Reseña de los libros "Die Philosophie der Sozinianer. Transformationen zwischen Renaissance-Aristotelismus und Frühaufklärung" y "Die Anfänge des Sozinianismus. Genese und Eindringen des historisch-ethischen Religionsmodells in den universitären Diskurs der Evangelischen in Europa"

 

RESEÑAS DE LIBROS/BOOK REVIEWS

 

RESEÑA DE LOS LIBROS "DIE PHILOSOPHIE DER SOZINIANER. TRANSFORMATIONEN ZWISCHEN RENAISSANCE-ARISTOTELISMUS UND FRÜHAUFKLÄRUNG" Y "DIE ANFÄNGE DES SOZINIANISMUS. GENESE UND EINDRINGEN DES HISTORISCH-ETHISCHEN RELIGIONSMODELLS IN DEN UNIVERSITÄREN DISKURS DER EVANGELISCHEN IN EUROPA"

 

Salatowsky, Sascha. Die Philosophie der Sozinianer. Transformationen zwischen Renaissance-Aristotelismus und Frühaufklärung. Stuttgart y Bad Cannstatt, Frommann-Holzboog, 2015, 519 páginas [ISBN: 978-3-7728-2675-7].

Kęstutis Daugirdas. Die Anfänge des Sozinianismus. Genese und Eindringen des historisch-ethischen Religionsmodells in den universitären Diskurs der Evangelischen in Europa. Göttingen, Vandenhoeck & Ruprecht, 2016, 636 páginas [ISBN: 978-3-525-10142-1].

 

El socinianismo, llamado así por el apellido de dos ciudadanos de Siena, Lelio Sozzini (1525-1562) y sobre todo su sobrino Fausto (1539-1604), llegó a constituir la “herejía” cristiana intelectualmente más poderosa del siglo XVII: según ella, Cristo no había existido antes de su nacimiento milagroso, sino que fue un mensajero completamente humano de la voluntad divina, al que Dios resucitó para mostrar la recompensa que aguarda a los creyentes; el infierno no existe: de acuerdo con la ley natural, tanto el cuerpo como el alma quedan aniquilados por la muerte; la resurrección a la vida eterna es una recompensa sobrenatural reservada por Dios a quienes siguen el ejemplo de Cristo. Estas ideas de los socinianos llegaron a desempeñar un muy notable papel en la Ilustración temprana, junto con los principios hermenéuticos que las sustentan, el marco epistemológico asociado a ellas y la enfática defensa de la tolerancia religiosa que asumieron sus propugnadores.

Los textos donde se desarrollan estas ideas circularon, impresos o manuscritos, principalmente por Suiza, Alemania, Polonia, Transilvania, los Países Bajos e Inglaterra, desde el último tercio del siglo XVI hasta bien entrado el XVIII, escritos la mayor parte en latín, pero también en polaco, húngaro, alemán, francés, neerlandés e inglés. Esta complejidad de acceso físico y lingüístico explica en parte la escasez de estudios que aborden de forma exhaustiva y a partir de las fuentes primarias la historia intelectual del socinianismo. Los dos libros objeto de reseña constituyen la aportación más sustantiva al respecto llevada a cabo hasta la fecha.

El libro de Daugirdas, que resulta de un trabajo de habilitación presentado en la facultad de teología evangélica de la universidad de Tubinga, aborda “los orígenes del socinianismo” como “génesis e irrupción del modelo de religión histórico-ético en el discurso universitario de los evangélicos en Europa”. La fluida narración proviene de la cuidadosa lectura de fuentes en los mejores casos poco conocidas y a menudo inéditas (archivos de Poznan, Berlín, Cluj-Napoca, Cracovia, Leiden, Ámsterdam y Groninga); queda visible testimonio de ello en las generosas citas literales que proliferan a pie de página.

A un primer bloque introductorio sigue el bloque II sobre el pensamiento de Sozzini (“Fausto Sozzini: das Werden und die Eckpfeiler seiner Lehre”, pp. 53-164): esta síntesis se echaba de menos en la literatura científica y constituye un mérito no menor dentro de los muchos del libro de Daugirdas. Se expone por orden cronológico el contexto, desarrollo y recepción de las ideas del sienés sobre: (1) la (no) preexistencia de Cristo; (2) el significado de la misión de éste, que no es el de una muerte expiatoria por un inexistente pecado original hereditario; (3) el carácter sobrenatural y excepcional de la resurrección de los fieles, (4) el Nuevo Testamento como documento histórico, (5) el libre albedrío como base de la relación del ser humano con Dios y (6) el carácter antinatural, y por tanto inexistente, de las penas eternas.

El bloque III trata de los actores principales del socinianismo temprano (“Die Hauptakteure des frühen Sozinianismus”, pp. 165-340), primero en Transilvania y Polonia y a continuación en Alemania. Es oportuno recordar aquí que la de Sozzini no fue la primera teología antitrinitaria de la Europa moderna: como tal se reconoce generalmente la del teólogo y médico aragonés Miguel Servet (1509/11-1553), que constituyó un estímulo para la proliferación de diversos planteamientos antitrinitarios en el este de Europa. Daugirdas trata primero del avance de la variante sociniana, la más novedosa, entre los distintos planteamientos antitrinitarios que se desarrollaban a finales del siglo XVI, bajo condiciones de tolerancia política, en Transilvania y Polonia, con figuras destacadas como la del médico italiano Giorgio Biandrata (1515-1588). Reciben a continuación un tratamiento separado los primeros sucesores de Sozzini tras su muerte, establecidos en el centro académico de Raków. Resulta particularmente admirable el extenso tratamiento dedicado a Valentin Schmalz (1572-1622); la relevante obra exegética de este autor se aborda aquí por primera vez de primera mano, a partir de los fondos del antiguo colegio unitario de Cluj-Napoca, hoy en la Biblioteca de la Academia Rumana. De otro archivo, el de la ciudad polaca de Poznan, extrae Daugirdas valiosa información sobre la oscura figura de Thomas Pisecki, cuyas reflexiones acerca de la razón como juez de las controversias teológicas adelanta posicionamientos filosóficos posteriores.

El bloque IV (“Das historisch-ethische Religionsmodell des frühen Sozinianismus im universitären Diskurs der mittel- und westeuropäischen Evangelischen”, pp. 341-536) trata sobre la recepción de las obras socinianas en las universidades de la Europa protestante hasta las primeras décadas del siglo XVII. Reciben un tratamiento especial el teólogo tomista de Heidelberg, David Pareus (1548-1622), y Konrad Vorstius (1569-1622), en torno a cuyo nombramiento como profesor de teología de Leiden se formó una polémica tan aguda que hizo intervenir en su contra al propio Jaime I de Inglaterra. Sigue el importante momento de la recepción del socinianismo por parte de los remonstrantes holandeses, que Daugirdas describe como “la tensión creativa de una fuente de inspiración oculta” (“Die kreative Spannung einer verdeckten Inspirationsquelle”, pp. 439-487). Por último, se aborda el influjo sociniano en los intelectuales luteranos como “la tensión creativa de una relación de rechazo” (“Die kreative Spannung einer ablehnenden Bezogenheit”, pp. 488-536), que provocó en parte un giro conservador del luteranismo hacia una metafísica semejante a la enseñada por calvinistas y católicos. El libro concluye con un resumen general (pp. 537-551), al que sigue el copioso listado de fuentes primarias, literatura científica e índices de lugares y nombres. Sorprende la ausencia de un índice de citas bíblicas.

Es afortunada la clarificadora definición que desde el propio título hace Daugirdas del socinianismo temprano como “modelo de religión histórico-ético”, es decir, uno que pone el acento del cristianismo en la ética —imitación de Cristo— y se fundamenta en lo histórico —o lo supuestamente histórico: la narración evangélica—. El volumen narra de forma extraordinariamente erudita y precisa —qué autores y qué ideas, en qué circunstancias, en qué ejemplares y manuscritos concretos, a través de qué redes académicas— los orígenes de un movimiento tan desatendido como decisivo para la historia intelectual europea.

A los desarrollos filosóficos del socinianismo maduro está dedicado el segundo libro objeto de reseña, publicado dos años antes que el de Daugirdas. La obra de Salatowsky, la primera monografía sobre la filosofía de los socinianos, constituye además una excelente introducción al aristotelismo renacentista y su adaptación a las distintas confesiones cristianas surgidas con la Reforma. Como anuncia el subtítulo, además de describir en detalle la específica ratio philosophandi Sociniana aborda también el papel que ésta desempeña y las transformaciones que experimenta en la obra de autores de la Ilustración temprana como John Locke (1632-1704), Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) y John Toland (1670-1722).

Tras dos capítulos introductorios (1 y 2) sobre el socinianismo en general y sobre las escuelas aristotélicas de la Edad Moderna siguen tres bloques principales. El primero (3), “Die ratio philosophandi Sociniana” (pp. 91-234), aborda la que en retrospectiva supone la aportación clave de los socinianos a la historia intelectual: la elevación de la razón por encima de la fe. Después de tratar en profundidad la manera en que filósofos aristotélicos católicos, luteranos y calvinistas trataban la relación entre razón y fe, Salatowsky aborda el tratamiento seminal de la cuestión que se halla en la obra de Fausto Sozzini y Johann Crell (1590-1633). A continuación se dedica por extenso a Joachim Stegmann (1595-1633): en él reconoce al principal filósofo sociniano, y por tanto al responsable más directo del silencioso cambio de paradigma, el tránsito de la fe a la razón, que para Salatowsky justifica que se considere el socinianismo como “el impulso motor de la Ilustración temprana” (“die treibende Kraft der Frühaufklärung”, p. 234). Un motivo principal del bloque lo constituye la distinción escolástica entre lo que va contra la razón (contra rationem), que no puede ser objeto de fe, frente a lo que está por encima de la razón (supra rationem), como los misterios teológicos, que sí pueden y deben serlo. Contradiciendo la opinión de autores como Jonathan Israel y basándose en una detenida lectura de las fuentes primarias, Salatowsky mantiene que los socinianos no se atuvieron a esa distinción, sino que la superaron, pues consideraron que existen realidades sobrenaturales, pero nunca inasequibles a la razón humana. Este optimismo epistemológico tiene su consecuente teológico en la negación del dogma del pecado original hereditario y la supuesta corrupción del entendimiento humano que habría resultado de él. La negación explícita de este dogma se debe a Stegmann.

El siguiente bloque (4) trata del materialismo de los socinianos (“Der philosophisch-theologische Materialismus”, pp. 235-345), una característica de su sistema no sólo desatendida sino por lo general también ignorada por la investigación moderna, pese a que fue reconocida como tal por Leibniz o por el platónico de Cambridge Henry More (1614-1687). De nuevo basándose en una lectura atenta de las fuentes Salatowsky, contradice la opinión académica común, que ve en el médico Ernst Soner (1572-1612) al primer exponente de una física sociniana; propone en su lugar a Johann Völkel (m. 1618), que plantea en su De vera religione la creación del mundo no ex nihilo, sino a partir de una materia eternamente preexistente. Heterodoxa dentro del propio socinianismo es la posición de Christoph Stegmann (ca. 1597-1646), hermano de Joachim, que en su Metaphysica repurgata plantea que todo —incluido Dios— es materia. El redescubrimiento en sus propios términos de este materialismo metafísico de los socinianos, anterior a los materialismos ateos del siglo XVII, constituye uno de los mayores méritos del libro.

El último gran bloque (5) se ocupa de la filosofía sociniana sobre la mortalidad del alma, o “una antropología para mortales” (“Eine Anthropologie für Sterbliche”, pp. 347-458). Los socinianos distinguen entre cuerpo, alma y espíritu, pero entienden que cuerpo y alma forman una unidad indisoluble que se extingue con la muerte; el espíritu, una sustancia sutil garante de la personalidad individual, permanece tras la muerte en Dios y se reviste en el momento de la resurrección tanto de un cuerpo nuevo como de un alma nueva. A partir de las consideraciones de Sozzini sobre la mortalidad de Adán antes y después de la caída, esta singularísima postura mortalista tomó cuerpo en la obra de Völkel y alcanzó su sistematización filosófica en la de Christoph Stegmann. Con toda probabilidad, señala Salatowsky, se debe al influjo sociniano la postura de Locke sobre este tema, plenamente coincidente, así como, según intuyó ya Leibniz, la hipótesis lockeana de una “materia pensante” o thinking matter. Por otra parte, resulta de gran interés el excurso sobre las prácticas alquímicas de los socinianos con objeto de estudiar las capacidades de preservación de los espíritus alcohólicos, análoga a la que habría de ser la del espíritu humano en Dios tras la muerte; un fascinante ejemplo de las nuevas relaciones entre teología y filosofía natural a comienzos del siglo XVII.

Un cierre final (6) resume las principales aportaciones de este brillante trabajo, constata la necesidad de una recolocación del socinianismo en la historia de la filosofía y esboza las posibilidades de un estudio sobre la recepción de la filosofía sociniana, mediante la evocación de figuras de la plena Ilustración como la del unitario Joseph Priestley (1733-1804). A los listados bibliográficos siguen índices de nombres, de temas, de pasajes bíblicos y de pasajes aristotélicos.

Los libros de Salatowsky y Daugirdas constituyen las contribuciones científicas sobre la producción intelectual sociniana de mayor solidez y envergadura que se han llevado a cabo en la historiografía reciente. Es de esperar que estas aportaciones, junto con los trabajos que sigan —se echan de menos sobre todo en el campo de la edición de textos—, remedien definitivamente la desatención hacia esta parte fundamental de la historia intelectual europea.

 

Pablo Toribio
ILC-CSIC, Madrid

 

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