Reseña del libro "Melancolía e Ilustración. Diálogos cervantinos en torno a Cadalso"

 

RESEÑAS DE LIBROS/BOOK REVIEWS

 

RESEÑA DEL LIBRO "MELANCOLÍA E ILUSTRACIÓN. DIÁLOGOS CERVANTINOS EN TORNO A CADALSO"

 

Peset, José Luis. Melancolía e Ilustración. Diálogos cervantinos en torno a Cadalso. Madrid, Abada, 2015, 268 páginas [ISBN 978-84-16160-36-5].

 

En la playa de Barcino, frente al mar. Como en los inmortales versos de León Felipe, el autor de este muy personal libro se presenta a la manera del caballero de la triste figura: al final de su aventura intelectual, algo abatido pero aferrado a sus antiguas armas, a sus ideales, así como a sus demonios y sus fantasmas. Pocas veces el reseñista lo tuvo más fácil: desde el “prólogo sin morrión” (ese yelmo que empleaban los Tercios de Flandes, un guiño al “prólogo con morrión” del Padre Isla en Fray Gerundio), José Luis Peset, historiador de la medicina y de la ciencia, discípulo de Laín y Granjel, compañero y discípulo en cierto sentido también de López Piñero, explicita su agenda y detalla por qué este libro, con qué fin, cómo debe leerse en su trayectoria, a la que pretende poner punto final con estos diálogos cervantinos sobre Cadalso.

Sin morrión, en efecto: Peset no esconde su identificación con el biografiado, un intelectual de provincias al que le fue ajena la corte, un hombre más situado en la periferia que en el poder. Dueño de un estilo largamente trabajado por debajo de su “torpe aliño indumentario”, Peset hace desfilar a través de estos diálogos ensayísticos o de este ensayo dialogado o monologado algunos de sus tópicos característicos y familiares: la universidad y la enseñanza (son clásicas sus colaboraciones con su hermano Mariano y con Elena Hernández Sandoica), el ingenio y la melancolía en el siglo de Oro y la Ilustración, “cuyo fresco desconchado de la ciencia” ha contribuido a restaurar, cuyo colapso o quiebra parece detectar entonces y ahora, en gesto irremediablemente melancólico, difícil de rebatir, pero necesario apostillar, tal vez enderezar. Nunca el reseñista lo tuvo más difícil: su invitación a que otros sigan la tarea, sus reflexiones sobre el alcance y los límites de la Ilustración española, su insuficiencia y naturaleza, nos tocan a unos cuantos de cerca. El libro puede leerse como un epílogo con lanza y adarga, una elegía de la ciencia ilustrada destinada, más que a la “redención patria”, a la defensa de unos valores “para que no empeore aun más la vida entre nosotros”. 100% Peset.

Es un libro exigente: aunque el centro sea Cadalso, sus Cartas marruecas, los eruditos a la violeta y las noches lúgubres, como si fuera un palimpsesto Ilustración y Melancolía conserva y regresa a antiguas escrituras, cuyos rastros pueden leerse página a página. Así, el primer capítulo arranca con la gloria de la Marina (el Marqués de la Victoria, Jorge Juan, Gatell), se adentra en la otra cara de las expediciones y termina con el corazón y la lecturas (las pasiones, la dialéctica entre razón y emoción, entre ciencias y letras). Peset deambula con cierto desorden, se entretiene con temas laterales o colaterales, engastados todos con poderosa erudición. Algunos distraen del argumento central, otros sin embargo lo iluminan con la brillantez de sus mejores páginas: como en las obras de Antonio Canova, el escultor neoclásico, se nos dice, “en el futuro la melancolía impregnará los monumentos funerarios del siglo”, una de esas frases que encierra el libro entero, un diálogo coloquial, un soliloquio que busca la conversación, una pieza que aborda en varios tonos y armonías el tema de la vida de la fama y la posteridad. ¿Cuál es el lugar que ocupa el intelectual en el mundo moderno? ¿Cómo construye su imagen y cómo le gustaría verse retratado? Cadalso dejó unos versos “al pintor que me ha de retratar”, precisamente, donde el salamantino pedía que se le pintara al modo festivo, más frívolo que grave, más dionisiaco que apolíneo, tal y como ha señalado Álvarez Barrientos en varios de sus trabajos sobre la representación de los hombres de letras en el siglo XVIII. Pero uno no es dueño de cómo los demás le ven y recuerdan, ni seguramente deba serlo. Quizás nuestra mejores páginas no sean las que creíamos y nuestros errores, aquellos que nos golpean la conciencia, quizás no fueran tan graves. Uno es muchos, cada texto y cada autor son leídos por sus contemporáneos y por la posteridad de manera diversa. A unos el mejor Cadalso les parecerá el hombre herido de las noches lúgubres, a otros el desenfadado crítico de los violetos.

El segundo capítulo se adentra ya en la envolvente cuestión de la difícil modernidad española: una nación sin carácter, sin apenas monumentos, carente de patriotismo al servicio de la nación. Rodea la sempiterna polémica la ciencia española, si fue más endeble que otras o simplemente más aplicada que teórica, retomando a Forner y Moratín, a Laín y López Piñero, ese tema del que se quiere huir y que siempre regresa, que se añora y se teme, como en la canción de Serrat. Luego avanza por la academia y la tertulia, por la memoria y el olvido, las guerras de las ciencias y las letras, personificadas por el enfrentamiento entre Voltaire y Maupertuis. La construcción del héroe Jorge Juan a manos de Miguel Sanz, la seriedad de los violetos, la industria nacional y las artes mecánicas, el papel de Sancho y los ayudantes de cámara: el registro de temas es grande, así como el de los recursos de un autor que emplea su vasta cultura literaria, histórica, médica, musical y hasta cinematográfica (aparecen Pasolini y Sorrentino) para coser y trenzar sus argumentos.

El tercer capítulo desciende a los infiernos, a la tensión con el Romanticismo y al devaneo con el suicidio. Es la hora de poner a Tediato (el héroe de las Noches lúgubres) en el diván, donde Peset lo explora con su también ancha cultura psicoanalítica (de Pinel a Kristeva) y lo diagnostica en la línea de los dos grandes hispanistas imprescindibles para la materia, Nigel Glendinning y Russell P. Sebold, y de otro más reciente, Michael Iarocci, profesor en Berkeley y autor de un libro sustantivo sobre Cadalso, Larra, el Duque de Rivas y la modernidad en el romanticismo español. El dolor poético vincula a Garcilaso con Cadalso; el suicidio es un gesto; la escritura, una manía. Tras los poetas, los médicos: Pinel, Freud y Kraepelin. Es la vida médica y literaria de la melancolía, el faro, el buque vigía que conduce a los herederos de Aristóteles y Burton, a los letraheridos todos.

Finalmente, el capítulo cuarto regresa a Cádiz y los médicos de la Armada, es decir, a Pedro Gatell, autor del Argonauta y de varias obras cervantinas, centradas casi todas en la figura de Sancho Panza. Es el turno del peligro de la escritura para la salud mental, tema recurrente desde el Quijote a Madame Bovary. Es la hora del elogio de la vida campestre, de la desilusión de la Ilustración, de encarar la enfermedad, la fama y el infierno de los intelectuales. La tristeza y las damas (Peset da muestras aquí y allá de querer integrar los estudios de género a su gran repertorio) dan paso a los Quijotes del océano y a la fascinación que ejerció el hidalgo entre algunos de los más notables marinos del siglo (el citado Gatell, Fernández Navarrete y Malaspina, aquel “héroe necesario”). La coda viene con Algarotti y su túmulo funerario en un libro que se apoya en grabados, esculturas, partituras o versos, que habla de manicomios y escritorios, de aventuras a campo abierto y lecturas íntimas, que repasa los tonos y declinaciones de la melancolía y la Ilustración.

Es un libro, en efecto, que supone una “sentida y sentimental lectura personal del auge y fracaso de la ilustración española”, de su triste colapso, y más allá, o más adentro, un texto sincero, muy expuesto, en ocasiones íntimo, erudito siempre, elegante, cargado de lecturas y compromiso. ¿Vencidos? Entre Demócrito y Heráclito, no da la sensación de derrota, y si lo es, lo fue por una buena causa y de buenos modos. En estas páginas, José Luis Peset, una de las referencias de la historia de la ciencia española de los últimos 50 años, cabalga de nuevo, sin morrión, pero con lanza y adarga.

 

Juan Pimentel
IH, CSIC

 

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