Durante siglos, el Diluvio Universal fue considerado un evento clave en la historia sacra narrada en la Biblia. En él se veía un ejemplo paradigmático del castigo divino por los pecados humanos y el punto de partida de una nueva etapa para la humanidad y los otros animales tras un momento de peligro en el que rozaron la extinción. Pero el Diluvio fue también considerado, en los primeros siglos de la Europa moderna, un evento que podía estudiarse desde una perspectiva científica que reuniese tanto el relato mosaico como las últimas teorías físicas o geológicas, lo cual acabaría por conformar la peculiar operación teórica de fundar una comprensión materialista de la historia bíblica. Sobre esta historia natural mosaica y la importancia del Diluvio trata After the Flood, ensayo premiado con el premio Morris D. Forkosch y escrito por Lydia Barnett, doctora por Stanford y profesora de la Northwestern University de Illinois especializada en historia de la ciencia y el medio ambiente en la Edad Moderna.
A lo largo del ensayo, se muestra la importancia del Diluvio entre finales del siglo XVI y principios del XVIII y se presentan algunas teorías que interpretaban este fenómeno, sobre el que se cernían diversas dudas: ¿Había afectado el Diluvio a toda la Tierra o había sido, más bien, un fenómeno local del pueblo hebreo? ¿Es posible trazar un paralelismo entre este y el Apocalipsis? ¿Han de ocupar estos dos eventos un papel similar en la ciencia? ¿Cuáles fueron, en resumen, la escala, causas y consecuencias del Diluvio? Las teorías fueron muy diversas, estuvieron frecuentemente cerca de la herejía o la heterodoxia, y diferían entre sí incluso para determinar cuál debía ser la disciplina que estudiara un fenómeno como ese. Pero Barnett no se limita a estudiar diversas teorías filosóficas, teológicas y científicas sobre el Diluvio, sino que también enmarca esta cuestión en las redes internacionales e interconfesionales de correspondencia intelectual de la época o en las necesidades imperiales de las distintas potencias europeas. Asimismo, la historia natural mosaica reúne la historia natural y la historia humana gracias al Diluvio, pues este es el origen de transformaciones geológicas a escala planetaria y, a la vez, el resultado del pecado humano. De tal modo se nos presenta en este ensayo un panorama amplio y denso de algunas interpretaciones modernas del Diluvio, pero estas no limitan su alcance al siglo XVI o XVII: el Diluvio, como fenómeno universal, estaría, según Barnett, en el origen de la noción de un medioambiente global, importante hoy en día para analizar fenómenos tan cruciales como el cambio climático, entendido como un cambio a escala plantearía. Esta historia del pensamiento moderno sería también, por tanto, una prehistoria posible del (concepto de) Antropoceno, la época geológica en la que la humanidad tiene influencia significativa sobre los sistemas naturales de la Tierra. Tradicionalmente, la ampliación de la historia planetaria a escalas temporales mucho más amplias que los pocos miles de años que se derivan de la Biblia, así como el ascenso de la ciencia secular, se habían considerado condiciones de posibilidad de la idea de Antropoceno. Frente a ello, el ensayo de Barnett tiene entre sus mayores virtudes la de ampliar una historiografía para la cual el origen de esta idea, la de una influencia humana decisiva sobre el medio ambiente planetario, se había vinculado siempre con épocas posteriores al Renacimiento o el Barroco.
En el primer capítulo, Lydia Barnett se centra en las Lettere di philosophia naturale de Camilla Erculiani, una filósofa natural del Renacimiento italiano aún poco conocida a pesar de ser, según lo muestra Barnett, la primera persona de la Europa moderna en afirmar, en una argumentación amplia y coherente, la capacidad de los seres humanos de causar un daño significativo al medio ambiente global. Las características del cuerpo humano, su longevidad y grandes dimensiones, predispondrían a nuestra especie a romper el equilibrio natural de los elementos, hasta el punto de acabar generando una inundación global, que acabó con gran parte de la humanidad y devolvió a la Tierra su natural equilibrio. La tradición meteorológica medieval, de raíz aristotélica, consideraba hasta el momento que solo las lluvias e inundaciones parciales, que afectan a una parte concreta del mundo, podían entenderse por sus causas naturales. Erculiani, frente a ello, reinserta el Diluvio Universal en la filosofía natural, desdibujando con ello los límites entre teología y meteorología. Resulta especialmente interesante en la argumentación de Barnett cómo la condición de mujer de Erculiani, el género científico epistolar, tradicionalmente masculino, y los contenidos novedosos de las Lettere se vinculan entre sí: Erculiani opta por tomar como autoridad la naturaleza y la Biblia, y no otros escritores, utilizando así la idea -cada vez más importante- de la autoridad de la naturaleza para establecer el valor de sus palabras más allá de la autoridad masculina y las convenciones de la filosofía natural, hecha, hasta el momento, principalmente por hombres. Incluso llegó Erculiani a afirmar, no sin problemas con las autoridades religiosas, que la condición femenina era menos pecaminosa que la de los hombres.
En el segundo capítulo, se muestran los vínculos entre la cuestión del Diluvio y el imperialismo europeo. Algunos autores vieron la necesidad de defender la universalidad del Diluvio. Colonizados y colonizadores formarían parte, en ese caso, de una misma historia humana, serían herederos de un mismo pecado original y de las transformaciones geológicas planetarias del Diluvio. Tendrían incluso un mismo padre, Adán, y después Noé. A esto se le denomina monogenismo. Era necesario, a partir de ello, determinar cómo y cuándo llegaron a América los pueblos precolombinos y cuál era su origen étnico. Respecto a lo primero, la solución más frecuente, defendida por Antonio de la Calancha y Louis Bourguet, fue plantear que llegaron mediante un puente entre América y el norte de Asia. Sobre lo segundo, los pueblos colonizados podrían provenir de distintos hijos de Noé, como Cam o Jafet, y, si avanzamos en el tiempo, de poblaciones como los tártaros, un pueblo seminómada y poco desarrollado. Así, formarían parte de una misma humanidad y, a la vez, serían inferiores a los europeos. Frente a la idea frecuente de que el monogenismo se alejaría del racismo al proponer un único linaje humano, Barnett muestra que el monogenismo mantuvo importantes distinciones raciales y que la posible dimensión igualitaria de las teorías monogenistas fue también un freno a las defensas indígenas de autonomía.
En el capítulo posterior, se trazan las continuidades y discontinuidades entre Thomas Burnet y John Woodward. Ambos desarrollaron en profundidad una teoría del Diluvio desde la filosofía natural, pero mantuvieron diferencias sobre el carácter ruinoso de la Tierra y la humanidad, así como sobre las posibilidades de mejora y redención que podíamos esperar en esta Tierra postdiluviana. Encontramos en esta parte del libro dos hallazgos léxicos por parte de Barnett, claramente desarrollados a partir de antropoceno: Edenocene -la Tierra anterior a la Caída- y Fallocene -la Tierra posterior a la caída, en la que nos encontramos-. Si seguimos a Burnet en su Telluris Theoria Sacra, la primera de estas etapas geológicas tuvo una naturaleza paradisiaca y un clima estable. El Diluvio, con sus causas físicas, habría sido el comienzo de la segunda etapa, caracterizada por una naturaleza decaída, incluso ruinosa, paralela a la misma decadencia de los seres humanos. Como era de esperar, esta mecanización de la historia sagrada, que daba causas naturales al Diluvio, tuvo numerosos críticos, que consideraban impías sus teorías: solo los teólogos debían estudiar los milagros, Cristo debía tener alguna importancia en la historia geológica de la Tierra, etc. Otros, como John Woodward, mantuvieron una posición más ambivalente: aceptando la importancia que Burnet daba al Diluvio, la gran degradación en la naturaleza no sería, como para Burnet, una degradación del aire, sino de la tierra. Esto permitió pasar del pesimismo radical de Burnet a la idea que la mejora de la agricultura apaciguaría el carácter ruinoso de la naturaleza, dando con ello esperanzas en una salvación alcanzada mediante el trabajo. Frente a ello, el trabajo era, para Burnet, simple castigo: desprecio aristocrático de la labor, en un caso; espíritu del capitalismo, en el otro.
Otro autor importante en el ensayo, estudiado en el cuarto capítulo, es Johann Jakob Scheuchzer, un naturalista suizo que Barnett toma como ejemplo para mostrar la red de correspondencia que articulaba la República de las Letras. Scheuchzer, en su Kupfer Bibel, entiende el Apocalipsis como la última gran transformación terráquea tras la Creación y el Diluvio, y establece notables paralelismos entre Diluvio y Apocalipsis: el primero es un cambio por el agua, el segundo por el fuego. Pero, con el avance del siglo, se generalizó la idea de que mientras que el Diluvio era un objeto de estudio importante para la filosofía natural, el Apocalipsis no podía serlo, pues, si bien en ambos casos la evidencia empírica es muy limitada, sí era posible, en el caso del Diluvio, observar sus (posibles) consecuencias y vestigios, comenzando por los fósiles que frecuentemente intercambiaban los naturalistas de la época. Resulta especialmente valioso en el ensayo su capacidad para rastrear el origen de ideas hoy en día evidentes. La jerarquía epistémica que se establece entre Diluvio y Apocalipsis, así, formaría parte de una genealogía de la jerarquía epistémica entre el pasado y el futuro, estaría en el origen de la idea, en absoluto evidente en la Modernidad, de que el pasado (al menos el de la historia sacra) podía conocerse en mayor medida que el porvenir, lo cual estaría incluso en el origen, a su vez, de la geología como disciplina científica del XVIII.
Finalmente, en el quinto y último capítulo de ensayo, volvemos a Italia, pero ya en el siglo XVIII y con Antonio Vallisneri como protagonista. Este naturalista defendió que el Diluvio no cambió la Tierra geológicamente, sino que cambió su clima hasta el punto de empeorar los cuerpos humanos, cuyos daños fueron heredando y mantuvieron cuando la Tierra volvió a su clima habitual. Con ello, Vallisneri optó por expulsar teóricamente al Diluvio de la filosofía natural. Esto también era, en la práctica, un intento de contrarrestar las teorías inglesas del Diluvio en un contexto de cortesía intelectual, propia de la República de las Letras, pero también de disputas nacionales y confesionales en Europa, que tensaban esta cortesía e influían sobre las teorías científicas.
Si el ensayo comienza con Erculiani vinculando la acción humana y el Diluvio, acaba con Vallisneri queriendo eliminar el Diluvio de la filosofía natural, rompiendo la simetría entre la decadencia humana y la de la naturaleza, y, con ello, rompiendo la unificación de historia natural y humana que Barnett nos presenta durante todo el ensayo. Pero en este trayecto Barnett nos ha presentado una argumentación capaz de vincular sólidamente filosofía natural, política imperial y teorías raciales. Así, el lector puede conocer las ideas, casi desconocidas, de Camilla Erculiani; la oposición entre el Diluvio parcial y universal o entre el monogenismo y el poligenismo y sus implicaciones raciales; la distinción entre Apocalipsis y Diluvio y su relación con la red transnacional de correspondencia intelectual e intercambio de fósiles o las distintas teorías sobre el origen de los pueblos precolombinos y los modos en los que llegaron a América. Todo ello acaba por construir un amplio recorrido por el mundo, hoy lejano, de la historia natural mosaica.