Reseña del libro "En la piel de un animal. El Museo de Ciencias Naturales y sus colecciones de Taxidermia"

 

RESEÑAS DE LIBROS/BOOK REVIEWS

 

RESEÑA DEL LIBRO "EN LA PIEL DE UN ANIMAL. EL MUSEO DE CIENCIAS NATURALES Y SUS COLECCIONES DE TAXIDERMIA"

 

Aragón, Santiago. En la piel de un animal. El Museo de Ciencias Naturales y sus colecciones de Taxidermia. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Ediciones Doce Calles, 2014. 291 páginas [ISBN: 978-84-00-09802-5 (CSIC), 978-84-9744-161-2 (Doce Calles)]

 

En la piel de un animal es un libro que habla de metamorfosis: la que experimentó el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid para transformarse en Museo de Ciencias Naturales, la que sufrieron los animales al ser naturalizados y convertidos en piezas de colección, y la que vivieron los propios funcionarios y conservadores al enfrentar los problemas que implicaba el devenir diario del museo. Con la mirada del zoólogo interesado en el coleccionismo de animales, Santiago Aragón busca vincular la historia de la ciencia con la de la museología para dar cuenta de los itinerarios que llevaron a las colecciones monárquicas del siglo XVIII a convertirse en un museo público del siglo XX, comprometido éste con los paradigmas que hasta hoy definen a tales instituciones: conservar, investigar, exhibir, divulgar e instruir, en este caso, sobre la naturaleza y la historia natural.

El hoy Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid ha sido, desde hace algunas decenas de años, objeto de observación e interés. Su historia, estudiada principalmente en sus orígenes, ha motivado investigaciones que dan cuenta de los años posteriores a la adquisición, en 1771, del gabinete particular del guayaquileño afincado en París, Pedro Franco Dávila, quien dirigió las primeras iniciativas de acopio de las deseadas, y necesarias, colecciones monárquicas que mostrarían la diversidad y el potencial económico de la naturaleza perteneciente al territorio peninsular, insular y colonial español. La historiografía que habla del Real Gabinete de Madrid, en el contexto de la ciencia ilustrada española, usualmente se ha ocupado de revelarnos de manera hagiográfica al coleccionista (Dávila), y de mostrarnos el coleccionismo natural como una práctica de dimensiones imperialistas, donde el Gabinete se configuraba como un centro de cálculo y acumulación de objetos coherente con la teoría del actor red de Bruno Latour. Desde ahí, diversos autores nos han explicado las trayectorias de objetos emblemáticos como el elefante asiático y el megaterio americano, la problemática que enfrentaba la historia natural respecto a los sistemas de clasificación y la recién conocida naturaleza colonial, o las aportaciones que expedicionarios y naturalistas de todo el territorio hicieron a las colecciones monárquicas. Y si bien todas estas historias nos han permitido atisbar la complejidad del proceso coleccionista del siglo XVIII, poco nos han dicho sobre la problemática que en la vida diaria supuso conformar y conservar una colección, o administrar y gestionar un gabinete hasta modelarlo como uno más de los llamados museos modernos decimonónicos.


En ese hueco historiográfico que soslaya las prácticas cotidianas del museo y sus actores se inserta la investigación de Santiago Aragón. En un estudio que puede mirarse como una historia de largo aliento que va de la segunda mitad del siglo XVIII a mediados del siglo XX, el autor da cuenta de la problemática que se enfrentó en el Museo de Ciencias Naturales ante sus dos grandes mudanzas, las de 1895 y 1910. Tomando como eje temático la naturalización de los ejemplares animales y los procesos de taxidermia y conservación a los que eran sometidos, Aragón coadyuva a la historiografía que se había quedado truncada al mirar con mayor detenimiento el devenir del Museo en el siglo XIX, y sacar a la luz la compleja red de actores en la que las colecciones se configuraron como puntos vertebradores de un quehacer común. Para lograrlo, el autor no sólo se basa en fuentes documentales (correspondencia, facturas, nóminas, etc.) del Museo Nacional de Ciencias Naturales, sino que también recurre al potencial evocador de los animales expuestos en el Museo, y aprovecha su objetividad para plantear preocupaciones asociadas a problemas actuales más amplios como la caza y la extinción de ciertas especies. Así, la interpretación de las fuentes está permeada por la mirada del zoólogo, que, con el riesgo de parecer anacrónico ante los ojos de los puristas, eventualmente enriquece el argumento histórico con terminología científica, datos y preguntas contemporáneos que ayudan al lector a comprender, desde el presente, las colecciones del Museo.

El capítulo I, titulado Animaluchos y monstruos, comienza relatándonos el momento en que la Junta del Museo debió enfrentar, en octubre de 1895, la primera mudanza inminente de las colecciones alojadas desde 1774 en el número 13 de la calle de Alcalá. En una visión retrospectiva, Aragón nos habla del Real Gabinete de Historia Natural y nos explica la concepción de las salas, el origen de sus colecciones y la percepción de los responsables del Gabinete acerca de sus objetos, centrando su mirada en los primeros disecadores: Juan Bautista Bru, Francisco de Eguía y Pascal Moineau.

El capítulo II, Colecciones en construcción, explica el desarrollo de la taxidermia en el siglo XIX como una práctica que había entrado en el gusto popular debido, en primer lugar, a la comercialización y el conocimiento público del jabón de arsénico desarrollado en Francia por Jean-Baptiste Bécoeur, y en segundo, a las clases gratuitas que se daban en Madrid sobre el «arte de embalsamar». Sin embargo, el argumento evita que nos formemos una idea simplista de la taxidermia, pues más allá de banalizar esta práctica, el autor exalta la complejidad de una disciplina que requiere de los saberes propios del naturalista, tanto como de las habilidades propias del pintor y el escultor; variables que le permiten moverse entre dos mundos (ciencia y arte) y que se reflejan en el trabajo de los disecadores del siglo XVIII y de José Duchen, Jefe del Laboratorio de Disecación del Museo en la época que el autor denomina «Periodo Graells».

El tercer capítulo se centra en La primera mudanza, aquella que llevó las colecciones naturales del edificio de la calle de Alcalá al recién terminado Palacio de Museos y Bibliotecas ubicado en el paseo de Recoletos. En este apartado, Aragón se sitúa desde fuera para observar el posicionamiento de sus protagonistas en cuanto a la recepción de la noticia de una mudanza inminente. Desde ahí, hace una pausa en la historia para analizar actas y oficios que le permiten mirar desde dentro las tensiones y discusiones generadas por la transición.

El cuarto apartado, Al público se lo debemos, explica la transición del Periodo de Mariano de la Paz Graells al de Ignacio Bolívar como director del Museo. Aquí se habla de las problemáticas que enfrentaron los protagonistas para resolver los asuntos cotidianos relacionados con la financiación y el mantenimiento de sus colecciones y sus recursos museográficos, para mostrarnos lo que implica sacar a flote un proyecto museológico institucional de la envergadura del Museo de Ciencias Naturales. El quinto capítulo, Los artífices del cambio, es su continuación. En éste, el autor nos adentra un poco más en las prácticas y la vida cotidiana en esa época del Museo, nos habla de los aspectos implicados en la adquisición de ejemplares, los factores políticos, sociales y económicos que afectaban el devenir de la institución, y los problemas que provocaba en el Museo la ausencia de un taller de taxidermia. Lo cual nos conduce directamente a encontrarnos con dos de sus principales artistas de la naturalización: los hermanos Luis y José María Benedito.

El capítulo VI está situado desde el título. El laboratorio de taxidermia, nos relata las aportaciones de los Benedito en cuanto a las técnicas de montaje, representación y preparación de grupos biológicos. Con ello, se nos muestra que las colecciones de animales resultan de sumar una serie de factores en los que interviene la caza, la recolección y la habilidad de los taxidermistas para rescatar, formar y conservar animales naturalizados. Lo cual nos lleva de la mano a encontrarnos con la segunda mudanza que se explica en el apartado final, En los altos del hipódromo. Aquí, el autor nos transporta a la actual sede del Museo Nacional de Ciencias Naturales en Paseo de la Castellana, y nos relata su devenir entre 1935 y el inicio de la Guerra Civil en el verano de 1936, centrándose en las movilizaciones que debieron sufrir las colecciones de animales, tanto como sus responsables (Bolívar y los Benedito), en los albores del conflicto armado, concluyendo, en un apartado final, con una reflexión a manera de epílogo titulado Unos objetos de perpetua actualidad. En él nos plantea sus preocupaciones respecto al uso e interpretación actual de las colecciones de animales, y nos deja en la mente como colofón, un problema para pensar: el de aprender a utilizar estos objetos como instrumentos útiles para enseñar a entender y respetar la vida animal por medio de sus restos.

El libro de Aragón plantea una historia que privilegia la actuación de los protagonistas sobre la biografía de sus objetos, poniendo sobre la mesa cuestiones de orden más museológico que científico en los que la constante es la problemática de la administración del museo y la gestión de sus colecciones. Esto, desde mi apreciación, es una aportación que ayuda a robustecer el vínculo entre la historia de la ciencia y la de la museología, inspirando la realización de futuras investigaciones que quizá responderán a otras preguntas, también interdisciplinarias.

 

María Eugenia Constantino
Instituto de Historia, CSIC
maru.cons@gmail.com

 

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