOTE03"><label>3</label>	 <p>Alberti ha criticado que esta aproximaci&#x00F3;n presupone un “yo emocional esencial” que, siendo influido por su contexto social, sin embargo lo prefigura. Desde su punto de vista, que compartimos, estas aproximaciones deber&#x00ED;an tomar en cuenta los procesos en los cuales se produce el significado de las emociones (Alberti, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2006</xref>, p. Xvi).</p></fn>

					<fn id="NOTE04"><label>4</label>	 <p>El caso m&#x00E1;s evidente es el de Rosenwein. Pese a que en la introducci&#x00F3;n de su libro apuesta por una comprensi&#x00F3;n de las emociones como parte del proceso cognitivo, en la l&#x00ED;nea de Reddy o Martha Nussbaum, este componente cognitivo de las emociones no juega ning&#x00FA;n papel en los estudios de caso contenidos en su libro (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">2006</xref>, p. 13).</p></fn>

					<fn id="NOTE05"><label>5</label>	 <p>Vemos en esta definici&#x00F3;n, al igual que en Reddy y Stearns, el &#x00E9;nfasis en el <italic>emotional management</italic> que, dice Burke, caracteriza a aquellos que se decantan por una posici&#x00F3;n m&#x00E1;s <italic>naturalista</italic>.</p></fn>

					<fn id="NOTE06"><label>6</label>	 <p>Rosenwein plantea varios conjuntos de comunidades emocionales que contienen, a su vez, subconjuntos. El ejemplo, en su caso, ser&#x00ED;a una comunidad emocional que podr&#x00ED;amos identificar como “cristiandad” compuesta por peque&#x00F1;os subconjuntos como los de las comunidades de Trier, que comparten ciertas caracter&#x00ED;sticas pero se diferencian en otras. La comunidad mayor convive, a su vez, con otras que se componen, igualmente, de diversas comunidades menores (Rosenwein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">2006</xref>, p. 24).</p></fn>

					<fn id="NOTE07"><label>7</label>	 <p>El texto citado por Rosenwein es Stock, <xref ref-type="bibr" rid="CIT35">1983</xref>.</p></fn>

					<fn id="NOTE08"><label>8</label>	 <p>Este an&#x00E1;lisis est&#x00E1; recogido y ampliado respecto a lo presentado en el libro en el ya citado Bourke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2003</xref>.</p></fn>

					<fn id="NOTE09"><label>9</label>	 <p>Nuevamente Bourke es una excepci&#x00F3;n, a trav&#x00E9;s de la localizaci&#x00F3;n de escritos de pacientes o memorias autoeditadas.</p></fn>

					<fn id="NOTE10"><label>10</label>	 <p>Como el excelente trabajo llevado a cabo desde la Red de Archivos e Investigadores de la Escritura Popular, http://www2.uah.es/siece/red/aiep.htm.</p></fn>
					
			</fn-group>	 	   
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	<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
	
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			  <comment>pp. 139-153</comment>
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			  <fpage>113</fpage>
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			  <comment>pp. 223-234</comment>
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