Reseña del libro "Shores of Knowledge: New World Discoveries and the Scientific Imagination"

 

RESEÑAS DE LIBROS / BOOK REVIEWS

 

RESEÑA DEL LIBRO "SHORES OF KNOWLEDGE: NEW WORLD DISCOVERIES AND THE SCIENTIFIC IMAGINATION"

 

Appleby, Joyce. Shores of Knowledge: New World Discoveries and the Scientific Imagination, New York, W. W. Norton & Company, 2013. 320 pp. [ISBN: 978-0393239515]

 

Recientemente, el historiador de la ciencia David Knight ha publicado un libro titulado Voyaging in Strange Seas: The Great Revolution in Science (2014) sobre una temática semejante a la del libro de la historiadora Joyce Appleby, profesora emérita de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) y antigua presidenta tanto de la Organization of American Historians como de la American Historical Association. Ambos libros recurren a un tópico tan apasionante como maltratado, la expansión europea y la modernidad científica. Ninguno de los dos será recordado como un clásico sobre esta temática. Knight repite una historia ya conocida. Appleby quiere ir más allá sin apenas lograrlo. Sin embargo, el estudio de Appleby supera en sensibilidad y rigor histórico al libro de Knight, un intento desafortunado por vincular el mundo de los grandes viajes ultramarinos con la Revolución Científica. El entretenimiento no lo es todo.

A priori, Shores of Knowledge quiere ser un libro más sofisticado. Su objetivo, al igual que su prosa, es muy plausible. Hay quienes lo ven como una lúcida explicación de transmisión cultural, desde Cristóbal Colón hasta Charles Darwin. Appleby se pregunta si aquellos temas que la historiografía ha considerado tradicionalmente como los márgenes del conocimiento tuvieron alguna influencia en la emergencia de la ciencia moderna y lo que la autora llama su imaginación científica. Este es un libro sobre algunas de las categorías más importantes de la modernidad y que llegaron a Europa a través del descubrimiento de nuevos mundos, como la curiosidad, la sorpresa, el testimonio y el cuestionamiento de la autoridad de los antiguos. En otras palabras, se trata de una historia sobre las motivaciones epistémicas que dieron lugar a la expansión europea y, en consecuencia, al nacimiento de la ciencia moderna, donde la historia natural ocupa una posición central.

Predomina un tono divulgativo y novelado y tal vez por ello se echa de menos un mayor aparato crítico que alimente la indagación. El lector curioso que desee ir más allá de las generalidades enciclopedistas echará en falta una bibliografía más completa, predominantemente de corte anglosajón, y que supere de una vez por todas antiguos mitos historiográficos como la existencia de la Escuela de Sagres, la difícil vinculación de Enrique el Navegante con la cartografía árabe en su intento por dominar Marruecos (p. 6) o, incluso, aquella idea que sostiene que fueron los ingleses en el siglo XVIII los primeros en establecer contactos en todas las partes del mundo gracias a su dominio del Pacífico. Este mismo lector reconocerá rápidamente la erudición de la autora y percibirá también su gran habilidad para relacionar y sintetizar aspectos aparentemente dispersos.

En general, estamos ante un libro desconcertante por un motivo principal. Y es que la autora se pone en la piel de sus protagonistas e intercala continuamente viejos tópicos – muchas veces agotados – con nuevas y prometedoras ideas. Entre estas últimas destacan, por citar sólo algunas de las más llamativas, los motivos que provocaron las transformaciones que sufrió el mundo de la cristiandad después de la apertura del viejo continente; el valor otorgado a la curiosidad que despertó el nuevo mundo natural; el fenómeno de la sexualidad y el significado de la desnudez tras los descubrimientos geográficos; o el legado intelectual heredado de la longevidad de los imperios ibéricos, así como las puertas que abrió para los estratos menos educados de la sociedad.

El mundo ibérico es precisamente el tema del primero de los ocho capítulos que componen el libro. No resulta habitual encontrar una publicación que dedique más de dos páginas a España y Portugal. Aquí Appleby lo hace, y lo hace recorriendo la obra de lo que ella llama los escribas del Nuevo Mundo, véase Gonzalo Fernández de Oviedo, Bartolomé de las Casas, Hernán Cortés y Bernardo de Sahagún, entre otros. Y lo hace, sobre todo, tomando como eje de su argumentación tres ingredientes principales: España, América y la historia natural. Al margen de las páginas introductorias, Portugal y su vasto imperio marítimo merecen poca o ninguna consideración por parte de la autora. Lo mismo ocurre con otras ciencias de la expansión, como la cosmografía, la cartografía o la navegación, tratadas en el capítulo dos. En este primer capítulo, Appleby describe cómo el Nuevo Mundo encontró sus escribas, cuyos intereses giraron hacia la inspección, comparación, categorización y explicación de los fenómenos naturales. Según Appleby, esta empresa comenzó con los mencionados escribas, con autores y no con exploradores y aventureros. Este despertar de la curiosidad multiplicó las posibilidades de los estratos menos educados de la sociedad, toda vez que habían sido excluidos de los círculos escolásticos y humanistas.

En el segundo capítulo, dedicado al descubrimiento de la otra mitad del globo, el mundo ibérico sigue siendo el protagonista, esta vez en forma de viajes de exploración posteriores a Colón, como aquellos llevados a cabo por Américo Vespucio, Vasco Núñez de Balboa y, sobre todo, Fernando de Magallanes y (su escriba) Antonio Pigafetta, todos ellos socorridos por los mapas de Martin Waldseemüller, Matteo Ricci, Diogo Ribeiro y Gerardus Mercator. De acuerdo con Appleby, los cronistas de estas expediciones y de sus hallazgos, como Pigafetta, fueron quienes inspiraron a un grupo de editores e impresores a especializarse en la colección, ilustración y publicación de estas aventuras hacia lo desconocido.

El tercer capítulo asume el problema epistemológico de conciliar la existencia de otros seres humanos con la premisa cristiana que dictaminaba que todos los seres vivían bajo el juicio de un único Dios. Appleby vuelve una vez más sobre los cronistas y tratadistas de la expansión, tales como Richard Hakluyt, Giovanni Battista Ramusio, Pedro Mártir de Anglería, Walter Raleigh, Hans Staden, Jean de Léry, Michel de Montaigne, Theodor de Bry o Thomas Harriot, a cuyas obras les otorga tanto mérito como a los propios viajes, narrativas que circularon ampliamente por la Europa moderna y que fueron incluso satirizadas por Jonathan Swift en 1726 con Los viajes de Gulliver. Con todo, la autora no pretende sino destacar la aportación de la novedad descrita por estas figuras a la modernidad. Esto es, las novedades del Nuevo Mundo provocaron nuevos hábitos de pensamiento, nuevos interrogantes que necesariamente reorientaron la cultura europea hacia el conocimiento de la naturaleza.

Nadie escapaba al atractivo de la novedad. El capítulo cuatro pone de manifiesto el interés de la realeza y de los príncipes europeos por lo nuevo, caso de Cosme II de Médici, Gran Duque de Toscana, Enrique II de Francia y Carlos I de España. También aquí, Appleby hace un recorrido por aquellos naturalistas y coleccionadores europeos que con su conocimiento del mundo natural entraron en discusión con los autores del mundo clásico, como Francisco Hernández, Ulisse Aldrovandi, Carolus Clusius, Juan Mauricio de Nassau-Siegen, John White, Jan Swammerdam y Melchisédech Thévenot, entre muchos otros. Según Appleby, todos ellos encontraron al teórico que les faltaba, Francis Bacon, a quien presenta como alguien agradecido al papel desempeñado por los descubrimientos geográficos, pues estimularon el interés por los objetos naturales. La nueva filosofía experimental promovida por Bacon sirve a la autora para abordar a algunos de los personajes más representativos de la Revolución Científica, como Robert Boyle, Robert Hooke o Isaac Newton.

El quinto capítulo relata la transición que se produjo entre los primeros naturalistas improvisados y los expertos que llevaban a cabo sus investigaciones sobre el terreno. Los expertos naturalistas tuvieron la necesidad de crear métodos de trabajo más rigurosos que les permitiera hacer frente al mundo natural. Encontramos disputas acerca de la generación espontánea y las dificultades de replicar el experimento. Aquí, los actores no son otros que Lineo, José Celestino Mutis y el conde de Buffon, naturalistas que vistieron a la ciencia con sus zapatos modernos hacia la segunda mitad del siglo XVIII mediante la organización y la categorización de la investigación en el campo. Aquellas cuestiones que inicialmente iban dirigidas hacia el ser humano, las plantas y los animales del Nuevo Mundo eran redirigidas ahora, con los expertos, hacia el dominio total de la naturaleza. Como es sabido, las comparaciones entre especímenes del Viejo y Nuevo Mundo dieron lugar a fructíferas investigaciones.

La verdadera forma de la Tierra es el tema del sexto capítulo, donde el problema de la determinación de la longitud cobra una especial dimensión. La historia natural deja paso a la geodesia que, según la autora, aportó una gran mejoría en el mundo de la ciencia. De nuevo, los intentos por imponer el orden sobre la proliferación de información en determinadas sociedades europeas supusieron un reto para la ortodoxia religiosa. En este sentido, la curiosidad que movió a exploradores, viajeros, naturalistas y a sus lectores se había aliado ahora al chauvinismo como forma de rivalidad nacional que de alguna forma reemplazó a las enemistades religiosas que antes habían dominado Europa. En este capítulo Appleby saca también a escena a autores y proyectos centrales de la Ilustración europea, como la Encyclopédie (1751) de Diderot y D’Alembert, o como los sistemas filosóficos de Montesquieu, David Hume y Adam Smith, entre otros. Este capítulo representa un claro ejemplo de la capacidad sintetizadora de la autora para ordenar problemáticas, ideas y geografías aparentemente desvinculadas.

En el capítulo siete llegamos al Pacífico, el océano del siglo XVIII, cuya exploración combinó las ambiciones imperiales con la curiosidad científica. Según Appleby, la ciencia sirvió al Estado para adquirir posiciones estratégicas en el Pacífico. En esta historia no podían faltar las hazañas de dos ilustres navegantes, el conde de Bougainville y James Cook. El conocimiento es tratado aquí como una dádiva ilustrada al alcance de unos pocos, como un signo de autoridad y como una peligrosa fuente de legitimidad de una entidad sobre otra.

En el octavo y último capítulo – bajo el título Humboldt y Darwin en el Nuevo Mundo – Appleby relata el proceso que llevó a la Europa moderna desde el despertar de la curiosidad y el surgimiento de la novedad hasta la precisión científica. A pesar de que según la autora los científicos amateurs aún ocupaban un lugar destacado, las necesidades de conocer, controlar y dominar el mundo natural llevaron a figuras ilustres como Humboldt y Darwin a la creación de nuevos y sofisticados parámetros de investigación. De nuevo, dos héroes cambiaron el rumbo de la historia hacia el progreso de las sociedades humanas.

En definitiva, Appleby parece reducir el desarrollo de los logros de la modernidad científica europea al despertar de la curiosidad y a la brillante imaginación científica de algunas figuras ilustres con un deseo ilimitado de conocer como consecuencia de la expansión europea y de los descubrimientos geográficos. Según Appleby, este deseo de conocer, que a lo largo de los años fue adquiriendo un cariz más y más sofisticado en términos metodológicos, fue la característica principal de la ciencia moderna. Sin embargo, esto deber ser considerado como parte de la verdad, pero no toda la verdad. En la forma y en el contenido esta es ya una historia conocida, con bastantes tintes eurocéntricos y triunfalistas y con un tono excesivamente teleológico. Recurrir a los márgenes o a las vías desestimadas del conocimiento para buscar las razones de ser de la modernidad es sin duda una idea muy aceptable y prometedora. Sin embargo, los márgenes del conocimiento europeo van más allá del mero deseo de conocer y de una historia protagonizada por héroes como Colón o Galileo, en tanto que personas con una curiosidad ilimitada. Si como márgenes consideramos por ejemplo los descubrimientos del Nuevo Mundo – y esto es lo que hace la historiadora Joyce Appleby – entonces las conclusiones deberían ser otras mucho más ambiciosas y tendrían una importante dimensión social y de escala (global), y una dimensión menos subjetiva, local y aislada. Moverse en los márgenes es tan apasionante como complejo y Appleby no siempre lo consigue.

 

Antonio Sánchez
CIUHCT - Universidade de Lisboa
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